No eras parte del plan

Capítulo 28 - Fantasmas del pasado

El sol de la tarde caía sobre la entrada del instituto, tibio, cansado, como si también tuviera ganas de vacaciones.
Tina salió con la mochila al hombro y el móvil pegado a la oreja, sonriendo sin poder evitarlo.

—Creo que me fue bastante bien —decía, bajando los escalones—. Aunque si suspendo matemáticas otra vez, prometo cambiarme el nombre y desaparecer del mapa.
—No vas a suspender, Fauschina —contestó la voz de Nico al otro lado—. He visto tus resúmenes, ni un hacker podría descifrar tanto garabato.
—Eres un idiota —rió ella.
—El idiota que te quiere, eso no se te olvide.

Tina se mordió el labio, intentando disimular la sonrisa tonta que le provocaba escucharlo.
El corazón le latía tranquilo, contento.
Por fin todo empezaba a encajar: el verano, los planes, el amor a distancia que, aunque difícil, seguía vivo.

—Vale, mañana me toca el último —dijo ella—. Y cuando acabe, prometo una videollamada larga. Sin apuntes, sin estrés. Solo tú y yo, ¿trato?
—Hecho. Pero igual quiero que me llames apenas salgas, aunque sea un segundo. Necesito oír tu voz para saber que ha ido bien.
—Pesado.
—Enamorado —corrigió él.

Iba a responderle, pero una voz la interrumpió.

—¿Tina?

Su nombre sonó demasiado cerca.
Bajó el móvil despacio, el corazón encogiéndose.

Marcos estaba allí.
Con el mismo aire de seguridad que siempre, el pelo perfectamente despeinado y esa sonrisa que, en su momento, le había parecido irresistible y ahora solo le resultaba… incómoda.

—Eh… te llamo luego, ¿vale? —susurró a Nico antes de colgar, sin darle tiempo a contestar.

Marcos se acercó, con las manos en los bolsillos, mirándola de arriba abajo.
—Vaya. No sabía que seguías por aquí.
—Acabo de salir del examen —dijo Tina, intentando sonar tranquila.
—Ya. Te vi desde lejos. Tenía que saludarte. —Le sonrió con ese gesto tan suyo, entre encantador y condescendiente—. Estás distinta. Más… no sé, guapa.
—Gracias —murmuró, incómoda.

—He visto que este verano no has dado muchas señales de vida —comentó él, cruzando los brazos—. Ni un mensaje, ni una llamada. Desapareciste.

Tina lo miró con calma, aunque por dentro empezaba a notar cómo se le tensaban los hombros.
—Tenía cosas que hacer —respondió, sin entrar en detalles.

—¿Cosas que hacer? —repitió Marcos, soltando una risa corta, incrédula—. Venga, Tina, no me vengas con eso. Estuve llamándote. Varias veces. Hasta le pregunté a Lara si sabía algo de ti.

—Lo sé. Vi las llamadas —admitió ella—. Pero no me pareció buena idea responder.

Marcos arqueó una ceja, dándole una mirada cargada de falsa calma.
—Ya. Claro. —Hizo una pausa, midiendo las palabras—. Pero por lo que veo, no te aburriste mucho. —Sus ojos bajaron un instante a su piel bronceada, al colgante que asomaba por debajo del cuello de su camiseta—. Se nota que lo pasaste bastante bien.

Tina se cruzó de brazos.
—¿Y eso te importa por qué?

—No me importa —dijo, encogiéndose de hombros, aunque el tono lo traicionaba—. Simplemente me sorprende que te hayas olvidado tan rápido.

—¿Olvidado de qué, Marcos? —preguntó, cansada.

Él la miró fijamente, con esa expresión que mezclaba reproche y vanidad.
—De lo nuestro. De todo lo que vivimos. —Sonrió, ladeando la cabeza—. Pensaba que no eras de las que pasan página tan fácil.

—Tal vez no lo era —respondió ella, con voz firme—. Pero contigo aprendí.

El gesto de él se endureció apenas un segundo, antes de volver a su falsa sonrisa.
—Vaya. Qué fría te has vuelto, ¿eh? —murmuró, dando un paso más cerca—. Pero bueno, supongo que te hizo bien el verano. Se te ve distinta.

Tina aguantó la mirada.
—Sí, Marcos. Me hizo bien.

Él entrecerró los ojos, como si intentara leer entre líneas.
—Ya. Seguro que sí. —Chasqueó la lengua, forzando una sonrisa—. Aunque me pregunto con quién lo pasaste tan bien.

Ella soltó un suspiro y dio un paso atrás.
—No es asunto tuyo.

—Bueno, tal vez no —dijo él, con una risa amarga—, pero durante mucho tiempo lo fue.

El estómago de Tina se revolvió.
No era lo que decía, era cómo lo decía.
La forma en que siempre hacía que todo pareciera su culpa.

—Me alegra verte bien, Marcos —dijo al fin, dando un paso atrás—. Pero tengo prisa.

—Venga ya —insistió él, avanzando otro paso—. Solo un café. Para ponernos al día.
—No —respondió firme.
—¿Por qué no? ¿Te da miedo verme? —preguntó con una media sonrisa, esa que siempre usaba cuando quería provocarla.
—No me das miedo. Simplemente no quiero.

Marcos soltó una risita breve, pero sin humor.
—Qué fría te has vuelto, ¿eh? Antes te morías por verme.
—Y antes tú no estabas con mi ex mejor amiga —escupió ella, sin poder contenerse.

El nombre cayó como un golpe.
Marcos frunció el ceño.
—No mezcles cosas, Tina.
—No tengo nada que mezclar. Eres tú el que no sabe soltar.

Intentó marcharse, pero él la sujetó del brazo.

—Eh, no te vayas así —dijo, apretando un poco más de lo necesario.
—Suéltame, Marcos —pidió ella, con voz tensa.
—Solo quiero hablar, joder. No te pongas dramática.




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