Me levanto de la cama, disponiéndome a tenderla y, de paso, sacar mi uniforme diario del colegio.
Mientras lo hago, sonrío ante el último apodo de mi hermano y ese dulce gesto hacia mí, tan característico de él.
Es todo un caballero, como siempre, aunque sabe que no necesita llamarme petite, ese apodo se ha vuelto muy clásico entre él y yo.
Y es que, pese a que yo sea la mayor de los tres por dos minutos y medio, soy la más bajita, midiendo un metro sesenta y uno.
No es que me queje, supongo que la estatura la heredé de la familia de mi abuela materna.
Los Gaviria son medio bajitos por genética, y de los 3, Ernesto es el más alto, midiendo un metro sesenta y cinco, y le sigue Adriana, que mide un metro sesenta y dos.
De todos modos, y aunque creciésemos más en el futuro, sé que para él yo siempre seguiré siendo su pequeña.
Ruedo los ojos, pero sonrío, enternecida ante este último pensamiento.
Tras tender mi cama y sacar mi uniforme —que consiste en una camisa de mangas cortas con cuello tipo sport color blanca, con el escudo de la institución educativa Luis Carlos López —uno de los mejores colegios públicos de la ciudad y que, además, es donde, actualmente, curso mis estudios—.
El escudo de la institución, el cual está grabado en el pecho, específicamente del lado izquierdo, casi a la altura del corazón, es un bordado de tacto agradable.
Está pintado de azul y blanco, y en relieve hay dibujados un libro y una estrella, que simbolizan el conocimiento y el triunfo.
Y, por supuesto, también el nombre, Institución educativa Luis Carlos López, está escrito en el centro.
Tras estas observaciones, termino de sacar mi uniforme.
La falda —que llega hasta la rodilla—, es de lino, tiene un short por debajo para mi comodidad, y está pintada a cuadros, con rayas blancas y azules.
Hecho esto, dejo todo encima de la cama, y tomo mi toalla para dirigirme al baño.
—Genial, por estar jugando olvidé planchar el uniforme...
No importa. No está tan arrugado, o machucado, como diríamos en este hermoso país, y puedo remediarlo planchándolo un poco cuando llegue del colegio.
Antes de ir a bañarme, saco mis zapatos y las medias blancas.
Menos mal que los zapatos están limpios y, al parecer, por el aroma, recién lavados; no quiero sufrir de pecueca en el colegio, suficiente tengo con los pies apestosos de Ernesto.
Es un chico brillante y todo lo que quieran, pero no se preocupa del olor que estos emiten a veces.
Y como juega tanto fútbol, peor...
—Ojalá, así como existe el desodorante para las axilas, existiese un desodorante de pies.
Sería bastante práctico.
Por último, pongo mi móvil a cargar, pues tanto jugar toda la noche dejó mi batería al treinta por ciento.
Sí, sobreviviría media mañana, pero prefiero no arriesgarme, uno nunca sabe.
Lo bueno es que carga rápido.
No es el iPhone más moderno, pero a mí me gusta y tiene todo lo que necesito.
Además, tiene un año más que mi hermana Beatriz.
Ojalá algún día salga el quince.
El seis está bien, pero un iPhone quince sería genial de ver, algo me dice que existirá en el futuro.
Ya sé, solo es un número, pero por alguna razón, yo adoro el número quince, quizás sea debido a la expectativa de saber que los quince años se celebran con una fiesta monumental, y a mí me encanta organizar celebraciones desde chiquita con Adri, Gia y mamá.
Por fin entro al baño, entornando la puerta detrás de mí, y mientras muevo la puerta corrediza de la tina y la preparo para bañarme y así tratar de espantar el sueño que ya quiere hacer su aparición después de tantas horas desvelada ante mi móvil, oigo a mis hermanos alistándose.
No puedo evitarlo.
Nuestras habitaciones están una al lado de la otra y aquí uno se puede comunicar a través de las paredes, literalmente.
—¡Ernesto! ¿Dónde está mi rizador? —Oigo a mi hermana, que está en la habitación de al lado.
—En... ¿dónde siempre está? —responde él, y desde aquí se escucha el agua corriendo, proveniente de su baño.
—Lo dicho: las paredes tienen oídos.
¿Será?
Bueno, no tan así, pero el hecho es que aquí yo no sé con qué clase de material las hicieron, que hasta las conversaciones en las habitaciones se filtran hacia la mía.
Parece que fueran hechas con cartón o algo así.
No lo sé. Papá dice que tiene que ver con la pintura, o algo por el estilo.
De todos modos, tengo que admitir que la mayoría de las veces es bastante entretenido chismosear, especialmente cuando surgen discusiones tan absurdas como la que ahora tienen mis hermanos.
Una vez compruebo que la tina está llena del todo y a una temperatura agradable, finalmente me desvisto y entro lentamente, sentándome en el interior.
Mientras me sumerjo en el agua tibia, escucho la conversación entre Adri y Erne:
—¡Siempre dices lo mismo! Estoy segura de que tú lo tomaste sin mi permiso.
—¿Y para qué o por qué se supone que iba a tomar tu rizador, mademoiselle Orage? —inquiere Ernesto, y puedo imaginármelo frunciendo el ceño.
—Pues... porque... —Adri parece quedarse sin qué decir por un momento; parece, porque enseguida añade—: si hubiera sido Marie, ya me habría dado cuenta.
—¡Oye! ¿Qué tengo que ver yo en este pastel? —me río, observando distraídamente las suaves olas que generan mis rizos al moverse por encima del agua—. Caro, deja de quejarte tanto. Te prestaré el mío, si es tanta la urgencia.
—De todos modos, ya tienes rizos. ¿Para qué quieres rizarlos todavía más? ¡Tu cabello va a parecer una escoba viviente! Diría mamá, vas a matar a escobazos.
No puedo evitarlo.
Al oír el comentario de mi hermano, me río a carcajadas, tanto que termino sumergiendo la cabeza en el agua, y tragando burbujas por la nariz.
—¡Escoba tu abuelo! —exclama mi hermana, entre irritada y divertida, pero Ernesto ni se inmuta, estando muy ocupado riéndose a costa suya—. Y señorita rizos perfectos —añade, dirigiéndose a mí—, no te preocupes. No hará falta que me lo prestes, ya lo encontré. Estaba en el mueble De mi baño… Gracias, chérie, de todos modos.
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Editado: 17.08.2026