Tina se despertó con la sensación de que algo en el aire había cambiado.
Quizá era el viento, o quizá era que, en el fondo, sabía que le quedaba solo una semana allí.
Esa idea le revolvía el estómago.
No quería pensar en volver, en los exámenes, ni en el curso que había dejado a medias.
Solo quería seguir allí: con el mar, la arena… y Nico.
Bajó a la cocina y encontró a Lucas desayunando, con una tostada en la boca y el móvil en la mano.
Llevaba esa cara de recién levantado que solo su hermano podía lucir con tanta dignidad.
—Buenos días —murmuró Tina, sirviéndose café.
—Buenos días, enana. —Lucas la observó un segundo, con una sonrisa sospechosamente tranquila—. ¿Qué tal la noche?
Tina arqueó una ceja, bebiendo un sorbo.
—Normal. Dormí. ¿Por?
—Por nada. —Lucas dejó el móvil sobre la mesa, fingiendo indiferencia—. Solo pregunto. Últimamente pareces… más contenta.
Ella intentó mantener la compostura, pero el rubor le subió a las mejillas sin pedir permiso.
—¿Más contenta? ¿Eso es malo?
—No, no. Para nada. —Él la miró fijamente, serio, y luego bajó la voz—. Solo quería decirte que… sé que pasa algo con Nico.
Tina casi se atraganta con el café.
—¿Qué? No—, empezó a decir, pero Lucas levantó una mano.
—Por favor, no me mientas. Soy tu hermano, no un turista. —Sonrió de lado—. No hace falta ser Sherlock para notar cómo os miráis.
Ella suspiró, rindiéndose.
—Vale. A lo mejor… sí. Pasa algo. Pero no es tan simple.
Lucas asintió despacio, sin sorpresa.
—Ya me imaginaba. —Hizo una pausa—. Mira, Tina… no pienso ponerme en plan hermano mayor pesado. Solo quiero que sepas que confío en ti. Y también en él.
—¿En serio? —preguntó ella, incrédula.
—Sí. —Lucas sonrió—. Nico es un buen tipo. Siempre lo ha sido. Y si te hace sonreír así… —se encogió de hombros—, supongo que no tengo nada que decir.
Tina bajó la mirada, emocionada.
—Gracias, de verdad. No sabes cuánto significa eso.
—Eso sí —añadió él, señalándola con el tenedor—, si te hace daño, le reviento la tabla de surf en la cabeza.
—Muy fraternal por tu parte. —Tina rió, limpiándose una lágrima con disimulo.
Lucas se levantó, dejó el plato en el fregadero y, al pasar junto a ella, le revolvió el pelo.
—Y otra cosa: si piensas quedarte mucho rato mirándole como una tonta, por lo menos ponte gafas de sol. Estás cantando a kilómetros.
—Idiota —le lanzó, riendo, pero él ya estaba saliendo por la puerta con su mochila al hombro.
Antes de cruzar el umbral, se giró un segundo.
—Pero papá y mamá… no sé si pensarán lo mismo.
Tina lo miró, con la sonrisa congelada a medio camino.
Lucas suspiró.
—Digo, después del año que tuviste, no creo que vean con buenos ojos que te metas en algo así justo ahora.
—Lo sé —murmuró ella, bajando la vista—. No pienso decirles nada todavía.
Lucas asintió despacio.
—Probablemente sea lo mejor —dijo, con un tono más suave—. Pero igual… no te castigues por estar bien, ¿sí?
Ella levantó la cabeza, sorprendida.
—No es un delito volver a sonreír, Tina.
Y con eso, se fue.
Dejándola sola en la cocina, con el corazón apretado entre la culpa y la calma.
Cuando Lucas salió, el silencio llenó la cocina.
Tina se quedó allí, mirando el plato vacío frente a ella, con los dedos jugueteando con el borde del mantel.
Las palabras de su hermano seguían flotando en el aire, como una nube que no terminaba de disiparse.
“Después del año que tuviste…”
No lo decía con malicia. Lucas nunca lo hacía. Pero esa frase le golpeó más fuerte de lo que esperaba.
Porque tenía razón.
El año anterior había sido un desastre.
Marcos.
Solo pensar en él le revolvía el estómago.
Al principio todo parecía bonito, emocionante, de esas historias que prometen futuro. Pero poco a poco, sin que se diera cuenta, él fue apagándola.
Le decía cómo vestir, con quién hablar, qué publicar o no en redes.
Y cuando ella intentaba enfrentarlo, se convertía en culpa. Siempre.
Marcos tenía una habilidad especial para hacerle creer que todo lo malo era por su culpa: si él se enfadaba, era porque ella no entendía; si él desaparecía, era porque ella lo agobiaba.
Hasta que un día se dio cuenta de que ya no se reconocía en el espejo.
La chica divertida, segura, la que se reía de todo… se había convertido en alguien que medía cada palabra por miedo a que él se enfadara.
Tragó saliva, sintiendo ese nudo antiguo en el pecho.
Y entonces pensó en Nico.
Nico no la hacía dudar.
No la miraba como si esperara algo a cambio.
No la corregía, no la juzgaba, no la intentaba cambiar.
Solo la miraba como si cada gesto suyo tuviera sentido.
La cuidaba sin invadirla, la hacía reír hasta llorar, y cuando la abrazaba… el mundo se calmaba.
Era así de simple. Así de diferente.
Tina suspiró, mirando hacia la ventana, donde el sol ya se colaba tímidamente entre las cortinas.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de lo que sentía.
Y eso, en sí mismo, ya era una pequeña victoria.
Tina se quedó un rato más sentada, escuchando el sonido lejano del mar y el tic-tac del reloj sobre la pared.
Las palabras de Lucas seguían dándole vueltas, pero ahora se mezclaban con otras voces, más viejas, más conocidas.
Las de sus padres, por ejemplo.
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Editado: 17.11.2025