El curso había empezado sin pedir permiso.
De pronto, los pasillos del instituto volvían a estar llenos de voces, carpetas abiertas y profesores con cara de “aquí estamos otra vez”.
Tina se había acostumbrado tan rápido a los días de verano con Nico que la vuelta a la rutina se le hizo extraña.
Ya no se despertaba con mensajes suyos al amanecer ni pasaba las tardes viendo el sol caer sobre el lago.
Ahora todo eran horarios, clases y apuntes.
Pero, pese a todo, se sentía… tranquila.
Las cosas, por fin, estaban bien.
Inés y Julia seguían a su lado, como si esos meses de distancia que hubo antes del verano nunca hubieran existido.
Habían recuperado su complicidad: las risas en los pasillos, los chismes a la salida, las tardes en el café de siempre.
Y Tina, después de mucho tiempo, volvía a sentir que tenía su sitio.
Sin miedo, sin tener que medir cada palabra o disculparse por ser como era.
A Marcos lo veía de vez en cuando —porque en ese pueblo todo el mundo acaba cruzándose tarde o temprano—, pero ya no le afectaba.
Lo saludaba con un gesto, él respondía con esa media sonrisa suya que antes le removía el estómago… y nada más.
Ni nervios, ni culpa, ni tristeza.
Solo indiferencia.
Había aprendido, por fin, a dejar el pasado donde correspondía.
Lo curioso era que, aunque Marcos parecía haber pasado página, su nueva novia no tanto.
Lara.
Su ex mejor amiga.
La misma que había compartido con ella miles de secretos, tardes de estudio y hasta canciones inventadas en el parque.
Ahora la miraba desde el otro lado del pasillo como si le guardara una cuenta pendiente.
Y eso que era ella quien salía con él.
A veces Tina no entendía nada.
Era raro.
Había días en los que se cruzaban, y Lara apartaba la mirada con un gesto frío, como si verla le molestara.
Otras veces fingía una sonrisa falsa, de esas que se notan a metros.
Tina había intentado ignorarlo, de verdad.
Pero había algo en esa tensión silenciosa que la incomodaba.
No porque sintiera culpa —eso se le había pasado hacía mucho—, sino porque echaba de menos a la chica que había sido su amiga antes de que todo se torciera.
Aun así, decidió no darle más vueltas.
Había perdido demasiada energía en cosas y personas que no la hacían bien.
Ahora solo quería centrarse en lo que de verdad importaba: sus amigas, su último año de instituto… y Nico.
Aunque el instituto le ocupaba casi todo el día, había algo —o más bien alguien— que le recordaba constantemente que el verano no había sido un simple paréntesis.
Nico seguía ahí.
En su móvil, en su cabeza, en cada rincón donde ella encontraba un momento de calma.
Se escribían todos los días, sin excepción.
A veces eran mensajes largos, llenos de bromas, anécdotas y fotos tontas; otras, solo un “te echo de menos” o un corazón enviado entre clases.
Y eso bastaba.
Porque incluso con la distancia, él seguía consiguiendo que sonriera.
Pero las semanas pasaban y el ritmo de Nico empezaba a volverse una locura.
Había vuelto a Madrid, las prácticas en el bufete le dejaban sin tiempo y, además, acababan de empezar las clases en la universidad.
A veces le escribía tarde, medio dormido, con mensajes que parecían garabatos entre bostezos:
> “Hoy casi me duermo sobre un expediente. Pero he pensado en ti y se me ha pasado.”
“Día eterno. Necesito verte. O al menos escucharte reír.”
Tina se reía sola al leerlos, aunque también notaba ese pellizco de preocupación.
Sabía que él se estaba esforzando por mantener el contacto, pero a veces las videollamadas se cortaban por el cansancio.
Seguían hablando cada día, pero a veces sus mensajes llegaban horas después o las videollamadas terminaban con él dormido a mitad de frase.
—Lo juro, no era aburrimiento —le había dicho entre risas una noche—. Solo tengo el cerebro frito de tanto contrato.
—Tranquilo, abogado —le contestó ella—. Te sigo queriendo aunque ronques.
Y lo hacía.
Lo quería con esa calma que se siente cuando algo deja de ser un impulso y se convierte en hogar.
Aunque a veces le pesara la distancia.
Aunque echara de menos las cosas pequeñas: el olor de su colonia, su forma de tocarle el pelo sin decir nada, los silencios cómodos.
Aun así, había algo bonito en esa rutina.
Ese intercambio de mensajes entre clases, los audios improvisados, las fotos de los apuntes con corazones dibujados, los “te quiero” escritos de mil maneras distintas.
Tina se daba cuenta de que, sin buscarlo, habían aprendido a quererse a distancia.
No era fácil, pero tampoco imposible.
A veces, al salir del instituto, se sentaba en el banco del parque y repasaba su chat.
Leía los mensajes antiguos del verano, los audios que guardaba por puro cariño.
Y se le escapaba una sonrisa cada vez que veía alguno de esos vídeos donde él la hacía reír hasta llorar.
Era su manera de sentirlo cerca, aunque supiera que estaban a kilómetros.
Por suerte, Inés y Julia estaban decididas a no dejarla pensar demasiado.
Una tarde, mientras merendaban en el café de siempre y Tina agitaba la pajita del batido como si fuera un arma contundente contra sus propios nervios, Julia levantó la vista con esa expresión suya que siempre anunciaba una idea peligrosa… o brillante. A veces ambas cosas a la vez.
—Oye —dijo, ladeando la cabeza—, ¿y si vas a Madrid a verle?
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Editado: 17.11.2025