No eras parte del plan

Capítulo 30 - El verano no ha terminado

Caminaron juntos por las calles del pueblo, sin prisa, hablando de nada y de todo. Cada paso que daban parecía robarle segundos al reloj.
Hasta que, al doblar una esquina, Tina se dio cuenta de dónde estaban.

—No… —susurró, conteniendo una sonrisa—. No me digas que me has traído aquí.

Frente a ellos, con su toldo rojo descolorido y el aroma inconfundible de vainilla y chocolate, estaba la heladería de su infancia, la misma en la que habían pasado veranos enteros entre risas y helados derritiéndose al sol.

—¿Recuerdas cuando te pedías siempre el doble de nata y decías que era “por estudiar mejor”? —bromeó él.

—Lo era —protestó ella, divertida—. El azúcar ayudaba a la concentración.

—Entonces, doctora Fauschina, ¿qué te parece si hoy repetimos la terapia? —dijo, guiñándole un ojo mientras pedía dos cucuruchos.

Tina no pudo evitar reír. Aquel sitio olía a recuerdos, a veranos felices, a la complicidad que habían tenido desde niños.
Cuando él le tendió su helado —de fresa y nata, como siempre—, sus dedos se rozaron. Fue un gesto mínimo, pero suficiente para que el mundo se encogiera a su alrededor.

—Gracias —susurró.

—De nada. Aunque igual te lo cobro en sonrisas.

—Eres idiota.

—Tu idiota, espero —replicó él, con esa sonrisa que desarmaba cualquier defensa.

Después caminaron hasta el lago, a pocos minutos del pueblo. El sol comenzaba a caer, tiñendo el agua de tonos dorados y rosados. Se sentaron en el muelle de madera, los pies colgando sobre el agua.

El silencio entre ellos no era incómodo. Al contrario. Era cálido, lleno de esas palabras que no hacía falta decir.
Tina se apoyó en su hombro y, sin darse cuenta, suspiró.

—Te juro que no me parece real que estés aquí.

—A mí tampoco —respondió él, bajito—. Pero te prometo que no pensaba dejar pasar más tiempo sin verte.

Ella levantó la cabeza para mirarlo. Sus rostros estaban tan cerca que podía notar su respiración rozándole la piel.
Y entonces, sin pensarlo, Nico le apartó un mechón de la cara y le acarició la mejilla con el pulgar.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —murmuró él.
—¿Qué?
—Que me paso los días pensando en ti, y cuando por fin te tengo delante… no sé por dónde empezar.

Tina sonrió, temblando por dentro.
—Empieza por besarme.

Y él lo hizo.
Primero despacio, con la ternura de quien teme romper algo frágil. Luego más profundo, más sincero.
El mundo desapareció. Solo quedaron ellos, el lago, el sabor dulce del helado aún en sus labios y el calor de sus manos entrelazadas.

Cuando se separaron, Tina apoyó la frente contra la suya, sonriendo.
—Esto es una locura.

—Una locura preciosa —dijo él, y la miró con una intensidad nueva, más seria, más cierta—. Te quiero, Fauschina.

Ella parpadeó, sorprendida.
El corazón se le aceleró tanto que creyó que iba a escapársele del pecho.

—¿Qué?

—Te quiero —repitió, sin apartar la mirada—. No solo en verano, ni en las videollamadas. Te quiero ahora, aquí. Y si me dejas, también después.

Tina no respondió al instante. Solo sonrió, con los ojos brillantes y la voz temblando entre risa y emoción.
—Tardaste en decirlo, ¿eh?

—Tenía que encontrar el momento perfecto.

—Y lo encontraste —susurró ella, antes de volver a besarlo.

El cielo ya empezaba a oscurecerse, el agua reflejaba las primeras luces del anochecer, y el aire olía a promesas.
El verano, quizá, se estaba terminando.
Pero entre ellos, algo acababa de empezar.

Se quedaron un rato más, hablando en voz baja, recordando cosas de cuando eran chicos: las guerras de agua, las caídas en bici, el primer día de colegio.
Reían, se interrumpían, y a veces simplemente se miraban. Como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.

Cuando el aire se volvió más fresco, se levantaron y caminaron de regreso, lado a lado, sin soltarse la mano. El pueblo estaba tranquilo, con las farolas encendidas y los grillos empezando su concierto nocturno.

Al llegar al sitio donde Nico había dejado la moto, Tina se detuvo.
La miró, luego lo miró a él, y le sonrió con esa mezcla de ternura y melancolía que lo volvía loco.

—¿Vas a llevarme en moto hasta casa? —preguntó.

—Obvio. ¿Qué clase de caballero sería si no? —bromeó, alcanzándole el casco—. Pero prométeme que no gritarás esta vez.

—No grito. Solo… aviso cuando tomas las curvas muy rápido.

—Ya, claro —rió él, ayudándola a colocarse el casco—. Vamos, que me acuerdo del verano y todavía tengo el oído zumbando.

Tina se subió detrás de él, rodeándolo con los brazos. El contacto fue inmediato, natural. Sintió el latido de su corazón bajo la chaqueta, el olor a jabón y viento, y algo dentro de ella se encendió.
Cuando arrancaron, el aire les golpeó la cara, pero no les importó. El camino hasta su casa se hizo corto, demasiado corto.

Al llegar, Nico se detuvo frente al portón. Apagó el motor, pero ninguno se movió enseguida. El silencio volvió a envolverlos, con ese tipo de quietud que da miedo romper.




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