No eras parte del plan

Capítulo 35 - Drama anunciado

Salir del portal del edificio de Nico fue como aparecer en una escena extraña que mezclaba emoción, vergüenza y tres chicas conteniendo chillidos.
Porque ahí estaban Inés y Julia, de pie al lado del árbol de la esquina, fingiendo que no estaban espiando… muy mal.

Cuando vieron a Tina de la mano de Nico, las dos se quedaron congeladas.

—Vale, no gritéis —anunció Tina, adelantándose—. Ni una palabra.

Julia juntó las manos como si acabaran de concederle un deseo.

—¿¡Estás de broma!? —susurró, emocionadísima—. ¡Pero si venimos hace media hora y mírala! Mano agarrada y todo.

—Chicas… —murmuró Tina, sintiendo que quería que la tierra la tragase.

Pero Nico, lejos de soltarla, apretó un poco más sus dedos y sonrió.

—Hola —saludó con toda la tranquilidad del mundo—. ¿Os venís con nosotros a la fiesta? Tina dice que sois muy peligrosas si os dejáis solas demasiado rato.

Inés abrió la boca.

—¿Ha dicho eso?

—Eh… —Tina parpadeó—. Más o menos.

Nico se rió, bajando un poco la cabeza hacia ella.

—Te prometo que no os voy a perder —dijo, y a Tina le tembló algo dentro, pero de los nervios buenos.

Empezaron a caminar los cuatro.
Nico llevaba la mano de Tina entrelazada con la suya como si fuera lo más natural del mundo.
Y detrás, Inés y Julia parecían dos guardaespaldas adolescentes, emocionadas, mirando todo como si Madrid acabara de convertirse en un parque de atracciones.

—Chicas, por favor, haced como que no os hace ilusión —pidió Tina, mirando hacia atrás.

—Es que sí nos hace ilusión —contestó Julia—. Estamos yendo a una fiesta en Madrid. En MADRID. Invitadas por un abogado bueno, guapo y que huele a perfume caro.

—Julia… —protestó Tina.

—Tía, permítenos ser felices —añadió Inés—. Además, tú también estás que no te lo crees.

Tina se mordió el labio. Vale. Tenían razón.

Nico la miró entonces, como si hubiera escuchado parte de la conversación.

—Oye —dijo él, en voz baja—. De verdad, me has alegrado el año. Justo cuando te he visto en la puerta… ha sido como… no sé. Como si de repente todo tuviera sentido.

Tina sintió que el corazón le daba un salto ridículo.

Julia e Inés, detrás, intercambiaron miradas, tipo: ¿ha dicho eso en serio?

Ella respiró hondo para no ponerse a flotar.

—Me alegro —susurró.

Nico no dijo nada más, pero le acarició la mano con el pulgar.

Y entonces, porque el universo no perdona, un patinete eléctrico casi se lleva por delante a Julia.

—¡Oye, animal! —gritó ella, saltando hacia un lado—. ¡Que soy de pueblo, pero no estoy lista para morir en Madrid!

Inés se doblaba de la risa.

—Julia, por Dios…

—Lo juro —continuó Julia, indignadísima—, si me atropella un patinete antes de llegar a una fiesta madrileña, me presento en el más allá cabreadísima.

Nico intentó aguantarse la risa. Tina no.

Caminaron unos minutos más hasta que llegaron al edificio donde se celebraba el cumpleaños.
Música suave, gente entrando y saliendo, un ambiente bastante elegante sin llegar a ser exagerado.

Justo en la puerta, Nico se inclinó hacia Tina.

—¿Segura de que quieres entrar? —preguntó.

Ella asintió.

—Sólo si no sueltas mi mano.

Nico sonrió.
Una sonrisa de esas que desactivan sistemas de seguridad emocionales.

—Ni de broma.

Y entraron los cuatro.

Julia e Inés pisando Madrid como si fueran estrellas invitadas.
Tina intentando no derretirse.
Y Nico, mirándola como si la hubiera estado esperando desde siempre.

El piso donde se celebraba la fiesta era enorme, luminoso y tan elegante que Tina casi tuvo ganas de dejar los zapatos en la entrada para no ensuciar el parquet.
Había música suave, grupos de gente charlando con copas en la mano y ese aire de “somos jóvenes adultos responsables que tenemos planta y sueldo”. Vamos, lo contrario a su mundo.

Nico avanzaba con seguridad, sujetándola de la mano. Detrás de ellos, Julia e Inés caminaban con la emoción de quien entra en un parque temático nuevo.

—Tía —susurró Julia, mirando alrededor—. Esto es Sexo en Nueva York, pero versión Madrid con opositores.

—Dios mío —añadió Inés—. ¿Habéis visto esa terraza? ¡Quiero vivir aquí! O casarme con alguien que viva aquí. No soy exigente.

Pero Tina apenas podía reírse.
Cuanto más avanzaban, más pequeña se sentía.

Las compañeras de Nico estaban por todas partes: guapísimas, vestidas como si supieran exactamente lo que estaban haciendo con su vida, hablando de cosas que sonaban importantes. Tenían ese brillo de “ya soy adulta” que a Tina le faltaba a kilómetros.




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