La videollamada empezó con el clásico caos tecnológico de siempre.
Primero, la pantalla se quedó en negro. Luego apareció solo la frente de su madre. Y cuando por fin lograron que se viera bien, Tina ya estaba riéndose a carcajadas.
—¡Pero mamá, baja el móvil! ¡Solo te veo el flequillo! —decía entre risas.
—¿Así mejor? —preguntó su madre, ajustando el ángulo con una paciencia inexistente.
—Sí, perfecto. Ahora pareces una persona y no un anuncio de champú —bromeó Tina.
A su lado, Lucas se dejó caer en el sofá, todavía con la camiseta de surf y el pelo revuelto.
—¿Hola? ¿Se me escucha o hay que hacer sacrificios a los dioses del Wi-Fi otra vez? —preguntó.
—Lucas, siempre tan gracioso —dijo su padre, fingiendo seriedad desde la pantalla—. Aunque no estaría mal que fueras igual de aplicado con tus estudios que con las bromas.
Lucas bufó.
—Estamos en verano, papá. Los estudios están… en modo avión.
Tina rodó los ojos.
—Traducción: no ha abierto un libro desde junio.
—¡Eh! He abierto uno —replicó Lucas—. El menú del chiringuito.
Los tres estallaron en carcajadas, incluso su madre, aunque trató de mantener el papel de madre responsable.
—Bueno, bromas aparte, queríamos saber cómo vais. ¿Todo bien por ahí? ¿Os está cuidando la tía Vera?
—Sí —respondió Tina enseguida—. Todo genial. La casa, la playa, el trabajo… incluso estoy ayudando en el chiringuito —añadió con una sonrisa orgullosa.
—Eso me gusta oír —dijo su padre, asintiendo—. Pero no olvides que en dos semanas vamos a buscarte. Ya toca volver a casa, ¿eh?
Tina se quedó quieta un instante.
Dos semanas.
Las palabras le pesaron más de lo que esperaba. Miró de reojo a Nico, que en ese momento pasaba por detrás, descalzo, con una toalla al hombro y una sonrisa distraída. Su estómago dio un vuelco.
—¿Dos semanas? —repitió, como si necesitara confirmarlo.
—Sí, cariño. —La voz de su madre sonó dulce, pero firme—. Ya reservamos los billetes. Ya hablamos con el instituto. Dijeron que puedes presentarte a los exámenes de recuperación si vuelves la semana del 20. Así que dentro de dos semanas iremos a buscarte.
El aire pareció espesarse en la habitación.
Tina tragó saliva.
Dos semanas.
—¿Tan pronto? —preguntó, fingiendo que solo era sorpresa, no desilusión.
—Sí, cielo. Es lo mejor para que te pongas al día. Sabemos que el curso fue un poco caótico con tanto cambio, pero así empezarás el próximo tranquila. —Su madre sonrió, intentando sonar alentadora.
—Claro… —murmuró Tina, mientras Lucas se acomodaba junto a ella.
—Vamos, no pongas esa cara —dijo su padre—. El pueblo también tiene cosas buenas.
—Sí, tráfico y calor —ironizó Tina.
—Y tu grupo de amigas, y tu habitación, y… —empezó su madre, pero se detuvo al ver la expresión de su hija—. Bueno, ya me entiendes.
Lucas, por supuesto, no perdió la oportunidad.
—Venga, Tina, no me digas que te da pena dejar el chiringuito… o a alguien del chiringuito —dijo con una sonrisa traviesa.
—Lucas, te juro que si mamá no estuviera mirando te tiraba con el cojín —susurró ella entre dientes, mientras su madre reía, sin entender del todo.
—Bueno, chicos, os dejamos tranquilos —dijo su padre, mirando el reloj—. Comportaos, y por favor, no dejéis que la tía Vera convierta la casa en un zoológico con sus amigas del bingo.
—Demasiado tarde para eso —murmuró Lucas, justo antes de que la videollamada se cortara.
El silencio que quedó después fue denso, casi incómodo.
Solo se escuchaba el zumbido suave del ventilador y las gaviotas a lo lejos.
Tina bajó el móvil y se quedó mirando la pantalla apagada.
Dos semanas.
Catorce días.
Y luego, otra vez la ciudad, los apuntes, los exámenes, los profesores…
Y sin Nico.
Como si el pensamiento la invocara, él apareció por el pasillo, descalzo, con una camiseta vieja y una toalla al hombro, todavía con el pelo húmedo.
—¿Todo bien? —preguntó, con esa voz suave que siempre parecía calmarlo todo.
—Mis padres —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Dicen que vienen a buscarme en dos semanas para los exámenes de recuperación.
Nico se detuvo un instante, procesando la frase.
—Dos semanas… —repitió despacio.
Ella asintió, intentando sonreír, aunque le temblaba un poco la voz.
—Sí. Dos semanas y adiós playa.
Él se acercó unos pasos, hasta quedar frente a ella.
—Entonces tendremos que aprovecharlas —dijo finalmente, con media sonrisa—.
Lucas se estiró en el sofá, cogió las llaves y se colgó una chaqueta del respaldo.
—Bueno, yo me voy. Clara me está esperando en el paseo —anunció, con una sonrisa demasiado grande como para disimular.
—No vuelvas tarde —bromeó Tina.
—Eso depende de Clara —respondió él, guiñando un ojo antes de salir por la puerta.
Fue entonces cuando Nico, que había estado apoyado en la pared, se acercó despacio.
Luego esbozó una sonrisa suave, casi melancólica.
—Dos semanas… —repitió, bajando la mirada—. Suena a poco.
Tina lo observó en silencio, con el corazón dándole pequeños saltos.
—Supongo que sí —dijo al fin, intentando sonar tranquila.
Nico dio un paso más, tan cerca que pudo notar el olor a sal y jabón de su piel.
—Entonces no pienso dejar que te vayas sin al menos una buena lista de recuerdos.
Tina arqueó una ceja, divertida.
—¿Lista?
Él asintió, con una media sonrisa.
—Planes pendientes. Cosas que hacer antes de que te vayas.
—¿Como qué? —preguntó, en un murmullo, casi sin darse cuenta de que ya apenas los separaban unos centímetros.
—No sé… —contestó él, encogiéndose de hombros, mirándola como si ya estuviera en uno de esos recuerdos—. Ver amanecer en la playa. Nadar de noche. Comer pizza en el muelle. Y quizá… —su voz se volvió más baja, más íntima— robarte algún que otro beso más.
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Editado: 17.11.2025