Apareció ella.
Una chica rubia, MUY rubia, tan rubia que daba la sensación de que había gastado el presupuesto anual de peróxido en una sola melena. Maquillaje perfecto, ojos felinos, vestido tan ajustado que parecía que lo habían cosido directamente sobre la piel.
Entró en escena como quien entra en un videoclip:
pasos calculados, sonrisa de “vengo a crear contenido”, perfume que llegaba cinco segundos antes que ella.
Se plantó delante de Nico con una copa en la mano y una pose de influencer que lleva diez horas practicando frente al espejo.
—Hola, Nico —dijo con un tonito que podía derretir un polo pero también incendiar un edificio.
Le dio un besito al aire que no llegó ni al metaverso.
—Al final sí has venido.
Nico sonrió con educación, esa sonrisa de por favor que alguien me saque de aquí, y apretó un poco la mano de Tina.
El gesto que a ella le encantaba.
El gesto que, en ese momento, necesitaba como el aire.
—Sí, he venido —respondió él—. Y no solo.
Miró a Tina como si acabara de llevarse el premio gordo de la noche.
La rubia giró la cabeza hacia ella.
Escáner completo.
Del pelo a los zapatos.
A la velocidad de la luz y con la misma calidez que un congelador.
—Ay… ¡Qué tierno eres, Nico! —entonó con voz de anuncio de perfume caro—. ¿Tu hermanita?
BOOM.
Ahí lo dejó. Con esa sonrisita que solo usan las chicas que saben perfectamente que están soltando veneno… y disfrutan.
El corazón de Tina cayó al suelo, rebotó, y siguió bajando hasta el subsuelo, donde probablemente se encontró con la dignidad de más de una persona que ha vivido esto.
Julia puso cara de te juro que me la zampo.
Inés abrió los ojos como si estuviera viendo la final de un reality.
La rubia seguía sonriendo, encantada con su comentario, como si acabara de inventar el humor moderno.
Tina sintió cómo se le encogía todo por dentro.
Y no solo por el comentario en sí, sino porque… claro.
Ahí estaba. El recordatorio perfecto. La prueba irrefutable.
Esto. Exactamente esto, era lo que había estado pensando desde que cruzó la puerta.
Desde que vio a las compañeras de Nico: todas altas, impecables, peinadas como si tuviesen estilista personal, con vestidos que gritaban “soy adulta, sofisticada y probablemente tengo una tarjeta de crédito platino”.
Ella, en cambio, se sentía… Una cría. Una turista perdida en una fiesta donde todo el mundo tenía manual de instrucciones menos ella.
Y ahora la rubia venía a ponerlo en voz alta.
¿Su hermanita?
Genial. Perfecto. Maravilloso.
La frase que faltaba para darle la estocada final a su autoestima, que ya venía de capa caída desde que entraron.¡Gracias, universo! Muy amable.
El corazón, que antes golpeaba emocionado por la mano de Nico, ahora latía como un tambor desafinado.
Obvio que me ve como una niña, pensó.
Intentó respirar.
Disimular.
Apretar la mano de Nico para no salir corriendo.
Pero incluso ese gesto, que antes la hacía sentir segura, ahora le recordaba otra cosa:
Que él pertenecía a un sitio… Y ella no.
Que Nico se movía con naturalidad entre ese tipo de gente… Y ella no.
Que tal vez, solo tal vez… Ella era la excepción temporal. La anécdota bonita. Una nota al margen en un capítulo que no le correspondía.
La rubia seguía plantada allí, como un mueble caro que nadie había pedido pero que ocupaba medio salón.
Nico frunció el ceño, claramente a punto de decir algo… pero ella —la rubia infernal, Barbie edición “passive-aggressive”— todavía no había terminado.
—Por cierto, Nico, ¿te quedas al final? —preguntó con voz cantarína, de esas que te provocan urticaria inmediata—. Porque quería comentarte algo que pasó en el bufete esta semana.
Se volvió hacia Tina con una sonrisa que podría freír un croissant.
—Aunque claro… si tienes que llevar pronto a la peque a dormir…
Julia puso cara de “me la zampo sin masticar”.
Inés, que ya tenía años de experiencia desactivando dramas, le agarró la muñeca como quien sujeta a un gato enfadado para que no se lance.
Tina tragó saliva.
No quería drama, no quería montar una escena.
No quería parecer celosa ni cría ni… lo que acababa de insinuar la rubia.
Solo quería que Nico dijera algo.
Cualquier cosa.
Algo como:
“No es mi hermanita.”
“Es mi pareja.”
“No hables así.”
“Para.”
Algo.
Lo que fuera.
Pero él no dijo nada.
Ni una palabra.
Y el silencio empezó a rugirle en los oídos.
La rubia, viendo que nadie la frenaba, dio un pasito más y le tocó el brazo a Nico con una familiaridad que hizo que a Tina se le apretara el pecho.
—Anda, ven, que te lo enseño rápido. Si tu hermanita no se duerme de pie antes, claro —añadió riéndose, como si acabara de contar el chiste del año.
Y entonces pasó lo que hizo que todo se tensara hasta casi romperse:
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Editado: 17.11.2025