No eras parte del plan

Capítulo 39 - Despedida

Tina despertó con la sensación de que algo suave le rozaba el hombro. Tardó un segundo en recordar dónde estaba, otro en recordar con quién, y un tercero en asumir que la calidez que sentía en la espalda no era la manta, sino el cuerpo de Nico pegado al suyo.

Abrió los ojos despacio. La habitación estaba medio en penumbra, con una línea de luz colándose por la persiana. Nico dormía a su lado, boca abajo, con el pelo revuelto y una mano sobre la almohada que compartían. Tenía la expresión tranquila, casi infantil, y a Tina se le escapó una sonrisa que no supo frenar.

Se incorporó un poco, solo para verle mejor.
Y justo entonces él parpadeó, somnoliento.

—Buenos días —murmuró Nico, con esa voz ronca de recién despierto que le derritió las rodillas incluso estando tumbada.

—Buenos días —respondió Tina, intentando disimular lo que le removía por dentro.

Él se estiró, lento, y apoyó la frente en su hombro.

—¿Has dormido bien?

—Demasiado —contestó ella riéndose—. Me duele hasta la cara de lo a gusto que estaba.

Nico levantó la cabeza, la miró unos segundos y le dio un beso cortito en la mejilla.

—Me toca compensarte por todas las noches malas —dijo, como si fuese lo más obvio del mundo—. Dame diez minutos.

—¿Para qué?

Pero Nico ya se había levantado, se estaba poniendo una camiseta y le dedicó una media sonrisa antes de salir de la habitación:

—Para darte los buenos días como toca.

Tina se quedó ahí, sentada sobre las sábanas arrugadas, sintiendo cómo el corazón le hacía un nudo suave y absurdo en el centro del pecho.
El olor a café llegó antes que él.

Cuando apareció por la puerta, llevaba una bandeja con dos tazas, tostadas, mermelada y algo que parecía un intento de tortilla francesa medio deshecha.

—No te rías —advirtió, aunque ya estaba sonriendo—. Ha sido una batalla campal.

—Tiene muy buena pinta —mintió Tina con toda la dignidad posible.

—Ya, ya —dijo él dejando la bandeja sobre la cama—. Pero te prometo que el café sí lo sé hacer. Se me da mejor que besar, incluso.

—Eso lo dudo muchísimo —soltó ella antes de pensárselo, y Nico abrió los ojos como si acabasen de concederle un premio.

Desayunaron allí, los dos sentados en la cama, entre risas, migas y miradas que hablaban más que cualquier conversación larga.

Cuando Tina terminó de vestirse para salir, Nico la observó desde la puerta, apoyado en el marco, con esa sonrisa que parecía imposible de borrar.

—Te acompaño a la estación —anunció, sin dejar espacio a réplica.

—No hace falta…

—Fauschina —levantó una ceja—. Voy.

Y fue.

Bajaron las escaleras del edificio de la mano, como si fuese lo más natural del mundo, aunque a Tina todavía le temblara un poco la piel cada vez que él entrelazaba sus dedos con los suyos. En la calle hacía fresco, pero Nico llevaba la mano libre en el bolsillo y la otra bien firme sujetándola a ella, como si temiera que pudiera escapársele en cualquier semáforo.

Caminaron despacio, riéndose de tonterías, dándose besos cortos cada vez que se quedaban parados en un paso de cebra. Besos pequeños, de esos que te arreglan la mañana sin necesidad de hacer ruido.

Cuando llegaron a la estación, Inés y Julia ya estaban allí, con las mochilas, charlando sin parar. En cuanto vieron a Tina, la saludaron con entusiasmo… y luego miraron a Nico con una mezcla de curiosidad y aprobación silenciosa.

Cuando ya estaban en el andén, con el murmullo del tren acercándose, Nico se quedó mirándola como si quisiera memorizarla antes de que subiera. Le cogió las manos, entrelazando los dedos con una delicadeza que a Tina le aflojó las rodillas.

—Antes de que te vayas… —murmuró, con una media sonrisa que le tocó el alma— gracias por haber venido. De verdad. No sabes lo que ha significado para mí.

Ella iba a contestar, pero él continuó, bajando un poco la voz:

—La sorpresa ha sido… increíble. Y dormir contigo abrazada a mí… —soltó una risa suave, medio tímida—. Creo que hacía años que no dormía tan bien.

Tina sintió un tirón cálido en el pecho, como si algo se acomodara dentro. Nico la acercó despacio, con ese gesto suyo que parecía pedir permiso sin decir nada.

—Gracias a ti —susurró ella.

Él le rozó la mejilla con el pulgar, inclinó la cabeza y la besó. Un beso dulce, lento, de esos que dejan ganas de quedarse un rato más aunque el mundo siga en marcha.

Nico soltó la mano de Tina solo para colocarle la bufanda, como si el gesto le perteneciera desde siempre.

—Llámame cuando lleguéis —pidió, bajito.

—Vale —respondió ella, sintiendo cómo el estómago le hacía un nudo cálido.

Él rozó su mejilla con el pulgar.

—Y prometo ir cuanto antes. Te lo juro.

Tina le agarró suavemente la camiseta para acercarlo y darle un último beso. Corto, suave, pero con esa certeza que te deja sin aire.

Inés carraspeó teatralmente.

—Tina, como no subas ya, nos vemos regresando a casa en taxi.

Ella se separó de Nico a regañadientes.

—Voy, voy.

Él le sostuvo la mirada hasta que subió al tren.

Y cuando las puertas se cerraron, Tina supo que esta vez no dejaba a Nico atrás.

El tren arrancó con un traqueteo suave y, en cuanto Tina se sentó, Inés y Julia se dejaron caer a sus lados como dos halcones que olían sangre.

—Buenos días, princesa del drama romántico —saludó Inés, cruzándose de brazos—. ¿Vas a contarlo tú o lo contamos nosotras?

Tina la miró, intentando poner cara de “no sé de qué habláis”, pero Julia ya estaba inclinándose hacia ella, ojos brillantes, sonrisa enorme.

—Habéis venido de la mano —empezó Julia, contando con los dedos—, él no paraba de mirarte como si fueses un postre, has llegado con la bufanda puesta por él y encima os habéis dado dos besos que… —chasqueó la lengua— vamos, que parecía el final de una serie.

—No eran para tanto —protestó Tina, aunque sintió cómo se le calentaban las mejillas.




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