Tina aún no sabía en qué momento había perdido el juicio.
Hacía apenas unos días estaba en el café, diciendo que no, que estaba loca, que sus padres la matarían, que aquello no tenía ningún sentido.
Y ahora…
Ahora estaba sentada en un tren rumbo a Madrid con Inés y Julia, tan pancha, como si hacer una visita sorpresa a su… ¿novio? ¿cuasi novio? ¿abogado favorito? fuera lo más normal del mundo.
—Tía, respira —le dijo Inés, dándole un toquecito en la pierna—. Que pareces a punto de desmayarte.
—Es que… —Tina miró por la ventanilla, viendo el paisaje pasar a toda velocidad—. ¿Qué estamos haciendo? Esto es una locura.
Julia soltó una carcajada.
—Es una fantasía romántica, cariño. Lo otro sería una locura. Esto está perfecto.
Tina se mordió el labio, intentando relajarse.
—No le he avisado… —murmuró.
—¡Pues claro! —exclamó Julia, orgullosa de su plan—. Si no, ¿qué gracia tendría? Se te cae del susto. O te besa. O se te cae encima mientras te besa. Un diez de sorpresa.
Tina respiró hondo, pero su corazón no hacía caso.
Para colmo, había algo que le pesaba en la cabeza desde que subieron al tren.
—No me creo que al final… se lo haya dicho a mi madre —confesó en voz baja, tapándose la cara con las manos.
Julia y Inés se inclinaron hacia ella como si estuvieran escuchando un cotilleo prohibidísimo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Inés.
—Pues que… —Tina bufó—. Iba a salir sin más, pero me dio cosa. Y al final se lo conté. Le dije que veníamos a Madrid, que nos quedamos en casa de tu abuela, Julia… y que quería ver a Nico. Y que no me dejase media vida castigada, por favor.
Julia abrió mucho los ojos.
—¿Y? ¿Lo aceptó?
Tina asintió, como si todavía no pudiera creérselo.
—Dijo que mientras estuviera con vosotras y no hiciera ninguna tontería, estaba bien. Que ya soy mayor para tomar decisiones… —hizo una pausa—. Y que si Nico me trata mal, ella misma va a Madrid a tirarle de las orejas.
Las tres se echaron a reír.
—Tu madre es una reina —afirmó Julia, orgullosa—. Y mi abuela os va a preparar unas magdalenas de esas que te reviven el alma. Así que todo perfecto.
Inés abrió una bolsa de patatas y la dejó en medio.
—Toma. Para los nervios.
—No creo que las patatas solucionen esto —dijo Tina, cogiendo una de todas formas.
—A mí sí —respondió Inés encogiéndose de hombros—. Las patatas y un buen culebrón. Y esto —señaló el tren— es un culebrón de categoría.
Julia se inclinó hacia Tina con una sonrisa suave.
—Eh. ¿Le quieres ver?
—Sí —admitió ella, bajito.
—¿Y él quiere verte?
Tina volvió a asentir.
—Pues ya está. Fin del drama innecesario.
El tren seguía avanzando, rápido, directo a Madrid.
Tina intentó convencerse de que todo iba a salir bien.
Que la sorpresa le haría ilusión.
Que valía la pena.
El altavoz anunció que estaban a punto de llegar a Atocha.
La ciudad ya asomaba entre los edificios, enorme, viva.
Tina ajustó la mochila en sus piernas y tragó saliva.
Estaba feliz. Estaba nerviosa.
Estaba a punto de ver a Nico.
Lo que no sabía era que, en cuanto bajara del tren, la sorpresa no sería exactamente como la había imaginado.
Y que esa noche… no iba a ser tan sencilla como soñaba.
El tren frenó despacio, con ese chirrido largo que anunciaba la parada final.
Tina sintió cómo el corazón se le subía a la garganta.
—Atocha —anunció la voz por los altavoces.
Julia se levantó de un salto.
—Venga, guerreras. Operación Sorpresa en marcha.
Inés bostezó mientras se ponía la mochila.
—Guerreras dice… si no he dormido nada por culpa de tus ronquidos, Julia.
—Mentirosa —Julia le sacó la lengua—. Yo no ronco, respiro fuerte.
—Sí, fuerte como un oso —remató Inés.
Tina apenas las escuchaba.
Tenía la mente en una sola cosa: Nico.
El andén estaba lleno de gente arrastrando maletas, turistas haciendo fotos, familias reencontrándose. Madrid vibraba desde el primer paso. El aire olía a mezcla de café, asfalto y movimiento constante.
Todo ese ajetreo, esa vida, ese ruido… normalmente la habrían impresionado, pero hoy solo tenía un pensamiento martillándole el pecho:
Voy a verle.
Voy a verle por fin.
Julia pasó un brazo por sus hombros.
—¿Estás bien?
Tina asintió, aunque la respiración se le había acelerado sin que pudiera controlarlo.
—Sí. Es solo… mucho.
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Editado: 17.11.2025