No eras parte del plan

Capítulo 21 - Siete días y un millón de sonrisas

La primera semana pasó como si el tiempo hubiese decidido correr solo para fastidiarlos.

No hubo día sin una excusa para verse, ni noche sin un mensaje o una risa compartida.
Y aunque todo parecía seguir igual en la casa —las comidas, el trabajo en el chiringuito, las broncas de la tía Vera por el desorden—, entre ellos todo era distinto.

El lunes, Nico la llevó en moto hasta el pueblo “solo para comprar helado”, aunque Tina supo desde el primer minuto que lo de la moto era solo una excusa.

—¿Seguro que no me estás secuestrando? —gritó sobre el ruido del motor, aferrándose a su cintura con fuerza.
—Tranquila, Fauschina, soy un conductor responsable.
—¡Sí, claro! Si llegamos vivos, prometo darte una medalla —replicó entre risas, mientras el viento le azotaba el rostro.

El trayecto fue una mezcla de gritos, carcajadas y adrenalina. Y cuando por fin pararon, Tina se dio cuenta de que no estaban en el pueblo, ni cerca de una heladería.
—Esto no parece el centro —dijo, quitándose el casco y mirando alrededor.

Estaban en un acantilado, alto y despejado, con una vista perfecta del mar. El sol empezaba a hundirse en el horizonte, tiñendo el cielo de naranja y violeta.

—¿Me has traído hasta aquí solo para ver el atardecer? —preguntó, cruzándose de brazos, aunque la sonrisa le temblaba en los labios.
—Tenía que asegurarme de que la primera vez que vieras esto fuera conmigo —respondió él, encogiéndose de hombros.

Tina intentó disimular la oleada de calor que le subió al pecho.
—Qué romántico te has vuelto últimamente, ¿eh?
—Debe de ser el aire marino —bromeó, sentándose en una roca y dándole una palmada al sitio a su lado—. Ven, Fauschina, que se te va a escapar el mejor espectáculo del verano.

Ella se sentó junto a él, todavía fingiendo indiferencia. Pero el viento, el mar y su cercanía hacían imposible mantener la pose.
Durante unos segundos se quedaron en silencio, solo escuchando las olas y el crujido leve de las gaviotas a lo lejos.

—¿Sabes? —dijo Tina, sin mirarle—. Me da miedo que esto se acabe.
Nico la miró, serio por un momento.
—No se acaba. Solo cambia de forma.
—Eso suena muy bonito para alguien que casi me mata en moto hace una hora.
Él sonrió.
—Casi morir contigo sigue pareciendo un buen plan.

Tina se echó a reír, empujándole suavemente con el hombro.
—Eres idiota.
—Y tú sigues riéndote conmigo. Así que estamos empatados.

El sol terminó de caer, tiñéndolos a ambos de un tono dorado. Tina lo miró de reojo y pensó que, si el verano tenía una imagen, sin duda era esa: Nico, el mar, y la sensación de que el mundo se detenía un rato solo para ellos.

El martes, el día amaneció con calor desde temprano, y el chiringuito estaba a reventar. Tina iba de un lado a otro con una bandeja en la mano y el pelo recogido de cualquier manera, intentando no perder la paciencia ni el equilibrio.

—¡Mesa seis! Dos zumos, un café y una tostada sin gluten! —gritó alguien desde la barra.
—¡Pues que me digan dónde han visto pan sin gluten aquí! —refunfuñó ella, dejando los vasos sobre el mostrador.

Nico apareció detrás de la barra, con el delantal mal atado y esa sonrisa canalla que usaba para salir de cualquier lío.
—Tranquila, jefa. Si sobrevives hoy, te invito a una siesta épica en la playa.
—¿Y tú piensas ayudar o solo vas a mirar cómo me vuelvo loca?
—Depende. —Se inclinó hacia ella, bajando la voz—. Si me prometes no echarme del chiringuito, igual me animo.

Tina rodó los ojos, aunque no pudo evitar sonreír.
—Vale, pero si rompes un solo vaso, te toca fregarlos todos.
—Trato hecho.

Durante un rato trabajaron en equipo, entre risas y algún que otro choque “accidental”. Él le pasaba los vasos demasiado cerca, ella le empujaba con la cadera para que se apartara. Todo parecía un juego que solo ellos entendían.

En un momento, Tina fue a alcanzar una botella en la estantería alta y no llegó.
—Maldita sea… —murmuró, poniéndose de puntillas.

Nico, desde atrás, le sujetó suavemente la cintura y estiró el brazo por encima de ella para cogerla.
—¿Así mejor? —susurró cerca de su oído.
Tina notó el aliento cálido contra la piel y casi se le olvidó cómo respirar.
—Sí… gracias —acertó a decir, con voz baja.

Cuando él se apartó, ella intentó disimular el rubor sirviendo zumos como si su vida dependiera de ello.
Pero el gesto no pasó desapercibido.

—Estás roja —dijo Nico, divertido.
—Será el calor —replicó Tina.
—Claro, el calor… del verano, ¿no? —añadió él, guiñándole un ojo.

Ella le lanzó una servilleta al pecho y ambos estallaron en carcajadas.
El resto del día pasó entre clientes, bromas y miradas que decían mucho más de lo que ninguno se atrevía a poner en palabras.

Cuando cerraron el chiringuito, el sol ya se escondía tras el horizonte. Tina se dejó caer en una de las sillas vacías, agotada pero sonriendo.
—Creo que nunca había trabajado tanto en mi vida.
—Y yo creo que nunca me había divertido tanto viendo a alguien enfadarse cada cinco minutos —respondió Nico, dejándose caer frente a ella.

—Idiota.
—Fauschina.

Y otra vez, se quedaron en silencio, riendo sin motivo, con las manos rozándose sobre la mesa y esa sensación de que el verano seguía escribiendo su propia historia, una mirada a la vez.




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