El sol de agosto caía con la misma intensidad que el verano anterior, pero Tina tenía la sensación de que ella ya no era la misma chica que llegó a la casa de la tía Vera un año antes.
No, para nada.
El olor a sal fue lo primero que sintió al bajarse del coche.
El sonido del mar, ahí al fondo, rompiendo despacio contra la orilla, fue lo segundo.
Y lo tercero, lo que realmente le apretó el pecho, fue la certeza de que volvía al lugar donde todo había empezado a cambiar sin que ella se diera cuenta.
La casa de la tía Vera seguía tal cual la recordaba: persianas azules, paredes encaladas, la buganvilla enorme trepando por la fachada como si quisiera devorársela, y ese rumor constante del mar colándose por todas las rendijas. Un lugar que parecía suspendido en el tiempo… pero que, a la vez, había sido capaz de transformar el suyo.
Cruzó el pequeño camino de arena que llevaba al porche, limpiándose las manos nerviosamente en los shorts, sin saber muy bien por qué estaba tan acelerada. Es solo él, se repetía. Solo Nico. Pero claro… no era “solo” Nico.
Y entonces lo vio.
Nico estaba allí, apoyado en la barandilla del porche, con una camiseta blanca que resaltaba su piel bronceada y el pelo un poco más largo que el año pasado, cayéndole sobre la frente de una forma injustamente guapa. La sonrisa le salió sola, como si hubiese estado ensayándola durante todo el curso.
—Hola, Faschina —dijo él, sin moverse, como si temiera que si pestañeaba demasiado fuerte ella desapareciera.
Tina soltó una risa suave, nerviosa, y apretó el paso.
—No puedo creer que haya pasado un año —murmuró cuando llegó a él.
—Yo tampoco —respondió Nico, con esa sinceridad que se le escapaba sin querer—. A ver… sí lo puedo creer, pero se me ha hecho eterno igualmente.
Ella rodó los ojos, aunque la sonrisa que le tembló en la boca la dejó totalmente vendida.
Nico la rodeó con los brazos, primero despacio, como si comprobara que seguían encajando, y después más fuerte, con esa mezcla de necesidad y calma que solo él sabía tener. Tina apoyó la frente en su clavícula y cerró los ojos.
Ese olor a él… jabón, sal, verano… hogar.
Un año juntos.
Un año de trenes cogidos a último momento, de videollamadas a deshoras, de discusiones absurdas, de inseguridades que volvían, de risas que lo arreglaban todo, de celos tontos, de reconciliaciones demasiado intensas, y de un cariño que creció incluso cuando estaban a cientos de kilómetros.
Contra todo pronóstico.
Contra todos los que decían que no duraría.
Contra los miedos de ambos.
—Has crecido —murmuró él, casi sorprendido.
—Un año da para mucho —contestó ella, levantando la vista.
—Ya… para mucho —repitió Nico, mirándola de una forma que hizo que a Tina le ardieran las mejillas.
Porque esa mirada decía cosas. Muchas. Cosas que no siempre se atrevían a poner en palabras.
Cosas que no necesitaban explicarse.
No era la misma Tina que llegó aquí asustada, pensando que gustarle a alguien era igual a perderse a sí misma. Ni el mismo Nico que tenía miedo de no ser lo suficiente.
Ahora entre ellos había caricias que ya no necesitaban traducción, silencios que decían más que cualquier frase, confianza hecha de noches largas y de mañanas todavía mejores.
Intimidad. De la bonita. De la que crece sin prisa, con cuidado, con verdad.
Se quedaron así un rato, escuchando el ruido del mar como si fuera la banda sonora de ese reencuentro.
—¿Y la tía Vera? —preguntó por fin Tina, aunque en realidad no quería moverse.
—En la cocina, preparando merienda como si fuéramos quince —rió Nico—. Creo que te ha echado casi tanto de menos como yo.
Ella le dio un codazo suave y entraron juntos en la casa, donde todo olía a verano, a familia y a ese lugar que, sin pretenderlo, se había convertido en la raíz de su historia.
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Los días siguientes fueron exactamente lo que necesitaban. Una mezcla perfecta de sol, sal y algo que, si Tina se lo permitía nombrar, se parecía demasiado a la felicidad.
Tardes enteras en la playa, tumbados en la misma toalla, hablando de tonterías o de cosas importantes.
Paseos al atardecer, con los pies descalzos y el viento jugando con el pelo de ella.
Besos detrás de la vieja caseta de pesca, donde nadie podía verlos.
Miradas largas mientras el mar se oscurecía y los dos sabían exactamente qué querían decirse sin necesidad de pronunciarlo.
Entre ellos había más piel conocida, más roce automático, más manos que se encontraban sin buscarse.
Había intimidad, sí.
De esa que se construye con tiempo, cariño y un millón de pequeños detalles que nadie más ve.
De esa que hace que quedarse abrazados un rato más por la mañana tenga sentido.
De esa que ya no les daba miedo.
Un año les había cambiado.
A los dos.
Y aun así, seguían ahí.
Elegidos.
Elegidos otra vez.
Elegidos incluso en los días torpes, incluso en los meses complicados.
Contra todo pronóstico.
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La última noche de verano, antes de volver a la ciudad, Tina salió al porche.
La luna iluminaba el mar con una calma casi irreal.
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Editado: 17.11.2025