No eras parte del plan

Capítulo 34 - Visita inesperada

Tina subió las escaleras del edificio con las piernas temblándole.
Pero temblándole rollo terremoto de magnitud siete, no un simple “ay, qué nervios”.
No sabía si era el cansancio del viaje, los nervios… o las tres cosas juntas en una especie de cóctel explosivo que le recorría todo el cuerpo.

—¿Seguro que quieres que subamos contigo? —preguntó Inés, medio en susurro, como si estuvieran a punto de colarse en un banco.

—No. Si subís, me muero del susto —respondió Tina, sujetándose la mochila como si fuese un escudo—. Esperad abajo, por favor. De verdad.

Julia ladeó la cabeza, cruzándose de brazos.

—Vale, tía, pero si tardas quince minutos… subo y echo la puerta abajo. Y prometo no sentir ni un poquito de culpa.

—Qué tranquilizador, gracias —murmuró Tina, que ya estaba sudando frío.

—¿Quieres una galleta de la suerte? —preguntó Julia, sacando literalmente una de su bolsillo—. La compré en una tienda china antes de venir. Igual te da buena vibra.

—No quiero una galleta —dijo Tina, aunque sonrió sin querer.

—Pues yo me la como —dijo Julia, abriéndola—. A ver… “Hoy se te revelará algo importante”.
Miró a Tina y arqueó las cejas de forma dramática—. ¡Universo, confírmame esta señal!

—Maldita sea —susurró Tina, tapándose la cara—. ¿Por qué he nacido amiga de vosotras?

—Porque tienes suerte —respondió Inés, dándole una palmadita en la espalda—. Venga, sube. Y respira. Y no vomites.

—¿Quién ha dicho nada de vomitar? —protestó Tina.

—Tu cara —respondieron las dos al mismo tiempo.

Tina resopló, se pasó la mano por el pelo, y subió los últimos escalones como quien se dirige al castillo del villano final en un videojuego.

Cuando llegó al rellano del piso de Nico, sintió que el corazón le iba a 200 por hora.
Se colocó el flequillo, se recolocó la camiseta, se arremangó la chaqueta… y luego lo deshizo todo porque estaba peor que antes.

—Madre mía, qué cuadro —susurró.

Respiró hondo.
Otro más.
Y luego tocó el timbre.

Un segundo.
Dos.
Tres…

La puerta se abrió.

Y Nico apareció ahí.

Despeinado.
Con una camiseta blanca sencilla.
Con cara de no haber dormido lo suficiente…
y unos ojos que, en cuanto la reconocieron, se abrieron como si acabara de ver un milagro.

—… ¿Fauschina? —preguntó, en un hilo de voz, como si temiera que fuese un espejismo.

Ella levantó la mano en plan hola, soy real, prometo no ser una alucinación auditiva.

—Sorpresa… —dijo, muy bajito.

Durante un segundo eterno, Nico no se movió. Ni respiró.
Parecía que su cerebro estaba intentando actualizarse como un ordenador viejo.

Y de pronto… reaccionó.

Sonrió.
Pero no una sonrisa normal.
Una sonrisa de esas que te iluminan la cara entera, que te tiran abajo todas las defensas y que hacen que el corazón te haga la voltereta olímpica.

—No puede ser… —susurró, llevándose la mano al pelo—. ¡No puede ser!

Dio un paso hacia ella.
Otro.
Y antes de que Tina pudiera decir nada más, él ya la estaba abrazando.
Fuerte.
Como si llevara semanas soñando con ese momento.

—Madre mía… —murmuró, escondiendo la cara en su cuello—. ¿Eres tú de verdad? ¿No eres un holograma? ¿Un clon? ¿Una versión alterna?

Tina soltó una risa nerviosa.

—Soy yo, Nico.

Él se separó un poco, solo lo justo para poder mirarla… y ahí, sin avisar, la besó.

Un beso cálido, suave, de esos que dicen “te he echado de menos” mejor que cualquier frase.
Tina sintió que se le doblaban las rodillas. Si no fuera porque él la sujetaba, probablemente habría acabado en el suelo hecha puré.

Cuando se separaron, Nico tenía los ojos brillantes y una sonrisa que le ocupaba media cara.

—Acabas de alegrarme el año entero —le dijo, sin pensárselo dos veces—. No, en serio… el año entero. Y el anterior. Y probablemente el siguiente.

Tina se le quedó mirando, roja como un tomate.

—Bueno… tampoco era para tanto…

—¿Que no? —Nico se rió bajito, con incredulidad—. Llevaba un día horrible. Y ahora… ahora es el mejor día que he tenido desde la última vez que nos vimos.

Ella tragó saliva, aún procesando el nivel de intensidad adorable que ese chico manejaba.

—Oye… —preguntó Tina, señalando con la barbilla el pasillo detrás de él—. ¿Tú… ibas a algún sitio?

Nico parpadeó, como si se hubiera acordado de pronto.

—Ah, sí. Eh… al cumpleaños de una compañera del bufete.

—Ah… —Tina intentó sonar neutral, pero algo dentro de ella se tensó.

—Pero da igual —dijo él enseguida—. Lo suspendo. No voy. Solo iba por cumplir.

Ella abrió los ojos.




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