La semana se había escapado entre risas, paseos y besos robados.
Demasiado rápido, pensó Tina mientras se miraba al espejo, intentando controlar ese nudo en el estómago que no sabía si era emoción o tristeza.
Mañana llegarían sus padres. Mañana todo volvería a la normalidad… o al menos, a algo que se parecía bastante.
Pero esa noche, Nico tenía un plan.
—No preguntes, Fauschina. Solo ponte algo cómodo y tráete una chaqueta —le había dicho por la tarde, con esa sonrisa misteriosa que le desarmaba.
Tina había intentado sonsacarle algo, pero ni Lucas soltó palabra. De hecho, parecía divertirse demasiado con el secreto.
—Solo te digo que lo ha preparado todo él —le había susurrado su hermano antes de salir con Clara—. Y créeme, se lo ha currado.
Cuando bajó al salón, Nico ya la esperaba en la puerta. Llevaba una camisa blanca remangada, el pelo un poco despeinado y esa mirada que mezclaba nervios y ternura.
—Lista —dijo ella, sonriendo.
—Más que lista —contestó él, ofreciéndole la mano—. Ven, que tenemos una cita con el mar.
Caminaron por el sendero que llevaba a la playa, con el sonido de las olas guiándolos.
La arena estaba tibia todavía, y al llegar, Tina se quedó sin palabras.
Había una manta extendida junto a una hilera de farolillos que formaban un pequeño círculo de luz.
Unas velas clavadas en la arena temblaban con la brisa, y en el centro, una cesta con pizza, refrescos y una vieja radio que sonaba bajito con música de los 80.
—Nico… esto es precioso —susurró ella, llevándose una mano al pecho.
Él se encogió de hombros, fingiendo naturalidad.
—Tenía que despedirme por todo lo alto. No podía dejarte ir sin… bueno, sin una noche solo nuestra.
Tina lo miró, con esa mezcla de ternura y vértigo.
—No hace falta que sea una despedida.
—Ojalá no lo fuera —murmuró él, bajando la mirada un instante.
El silencio los envolvió, suave, acompañado del sonido del mar.
Tina se acercó y le rozó la mano.
—Entonces no pensemos en mañana —dijo ella, sonriendo con dulzura—. Solo en esta noche.
Nico asintió.
—Solo esta noche —repitió, antes de besarla, lento, con la calma de quien sabe que el tiempo se acaba pero quiere saborearlo igual.
El beso se fue deshaciendo despacio, como si ninguno de los dos quisiera romperlo del todo.
Nico apoyó la frente contra la de ella y soltó una pequeña risa.
—Siempre supe que la pizza era el camino más rápido a tu corazón.
Tina sonrió.
—La pizza y los atardeceres —añadió, dándole un pequeño empujón en el pecho—. Aunque reconozco que esto… —señaló el círculo de luces— supera cualquier cosa que haya hecho un chico por mí.
—¿Incluso los fuegos artificiales del verano pasado? —bromeó él.
—Eso fue idea de Lucas —le recordó ella entre risas.
—Ya, pero yo ayudé a encenderlos —dijo Nico con falsa seriedad—. Casi me quemo las cejas por ti, Fauschina.
Rieron los dos, y esa risa les devolvió algo del aire, de la ligereza que ambos necesitaban.
Después se sentaron sobre la manta, compartiendo trozos de pizza, hablando de cualquier cosa y de todo a la vez.
De lo poco que quedaba del verano.
De lo que vendría después.
De los miedos que no se atrevían a poner en voz alta.
—No quiero pensar en mañana —dijo Tina en un momento, mirando el mar oscuro frente a ellos.
Nico siguió su mirada.
—Entonces no lo hagas.
Ella suspiró, apoyando la cabeza en su hombro.
—¿Sabes qué me da miedo?
—¿Qué?
—Que esto se quede aquí. Que cuando vuelva al pueblo, todo esto parezca un sueño.
Nico guardó silencio unos segundos antes de responder.
—No va a ser un sueño. Va a ser un recuerdo. De los buenos. De esos que te acompañan incluso cuando crees que los has olvidado.
Tina lo miró.
—Eso suena muy bonito.
—Soy un tipo profundo, qué le vamos a hacer —bromeó él, pero sus ojos seguían serios, cargados de algo más que humor.
La brisa movió un mechón de su pelo y Nico se lo apartó con cuidado, rozándole la mejilla con los dedos.
—Tina… —susurró—. No sé cómo voy a acostumbrarme a no tenerte aquí cada día.
Ella tragó saliva, intentando contener el temblor en su voz.
—No empieces con eso… que me vas a hacer llorar.
—No era mi intención —dijo él, bajando la mirada—. Pero si te soy sincero… llevo toda la semana intentando no pensar en que te vas.
Ella le tomó la mano, entrelazando los dedos.
—Yo también.
Y por un momento, solo se oyeron las olas y la radio, con una canción vieja y suave que hablaba de amores de verano que nunca se olvidan.
Nico se levantó y la miró con una sonrisa traviesa.
—Baila conmigo.
—¿Aquí? —preguntó Tina, riendo.
—¿Dónde si no? —respondió él, extendiendo la mano.
Ella dudó apenas un segundo antes de dejarse llevar.
Se acercaron despacio, moviéndose al ritmo de una melodía que casi no se oía, pero que bastaba para llenar el aire de magia.
Nico la sostuvo por la cintura, y Tina apoyó la cabeza en su pecho, sintiendo cómo su corazón latía al mismo ritmo que el suyo.
—¿Sabes? —susurró él—. Me imaginé muchas veces cómo sería bailar contigo así.
—¿Y cómo es? —preguntó ella, levantando la vista.
—Mucho mejor de lo que pensé.
Se quedaron así, meciéndose suavemente bajo la luz temblorosa de las velas, hasta que la música terminó y el silencio volvió a envolverlos.
Tina levantó la cabeza, y sus miradas se cruzaron una vez más.
No hicieron falta palabras. El beso llegó natural, inevitable.
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Editado: 17.11.2025