El sonido de las olas todavía le daba vueltas en la cabeza.
Quizá porque no había podido dormir casi nada.
Cada vez que cerraba los ojos, Tina volvía a esa noche, al murmullo del mar y a la mirada de Nico iluminada por el amanecer.
Recordó el camino de regreso: caminaron descalzos por la arena húmeda, con las zapatillas en la mano y la brisa fresca del amanecer acariciándoles la piel.
No hablaban mucho, pero tampoco hacía falta.
A veces él la acercaba hacia sí para besarla, suave, despacio, como si quisiera retener en cada beso los minutos que les quedaban.
Pararon un par de veces en el camino, riendo sin motivo, abrazándose solo porque sí.
Tina pensó que si pudiera detener el tiempo, lo haría ahí, en ese silencio compartido, con la arena pegada a los tobillos y el corazón lleno.
Cuando por fin llegaron a casa, el cielo ya se teñía de ese azul pálido que anuncia el día.
Entraron sin hacer ruido, como si temieran romper el hechizo que aún los envolvía.
Tina subió despacio las escaleras, con Nico detrás.
En la puerta de su habitación, él se detuvo.
—Buenas noches, Fauschina —murmuró, aunque los dos sabían que la noche ya se había ido hacía rato.
Ella sonrió, con el corazón latiendo demasiado fuerte.
—Buenas noches…
Nico se inclinó, le apartó un mechón de la cara y la besó.
Fue un beso tranquilo, casi tembloroso, el tipo de beso que uno da cuando no quiere que se acabe.
Cuando se separaron, Tina no dijo nada. Solo lo miró hasta que él desapareció por el pasillo.
Y entonces, por primera vez, sintió que el verano se le escapaba de las manos.
Tina se desperezó sobresaltada y, al segundo siguiente, reconoció la voz de su madre abajo.
—¡Tina! —llamó su padre desde el salón—. ¡Anda, ven a saludar, que no te vemos el pelo desde junio!
Bajó las escaleras con el corazón encogido entre la alegría y algo parecido a la nostalgia.
Su madre la abrazó en cuanto la vio.
—Ay, mi niña… ¡qué guapa estás! Y menuda piel morena te has traído —dijo, separándose para mirarla mejor.
—Y con cara de haber dormido poco —añadió su padre, sonriendo con ese tono que siempre usaba cuando sospechaba algo.
—He estado estudiando —improvisó Tina, con una sonrisa culpable.
—Claro, claro… estudiar en la playa, con las olas de fondo —bromeó él, haciéndola reír.
Su madre miró a su alrededor, encantada.
—Este sitio es una maravilla. Se nota que te ha sentado bien. Y Lucas parece otro, más tranquilo, más centrado.
—Sí, bueno… algo así —contestó Tina, intentando sonar natural.
Nico apareció en ese momento por el pasillo, con el pelo todavía húmedo y una camiseta blanca.
—Buenos días —saludó, un poco cortado, aunque enseguida sonrió al verlos—. ¡Cuánto tiempo!
—¡Nico! —exclamó la madre de Tina, acercándose para darle dos besos—. ¡Pero si estás hecho un hombre!
—Bueno, intento mantener el tipo —bromeó él, rascándose la nuca.
El padre de Tina le dio una palmada en el hombro.
—Nos alegramos de verte, chaval. Y gracias por cuidar de estos dos este verano.
—Nada, ha sido un placer —contestó Nico, lanzándole una mirada fugaz a Tina que lo decía todo.
Mientras sus padres charlaban con la tía Vera en la cocina, Tina y Nico se quedaron un momento en el porche, fingiendo que ayudaban con las bolsas.
El silencio entre ellos era raro, lleno de cosas que no podían decir delante de nadie.
—Mañana por la mañana salís, ¿no? —preguntó él, bajito.
Ella asintió.
—Sí… temprano.
—Vale —murmuró Nico, con una sonrisa triste—. Entonces hoy no pienso perder ni un minuto contigo.
Tina lo miró, sin saber qué decir.
Porque quería llorar y reírse al mismo tiempo.
Porque le daba miedo que todo eso que estaban construyendo se quedara en la arena, como las huellas que se borran con la marea.
Pero él le rozó la mano, despacio, y sus dedos se quedaron entrelazados.
Y en ese gesto, sin promesas ni palabras, ella entendió que, pasara lo que pasara al día siguiente, lo de ellos ya era real.
La tarde se les escapó casi sin darse cuenta.
El sol caía despacio sobre el mar, tiñendo todo de naranja y rosa, y la playa se había quedado casi vacía.
Solo se oía el rumor tranquilo de las olas y el grito lejano de alguna gaviota.
Tina y Nico estaban sentados en la arena, con los pies hundidos y una toalla extendida detrás, como si quisieran estirar un poco más ese último día juntos.
Ella jugaba con los granos de arena entre los dedos, sin atreverse a mirarle directamente.
Él, en cambio, la observaba en silencio, como si intentara memorizar cada gesto, cada curva, cada risa que había hecho de ese verano algo distinto.
—No me gusta esto —murmuró Tina al fin, rompiendo el silencio—. No quiero pensar que mañana me voy.
—Lo sé… —respondió Nico, bajito—. Yo tampoco quiero pensarlo.
—Supongo que va a ser raro —dijo, intentando sonar tranquila—. Tú aquí, yo allí…
—Eh, no te pongas trágica todavía —interrumpió él, con una sonrisa torcida—. No es el fin del mundo, Fauschina.
Madrid está a media hora en tren de tu pueblo. Y si hace falta, me planto allí todos los fines de semana.
#498 en Novela romántica
#186 en Novela contemporánea
amor, mejoramigodemihermano, amor amistad romance adolesencia
Editado: 17.11.2025