El sonido del timbre marcó el final del último examen como si liberara un respiro contenido durante semanas.
Tina dejó el bolígrafo sobre la mesa, miró las hojas llenas de fórmulas y palabras que ya no quería volver a leer, y se permitió sonreír. Por fin. Se había acabado.
El aula se llenó de murmullos, risas y suspiros aliviados. Julia la abrazó antes de salir corriendo a contárselo a Inés, que la esperaba en el pasillo.
—Lo hiciste, tía. Ya está —le dijo Julia, riendo.
—No me lo creo todavía —respondió Tina, con una mezcla de agotamiento y euforia.
Salieron juntas del edificio, cegadas por el sol de mediodía. El aire olía a verano otra vez, aunque las clases hubieran terminado.
Tina entrecerró los ojos y, sin poder evitarlo, pensó en él.
Nico.
Había pasado casi un mes desde la última vez que se vieron. Un mes desde aquella despedida en la estación, entre abrazos y promesas que parecían imposibles.
Al principio, el contacto había sido constante. Mensajes a todas horas, videollamadas improvisadas, bromas compartidas incluso entre exámenes.
Pero poco a poco, la rutina había empezado a hacer de las suyas.
Nico había vuelto a Madrid, a su vida real.
A las prácticas en el bufete, a los horarios imposibles, a las madrugadas de estudio y al cansancio que se notaba hasta en sus audios.
Las primeras veces ella se reía de su voz somnolienta o de los cafés que mostraba en pantalla, medio vacíos, como trofeos de guerra.
Pero después, sin saber muy bien cuándo, las llamadas se fueron acortando. Las respuestas tardaban más en llegar.
“Perdona, ha sido un día largo.”
“Luego te escribo, ¿vale?”
“Te echo de menos, pero estoy muerto.”
Tina intentaba no darle vueltas, pero lo hacía igual.
Miraba el móvil cada pocos minutos, buscando su nombre entre las notificaciones.
A veces se sorprendía sonriendo sola al recordar alguna tontería que él había dicho; otras, le dolía un poco el pecho cuando pasaba una noche entera sin oír su voz.
“Ya hablamos mañana, ¿vale?”, le había dicho él la noche anterior.
Pero su tono no sonó igual que otras veces. Sonaba cansado. Lejano.
“Mañana.” Y ese mañana era hoy.
Respiró hondo y se sacudió las dudas.
No quería ser una de esas chicas que se pasan la vida esperando un mensaje. No después de todo lo que había vivido con Marcos.
Y sin embargo, no podía evitarlo. Nico era diferente. O al menos, quería creerlo.
—¿Vienes con nosotras a por un helado? —preguntó Inés, interrumpiendo su hilo de pensamientos.
Tina parpadeó, volviendo al presente.
—En un rato. Quiero pasar primero por la tienda de al lado —respondió, buscando una excusa que ni ella misma se creyó.
Inés asintió y se alejó con Julia, dejando a Tina sola frente a la puerta del instituto.
Ella bajó los escalones despacio, saboreando ese momento de libertad.
El sol le calentaba la piel, el aire olía a verano… y aun así, había algo que le faltaba.
Ese “algo” tenía nombre, ojos verdes y una sonrisa que seguía apareciendo en su cabeza cuando menos lo esperaba.
Nico.
Y fue entonces cuando lo vio.
Apoyado contra una de las farolas, con el casco de la moto en la mano y esa sonrisa que le desordenaba el alma.
El corazón de Tina se detuvo un segundo.
No podía ser.
El ruido de la calle pareció apagarse. Todo se volvió borroso menos él.
Su camiseta blanca, el pelo un poco más largo, los ojos verdes mirándola como si el tiempo no hubiera pasado.
Y entonces, como si el cuerpo recordara antes que la mente, sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué… qué haces aquí? —preguntó, con la voz entrecortada, mientras se acercaba despacio, sin fiarse todavía de que fuera real.
—Pasaba por aquí —respondió él, con una sonrisa traviesa, la misma que usaba cuando estaba a punto de meterse en líos—. Y me dije: “igual me da tiempo de recoger a alguien que acaba de salvar el curso”.
Tina soltó una risa temblorosa, una mezcla de sorpresa y alivio, y antes de poder controlarse notó cómo se le humedecían los ojos.
—Estás loco.
—Un poco, sí —admitió él, encogiéndose de hombros—. Pero tenía que verte. No podía esperar más.
Ella dio un paso.
Luego otro.
Y otro, hasta que la distancia entre ellos desapareció.
Durante un instante, ninguno habló. Solo se miraron, como si intentaran memorizar cada detalle para cuando volvieran a separarse.
Nico dejó el casco en el suelo y, sin decir nada más, la abrazó.
Y el mundo se detuvo.
Tina se quedó inmóvil, con la cara escondida en su pecho, respirando el olor a sal, a jabón, a Nico.
Sintió sus brazos rodearla con fuerza, su respiración temblar un poco sobre su cabello.
Era como volver a ese verano, a las noches en la playa, a los silencios llenos de promesas.
Solo que esta vez no había mar, ni estrellas, ni promesas.
Solo ellos.
Y eso bastaba.
—Te echaba de menos —susurró Tina, apenas audible, con la voz quebrada entre risa y llanto.
—Ya era hora de que me lo dijeras en persona —bromeó él, aunque la voz también le temblaba.
Se separaron apenas unos centímetros, solo lo justo para poder mirarse.
Los ojos de él brillaban con ese tipo de emoción que no necesita palabras.
—Pensé que estabas en Madrid —dijo ella, todavía incrédula.
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Editado: 17.11.2025