No eras parte del plan

Capítulo 38 - Te miro... siempre

El portal olía a detergente barato y madrugada. Tina entró primero, todavía con el pulso un poco acelerado. Nico cerró la puerta detrás de ellos y el silencio del edificio cayó de golpe, como si todo el ruido del bar se hubiera quedado del otro lado.

Subieron en ascensor sin hablar, aunque no hacía falta: la electricidad entre los dos era tan obvia que casi se podía ver en el aire. Ella llevaba los brazos cruzados; él no dejaba de mirarla de reojo, como si temiera que, en cualquier segundo, pudiera cambiar de idea y volver a huir.

Cuando llegaron al cuarto piso, Nico abrió la puerta de su piso y se hizo a un lado para dejarla pasar. Tina entró con cautela con el corazón golpeándole contra las costillas.

—Puedes dejar el abrigo donde quieras —murmuró él, intentando sonar normal, aunque no lo consiguió del todo.

Tina lo colgó en el perchero. Se dio la vuelta. Nico estaba plantado en el pasillo, con las manos en los bolsillos, como si necesitara sujetarse para no hacer una tontería.

—Fauschina… —empezó.

Ella levantó la mano—. Déjame adivinar. ¿Quieres explicarme lo de la rubia?

—Sí —respondió, avanzando un paso—. Y lo de esta noche. Y lo de todas las noches que me he quedado callado como un idiota porque no sabía cómo decirte lo que siento.

Tina tragó saliva. Le tembló un instante la barbilla, pero se mantuvo firme.

—Nico…

—No —la interrumpió con suavidad, pero sin dejar dudas—. Esta vez, déjame hablar a mí.

Ella asintió.

Él inspiró hondo, como quien abre una puerta que llevaba meses atrancada.

—Estoy enamorado de ti. Desde hace mucho más tiempo del que debería admitir. Y no… —alzó las manos— no es un “me gustas”, no es un “me atraes”. Es otra cosa. Es despertarme y pensar en ti. Es que estés en mi cabeza cuando pasa algo bueno… y cuando pasa algo malo. Es que cada vez que te veo, se me descoloca el mundo.

Tina sintió que algo se le aflojaba en el pecho. Una mezcla de miedo, incredulidad… y ganas. Muchas ganas.

—La chica de la fiesta no significa nada —continuó Nico—. Ni ella ni ninguna. Nada ni nadie me va a hacer cambiar de opinión sobre ti. Y si tú necesitas que te lo demuestre, dime cómo. Dime qué hace falta. —Se acercó otro paso, despacio, sin presionarla—. Porque estoy dispuesto. A lo que sea. A esforzarme. A esperar. A arreglar lo que rompí. A explicar lo que haga falta las veces que haga falta.

Su voz se volvió más baja, más sincera.

—Porque te quiero. Desde hace tanto que me cuesta recordar cómo era mi vida antes de que aparecieras tú.

Ella parpadeó, aturdida, como si todo eso fuera demasiado en tan poco tiempo.
Tina respiró hondo. Miró sus ojos, que brillaban entre cansancio y nervios. Y entonces lo dijo. Sin huir, sin esconderse.

—Nico… yo también estoy enamorada de ti. Mucho. Más de lo que debería. —Su voz tembló un poco—. Pero esta noche… cuando te vi en tu ambiente, con tu gente, tu trabajo, tus cosas… me di cuenta de una cosa. De que yo sigo en el instituto. De que soy una cría comparado contigo. De que mi vida está a años luz de la tuya.

Él frunció el ceño al escucharla, con una mezcla de incredulidad y dolor.

Él se acercó dos pasos, los justos para que Tina pudiera sentir el cambio en su respiración.

—Lo que has dicho antes… —empezó Nico, mirándola fijamente—. Que te sentiste pequeña. Fuera de sitio. Lejos de mi vida. Quería que lo habláramos aquí. Tranquilos. Sin ruido.

Tina bajó la mirada un instante.

—Es que era así. Todos parecían… mayores. Más seguros. Como si yo fuese la invitada equivocada.

—Tú eras lo único que tenía sentido allí —dijo él sin dudar.

Ella levantó la cabeza, sorprendida.

Nico continuó, con una calma que solo se le veía cuando algo le importaba demasiado:

—Llevo mucho tiempo queriéndote. Mucho antes de atreverme a admitirlo. Y no es un capricho, ni una fase, ni porque seas diferente. Es que contigo todo… —buscó las palabras— encaja.

Tina soltó un suspiro que llevaba horas atorado.

—Pero yo sigo siendo menor de edad —admitió, sincera, dolida por su propia verdad—. Y sigo viviendo a kilómetros de aquí. Y tú tienes una vida que avanza, que crece. Y yo aún estoy empezando la mía. No quiero frenarte. No quiero que un día te arrepientas.

Nico dio los dos pasos que faltaban.

Estaban frente a frente. Muy cerca. A centímetros.

—Si fuera a arrepentirme, ya habría pasado —susurró—. Pero cada día que pasa estoy más seguro. Y si tú necesitas pruebas… o tiempo… o certezas… dime qué quieres que haga. Lo que sea.

Ella tragó saliva. Su pecho subía y bajaba de forma irregular.

—¿Por qué… yo? —preguntó, bajito, casi como un secreto.

Él sonrió. No de burla. Sino con esa sonrisa que uno solo usa cuando mira algo que quiere cuidar.

—Porque cuando me miras siento que algo en mí se calma. Porque eres valiente sin darte cuenta. Porque dices lo que piensas. Porque haces que me sienta… feliz. De verdad.
—Le rozó un mechón del pelo—. Y porque me da igual que vivas lejos, o que seas más joven, o que tu vida esté empezando. Me da igual. Lo único que quiero es estar donde estés tú.

Ella cerró los ojos un segundo, intentando recuperar el control de su respiración. No podía. No quería.

Cuando los abrió, Nico seguía allí. A centímetros. Esperando una señal que no se atrevía a exigir.

Tina alzó una mano y la apoyó—apenas, como si aún le diese un poco de miedo—sobre el pecho de Nico. Él se quedó inmóvil, como si ese gesto hubiese sido suficiente para apagar cualquier duda.

—Yo no quiero que hagas nada —murmuró ella—. Solo… quiero que estés. Que seas tú. Y que me mires como me estás mirando ahora.

Nico soltó una risa bajita, aliviada, como si hubiera estado conteniendo la respiración desde la puerta del bar.

—Así te miro siempre —confesó—.

Ella sintió algo cálido subirle por la garganta. No lágrimas—esta vez no—sino una especie de emoción dulce que no sabía dónde guardar.




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