No eras parte del plan

Capítulo 37 - Elegí no huir

Tina lo sintió antes de verlo.

Ese vacío extraño en el pecho, como si el aire se hubiera quedado atrapado en algún sitio donde no llegaba del todo. Habían pasado casi veinte minutos desde que Nico desapareció entre la gente con la rubia y dos compañeros más. Veinte minutos que se le hicieron eternos.

Julia estuvo indignada desde el segundo uno.

—De verdad, ¿quién narices se cree esa tía? —espetó con los brazos cruzados—. Mira que insinuar que eres su hermanita… Patética.

Inés, más calmada, intentó poner paz, pero tampoco pudo negar lo evidente.

—Ha sido muy inapropiado. Y entiendo que te haya molestado, Tina. Pero no te lo tomes como algo personal… esa chica parece de las que hablan sin filtro.

Tina escuchaba, sí, pero solo a medias.
Porque en realidad no estaba enfadada. Ni dolida. Ni siquiera celosa.

Lo que sentía era otra cosa. Algo mucho más silencioso.

Como si de pronto hubiese tomado conciencia de que estaba en un lugar diseñado para gente más mayor que ella, más segura, más hecha. Que esa noche quizá era una ventana a la vida de Nico… pero una en la que ella no terminaba de encajar. Y no era culpa de él.
Era… la diferencia de etapas, aquello que su madre llevaba tiempo repitiendo.

Y admitirlo la encogía por dentro.

Justo cuando pensaba que tal vez debía marcharse antes de complicarse más la noche, Nico apareció entre la multitud.

Venía riendo con dos compañeros, moviéndose entre ellos como si aquel ambiente fuese su casa. Ellos hablaban del bufete, de algo que había pasado en tribunales, palabras que a Tina le llegaron distorsionadas, como si la fiesta entera estuviese sumergida bajo agua.

Cuando Nico se detuvo frente a ella seguía siendo él… pero ella ya no lo era del todo.

—Fauschina —dijo, aún sonriendo, hasta que vio su expresión. La sonrisa se derrumbó en un instante—. ¿Estás bien? Perdón por tardar, es que… bueno, querían enseñarme una chorrada.

Ella bajó la mirada, sintiendo que si lo miraba demasiado fijamente iba a notar cómo se le hacían grietas por dentro.

Se sentía pequeña. Como si hubiera entrado en un escenario en el que no sabía cuál era su papel.

—Creo que me voy —murmuró.

Nico parpadeó. Confundido. Sorprendido.
Como si esas cuatro palabras no entrasen en su cabeza.

—¿Qué? ¿Irte ahora?

Tina se encogió un poco de hombros, sin levantar del todo la mirada.

—Sí… estoy cansada. Y creo que es mejor que me vaya ya.

Julia, que llevaba veinte minutos en “modo bulldog”, se adelantó inmediatamente.

—Eso. Nos vamos las tres —declaró como si fuese una decisión de Estado—. Mañana madrugamos para volver y… sinceramente, esta fiesta ya dio todo lo que tenía que dar.

Inés asintió, intentando suavizarlo para que no sonara tan agresivo:

—Sí, Nico… ha sido un día largo. Estamos todas un poco agotadas.

Pero Tina sabía que lo decían por ella.
Y Nico también lo sabía.

Él dio un paso más, quedándose lo bastante cerca como para que solo ella le escuchara con claridad.

—Tina… —su voz era baja, casi tímida—. ¿Estás segura? No quiero que te vayas así, con esta cara. Si ha pasado algo… dímelo.

Ella negó con un movimiento suave.

—No ha pasado nada. Solo… estoy fuera de sitio aquí. Y no quiero estropear la noche de nadie.

—Ey —Nico frunció el ceño, dolido de verdad—. Tú no estropeas nada. ¿Vale? Si algo se ha torcido, ha sido cosa mía o de los demás… no tuya.

Julia resopló, anteponiéndose otra vez.

—Pues la rubia esa ha tenido mucha culpa, te lo digo yo. Menuda energías trae…

—Julia, por favor… —murmuró Inés.

Pero Nico escuchó igual. Y aunque no puso mala cara, se notó que entendía más de lo que decía.

—Lo siento si eso te ha hecho sentir incómoda —dijo él, mirando a Tina—. Me fui con ellos sin darme cuenta del tiempo. No debí hacerlo.

Tina tragó saliva.

No quería que aquello se convirtiera en una conversación sobre culpas.
Porque no iba de culpas.

Iba de ella.
De cómo se había sentido tan pequeña en un ambiente tan grande.

—De verdad, Nico… estoy bien. Solo necesito… irme un rato. Eso es todo.

Él respiró hondo, como si intentara tomar aire para decir algo difícil.

—Quédate conmigo esta noche.

Las palabras cayeron entre ambos como un golpe suave, inesperado.

Tina levantó la vista por primera vez en minutos.

—¿Qué?

Nico se pasó una mano por la nuca, nervioso.

—Conmigo. En mi piso. No quiero terminar la noche así, contigo triste o pensando cosas que no son. Te llevo mañana temprano a la estación, lo que quieras. Pero… no quiero despedirme aquí. Con este ambiente. Con esta sensación.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.