No eras parte del plan

Capítulo 25 - Hasta pronto

El ruido de las maletas rodando por el pasillo sonaba como un reloj que contaba los segundos que quedaban antes de decir adiós.
Tina se había levantado antes de que amaneciera, pero aun así sentía que todo pasaba demasiado rápido.
Sus padres ya estaban cargando el coche. Lucas hablaba con su padre sobre la carretera, y ella solo podía pensar en una cosa: no quería irse todavía.

Bajó al salón y encontró a la tía Vera preparando café.
—¿Ya te vas, cielo? —preguntó con una sonrisa triste.
—Parece que sí —respondió Tina, intentando sonar tranquila mientras la abrazaba con fuerza—. Gracias por todo, de verdad. Por dejarme estar aquí, por cuidarme tanto.
—Tú me diste vida a esta casa —bromeó la tía, aunque se le notaban los ojos húmedos—. Ya sabes que aquí siempre tendrás tu sitio, ¿eh?

Lucas apareció con las llaves del coche en la mano.
—Venga, que si no salimos ya, papá se va a poner histérico.
Tina rodó los ojos y le abrazó sin decir nada.

El motor del coche rugió suavemente mientras terminaban de colocar las últimas maletas en el maletero.
El aire de la mañana era frío, con ese olor salado que Tina había aprendido a reconocer como el del verano que se acaba.

Subió al asiento trasero, junto a su mochila, y apoyó la frente en la ventanilla. La tía Vera agitó la mano desde la puerta.
Tina la observó hasta que la casa desapareció tras la curva.

El camino hasta la estación se le hizo eterno y fugaz a la vez: cada curva, cada casa, cada trozo de mar que asomaba entre los árboles parecía una despedida silenciosa.

Lucas intentaba mantener la conversación ligera, pero ella apenas le respondía.
Su cabeza estaba en otra parte.
En alguien más.

Cuando el coche se detuvo frente a la estación, Tina bajó con el estómago encogido. La brisa era más fresca allí, y la luz del amanecer empezaba a teñir el cielo de tonos rosados.
Sus padres se apresuraron a revisar los billetes y las maletas, mientras Lucas hacía bromas con el revisor.

Y entonces lo vio.

Apoyado en una de las columnas del andén, con una chaqueta gris y el pelo aún despeinado, estaba Nico.
Una sonrisa pequeña, cansada, pero tan suya, se dibujó en su cara al verla.

Tina se quedó quieta, sorprendida, como si su corazón acabara de reconocer el motivo por el que había estado latiendo tan fuerte desde que amaneció.

—Vengo a asegurarme de que no te escapas —dijo él cuando se acercó, intentando sonar despreocupado.

—O de que no vuelvo corriendo —respondió ella, con una sonrisa temblorosa.

—Eso también.

Estaban a pocos pasos de sus padres, que seguían hablando con el revisor sin prestarles mucha atención, pero aun así, el aire entre ellos era distinto.
Había mil cosas que querían decirse, y ninguna podía salir en voz alta.

Nico metió las manos en los bolsillos y la miró, con esa calma triste que dolía más que cualquier despedida.

—Pensé que no ibas a venir —susurró ella, acercándose.

—Y perderme la oportunidad de despedirme de ti… ni loco —dijo él, con esa media sonrisa que la hacía temblar un poco por dentro.

Se quedaron mirándose unos segundos, sin saber muy bien qué decir.

—Bueno, recuerda el trato —dijo él, acercándose un paso más—. Videollamadas, mensajes, trenes, y algún que otro beso pendiente para cuando nos veamos.

Ella soltó una risa suave.
—No lo he olvidado.

—Bien, porque pienso hacerlo cumplir —respondió él, bajando la voz—. Y quiero que sepas algo.

Ella levantó la mirada.
—¿Qué?

—No ha sido solo un verano. No para mí.

Tina sintió un nudo en la garganta.
Quiso responder, pero las palabras se quedaron atrapadas entre los latidos.
Así que simplemente se lanzó y le abrazó.
Fuerte. Como si así pudiera detener el tiempo.

Nico la rodeó con los brazos, hundiendo la cara en su pelo.
—Voy a echarte mucho de menos —murmuró, apenas audible.

—Yo también… —susurró ella contra su pecho.

Nico la sostuvo un segundo más de lo necesario, y le susurró al oído:
—No te olvides de lo que dijimos, ¿vale?

—Nunca —respondió ella, apenas moviendo los labios.

Cuando se separaron, él le sonrió con un guiño que solo ella entendería.
Sus padres estaban a unos metros, distraídos, y aun así ambos hablaban en voz baja, casi en susurros.
—Mañana ya vas a estar en el pueblo —dijo él, metiendo las manos en los bolsillos.
—Sí… —Tina respiró hondo—. No me parece real todavía.

Antes de poder decir algo más, Lucas se acercó a ellos.
—Eh, tortolitos —bromeó bajito—, no os pongáis muy moñas que aún está papá cerca.
Tina rodó los ojos, pero le abrazó fuerte.
—Gracias, Lucas. Por todo. Por dejarme quedarme este verano… y por no meterte demasiado.
—Ya sabes que soy el mejor hermano del mundo —respondió él, medio en broma, medio en serio.

A unos pasos de distancia, Nico estrechaba la mano del padre de Tina con educación y se despedía de su madre con una sonrisa amable.
—Gracias por dejarme pasar tanto tiempo con ellos —dijo, sincero—. Ha sido un verano genial.
—Encantados, Nico —respondió el padre de Tina—. Cuídate, chico.




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