El invierno había pasado casi sin que Tina se diera cuenta. No porque fuese fácil —el frío siempre la hacía sentir un poco más pequeña, un poco más hacia dentro—, sino porque esta vez había tenido la sensación de que los días no se le caían encima, sino que se deslizaban.
Entre clases, exámenes, cafés apresurados antes del recreo y tardes enteras en casa de Inés o de Julia estudiando —o fingiendo estudiar, que era la mayoría del tiempo—, los meses se habían encajado unos con otros con una suavidad inesperada. Como si, por fin, la vida hubiera dejado de empujarla y hubiese empezado a acompañarla.
Ahora estaba en su último año de instituto y, por primera vez en mucho tiempo, se sentía en equilibrio. No perfecto. No sin dudas. Pero sí en un lugar donde respirar era más fácil. Más suyo.
Y Nico tenía mucho que ver con eso.
Desde aquel viaje a Madrid, desde aquella mañana en la que él la acompañó a la estación con las manos entrelazadas y el corazón aún acelerado, Nico había sido… constante. No de una forma ruidosa o exagerada, sino con esa constancia que casi no se nota hasta que la tenés metida en la piel.
Sin grandes discursos, sin exigir nada, sin promesas enormes que luego se rompen a la mínima. Solo estando. Estando de verdad.
Le mandaba mensajes cuando sabía que tenía un examen importante, preguntándole si estaba nerviosa o si quería que le hiciera una videollamada de cinco minutos “para espantar pensamientos feos”. A veces la llamaba antes de dormir, aunque fuesen dos minutos, aunque estuviese muerto de sueño, solo para decirle: “Buenas noches, mi niña. Descansa.”
Y había aprendido a leerle los silencios: sabía cuándo Tina necesitaba hablar y cuándo necesitaba simplemente que alguien la escuchara respirar al otro lado, sin prisa.
Con él, Tina había dejado de sentir que tenía que ganarse el cariño del resto. Con él podía ser ella incluso cuando las inseguridades volvían a aparecer, esas que entraban sin llamar, que le recordaban cosas viejas y mentiras nuevas.
Nico no intentaba borrárselas. No hacía magia. Solo se quedaba. Le cogía la mano. Le decía, bajito: “No pasa nada. No tienes que demostrarme nada.”
Y ella… ella se encontraba siendo valiente sin darse cuenta.
Mandándole audios largos, contándole cosas que nunca había contado en voz alta, dejando que le viera las partes que siempre escondía.
Con él, ser vulnerable no daba miedo.
Con él, crecer no era un salto al vacío, sino un paso adelante.
A veces, Tina caminaba de vuelta del instituto con el móvil en la mano, viendo su nombre iluminado en la pantalla, y sentía una especie de calor tranquilo en el pecho. Como si tener a Nico en su vida no fuera un terremoto, sino una manta.
No que la tapara entera. No que arreglara todo.
Pero sí que hacía que el frío doliera un poco menos.
Y en los días tontos, en los de dudas, en los de nudos en la garganta, él siempre encontraba una forma —una frase, una llamada fugaz, una foto absurda de algo que había visto— de recordarle que no estaba sola.
Que no tenía que ser perfecta para que alguien se quedara.
Que a veces, simplemente, bastaba con ser.
El 18 de Tina llegó casi sin anunciarse.
Ella siempre decía que no le importaban los cumpleaños, que prefería algo tranquilo, un plan con sus amigas, quizá una pizza en casa de Julia y una peli mala para reírse. Pero, a medida que se acercaba la fecha, algo dentro de ella se removía.
Cumplir 18.
Ser “adulta”.
Qué palabra más grande.
Aquel sábado por la tarde salió de casa pensando que se reunirían en la de Inés para estudiar un poco y luego pedir unas empanadas o cualquier cosa que encontraran por ahí. Nada especial. Nada raro.
Un día más.
Pero en cuanto abrió la puerta del salón de Inés, todo estalló.
—¡¡Sorpresa!! —gritaron Julia, Inés y medio curso, lanzando confeti biodegradable (que claramente habían comprado esa misma mañana y del que después nadie iba a hacerse cargo).
Tina se quedó quieta un segundo, como si su cerebro necesitase procesar lo que estaba viendo: globos, luces de colores, una playlist con sus canciones favoritas y una tarta enorme que no tenía ni idea de quién había hecho, pero que olía espectacular.
—¿Qué…? —atinó a decir, aunque la sonrisa se le escapó sola.
—Feliz cumpleaños, reina del drama —dijo Julia, abrazándola fuerte—. ¿De verdad pensabas que te íbamos a dejar pasar los 18 así sin más?
Inés apareció detrás con una corona de plástico ridícula.
—Póntela —ordenó—. No se negocia.
Tina se rindió entre risas.
La música empezó a sonar más alto, algunos bailaban, otros intentaban atar globos a cualquier cosa que se moviese y alguien ya había abierto una botella sin permiso. Era el caos perfecto.
El tipo de caos que hacía que Tina se sintiera parte de algo.
Y entonces, cuando ya estaba convencida de que la sorpresa no podía ir a más…
la puerta volvió a abrirse.
Tina ni siquiera miró al principio. Pensó que sería algún compañero más o la madre de Inés con más vasos. Pero Julia, justo a su lado, soltó un gritito tan agudo que medio salón giró la cabeza.
—No —susurró Tina, sin aire—. No puede ser.
Pero sí.
Era él.
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Editado: 17.11.2025