No eras parte del plan

Capítulo 27 - Días de mensajes y promesas

Los días fueron pasando sin que Tina terminara de entender cómo.
El calendario avanzaba sin pedir permiso, y entre libros abiertos, apuntes desordenados y tazas de café medio frías, la rutina volvió a instalarse en su vida. Pero no era la misma rutina de antes.
Porque ahora, cada vez que sonaba una notificación en el móvil, el corazón se le aceleraba un poco.

Nico.

Solo leer su nombre bastaba para que se le escapara una sonrisa.
A veces era un audio rápido entre clase y clase, con su voz medio dormida diciendo algo como “he visto una moto roja y me he acordado de ti”.
Otras, un mensaje improvisado a medianoche: “No puedo dormir. Culpa tuya, como siempre.”
Y luego estaban las videollamadas que empezaban con un “solo un ratito, que mañana madrugo” y terminaban dos horas después, entre bostezos, risas y promesas pequeñas que parecían enormes.

La distancia, pensaba Tina, era una especie de prueba constante. Pero con Nico, incluso eso se sentía diferente.
Había algo en su forma de hablarle, de escucharla, de hacerla reír, que convertía cada día normal en algo un poco más bonito.

Cuando estudiaba, dejaba el móvil boca abajo para no distraerse, aunque siempre acababa girándolo “solo por si acaso”.
Y cuando llegaba un mensaje suyo, por más pequeño que fuera —una foto de su desayuno, un “ánimo con el examen”, un “te juro que me he puesto tu canción en el coche”—, todo el cansancio desaparecía.

Nico le había dicho una vez que no era bueno con las palabras escritas, pero sus mensajes siempre parecían hechos para desarmarla.
“No te imaginas lo guapa que estás cuando te concentras.”
“Ojalá poder verte ahora mismo.”
“He soñado contigo otra vez. Estoy empezando a preocuparme.”

Tina fingía regañarle, pero en realidad se derretía por dentro.
Nunca había sentido algo tan natural, tan sencillo y tan real a la vez.

A veces hablaban de tonterías: de música, de series, de lo mucho que odiaban madrugar.
Otras veces, sin planearlo, acababan hablando de lo importante. De lo que sentían. De lo que vendría después.
Y aunque ambos sabían que la distancia no era fácil, había algo en su manera de mirarse —incluso a través de una pantalla— que hacía que todo pareciera posible.

Por las noches, cuando apagaba la luz, Tina se quedaba mirando el techo, repasando mentalmente sus conversaciones del día.
La manera en que él se reía de sus ocurrencias.
Cómo la llamaba “Fauschina” con esa voz ronca que tanto le gustaba.
El gesto que hacía con la mano cuando intentaba explicarse y se trababa con las palabras.
Pequeñas cosas que antes no habrían significado nada, pero que ahora llenaban su cabeza.

Él también tenía su manera de demostrar que la echaba de menos.
Le mandaba fotos de los lugares donde habían estado juntos, o le escribía mensajes como “La playa está rara sin ti” o “Vera me ha preguntado por ti, dice que la cocina está demasiado silenciosa”.
Y cada palabra era una cuerda que la mantenía unida a ese verano, a esa versión suya que había aprendido a ser feliz de nuevo.

Algunas noches, cuando las llamadas se alargaban demasiado, no hablaban. Solo se escuchaban.
Respiraciones, algún suspiro, el sonido del teclado de fondo o del viento colándose por la ventana.
Y aunque no se veían, Tina podía sentirlo cerca.
Como si la distancia no existiera realmente.

A veces, antes de dormir, él le susurraba:
—Buenas noches, Fauschina. Que sueñes bonito.
Y ella, con la voz bajita, respondía:
—Solo si apareces tú.

Y entonces, aunque estuviera sola en su habitación, Tina sonreía.
Porque sabía que, en algún lugar, él estaba haciendo lo mismo.

Tina había empezado a contar los días no por fechas, sino por conversaciones.
El “lunes” era el día en que él le enseñó, por videollamada, cómo había intentado cocinar pasta y casi incendia la cocina de Vera.
Aún recordaba su cara de pánico cuando la sartén empezó a echar humo y su risa nerviosa al intentar apagar el fuego con la tapa del cazo.
Ella se rió tanto que terminó llorando, mientras él le prometía solemnemente no volver a acercarse a los fogones sin supervisión profesional.

El “miércoles” fue cuando Nico apareció en la pantalla con un ramo de flores.
—¿Qué haces con eso? —le preguntó, riendo.
—Regalarte flores. Aunque sea a través de la cámara.
Eran margaritas, recién cortadas del jardín de Vera.
No tenían papel de regalo ni lazos, pero la sonrisa con la que se las ofreció valía más que cualquier ramo de floristería.
Tina no supo si reír o llorar, así que hizo las dos cosas.

El “viernes” fue la noche en que se quedaron mirando las estrellas.
Cada uno desde su ventana, intentando encontrar la misma constelación.
Él le señalaba el cielo con la cámara, convencido de haber encontrado Orión, y ella fingía verlo aunque en realidad solo veía un punto brillante y borroso.
Pero daba igual.
Porque lo importante no era el cielo, sino la voz de Nico al otro lado.
Su risa suave.
Ese silencio que no dolía, sino que llenaba.

A veces, mientras repasaba para los exámenes, Tina pensaba que todo eso no podía ser real.
Que la distancia acabaría haciendo lo suyo, como tantas veces había escuchado.
Había momentos en los que el peso de la rutina y los kilómetros la hacían dudar, en los que el móvil en silencio parecía más pesado de lo normal.
Pero luego llegaba un mensaje suyo, una foto tonta, una nota de voz con esa risa suya que siempre la desarmaba, y se le pasaban todas las dudas.




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