Abandonando la visión de las flores, el amor, la vida… y todas esas cuestiones que hace apenas unos instantes me mantenían ocupados los pensamientos, desvío mi mente hacia otra cosa, intentando distraerme con los sonidos que provienen de abajo.
Puedo oír las conversaciones suaves entre mi papá y mi abuelo, a mi abuela consintiendo a Blayke, a Tere y Beti riéndose de algo, y a Gia hablando con mamá en la cocina mientras la licuadora está en funcionamiento, preparando algo delicioso para acompañar el desayuno —seguramente batido de Banano, milo, o chocolate frío—, que para el calor viene bien.
Aunque no hace tanto calor, un chocolate frío siempre es bienvenido; también lo amo caliente, especialmente los domingos, pues ese día lo prepara mi abuelo, y el suyo siempre sabe a descanso, a amor familiar, y un poco a travesura.
Teniendo la agradable imagen de mi abuelo preparando su chocolate en mi mente, y preciso en el momento en el cual voy llegando medio distraída a la escalera, casi choco de frente con Ernesto, pero freno en seco, logrando evitar el impacto y, por consiguiente, la posterior consecuencia de que alguno terminase rodando escaleras abajo en una caída muy dolorosa.
Lo observo, mientras él frena también, y levanto una ceja con diversión.
Viene saliendo de su habitación en medias, con un zapato en la mano y con la otra tratando de arreglar su cabello, el cual, como el de Gia, parece no querer cooperar esta mañana, aunque el suyo sí tiene razón de ser, por ser rizado como el mío.
—Qué, ¿hoy es el día de los cabellos que se rebelan contra uno?
Pues… así parece.
Sacudo la cabeza levemente, en parte para reajustar mis rizos que por el casi choque se habían mecido, y, por tanto, desajustado por el aire que generamos al evitar la colisión, pero también para asentirle a mi conciencia parlanchina.
—No me atropelles, hermanita —Erne se burla, mirándome con seriedad fingida—. Me esquivaste por apenas unos centímetros. Un paso más, y te hubieras estrellado contra mi pecho. Lo cual, habría derivado en que me dejases sin aire, o me hubieras mandado a patinar hacia abajo.
—No seas exagerado —me río, deteniéndome a su lado en la cima de las escaleras por un momento para observarlo a él, pero también al objeto que lleva en la mano—. ¿Por qué no te pusiste el zapato? ¿Y dónde está el otro?
—Iba abajo precisamente a pedirle el favor a papá o mamá para ver si podían buscármelo, es que no lo encuentro. Y no me puse este —me lo muestra con una sonrisa traviesa—, porque me sentiría, y vería, raro caminando así. O sea, con un zapato puesto y el otro pie descalzo. ¡Parecería un muñeco chueco! ¿Te lo imaginas?
Me río ante su comentario, y vuelvo a la cabeza, esta vez rodando los ojos.
—Un muñeco chueco con tu forma sería bastante... peculiar —le digo, imaginándomelo a él caminando de forma cómica, aunque algo torpe, con un pie calzado y el otro en media, tratando de no perder el equilibrio.
Tengo que admitir que se ve bastante gracioso en mi cabeza, ¡parece un bailarín descoordinado!
—Sí, sería bastante cómico —él sonríe, intentando domar su cabello, pero el muy obstinado se niega a dejarse peinar con las manos hoy.
—¿Quieres que te ayude? —ofrezco, colocándome detrás de él sin esperar una respuesta de parte suya, y empiezo a tratar de acomodarle el pelo, el cual todavía está ligeramente húmedo por el baño matutino.
—gracias, hermanita, aunque no sé ni para qué me preguntas, si ya tú conoces la respuesta que acabaré dándote —él me sonríe con calidez—. Precisamente iba a pedirte que me ayudaras a arreglarlo, pero me daba pena contigo.
—¿Pena con tu hermana? ¡Pero qué poca fe me tienes! —Exclamo, fingiendo estar ofendida.
Me detengo brevemente en mi labor para apreciar el cabello de mi hermano.
Le llega hasta los hombros.
Tiene una caída elegante, muy adecuada para su edad (y, aunque Caro a veces lo molesta diciéndole que se ve ridículo con ese corte, yo le digo que no le preste atención).
Es castaño miel, un color cálido y dulce que lo hace ver muy intelectual —no sé por qué, eso digo yo—; sus rizos son ensortijados, es un cabello con una textura muy agradable que oscila entre lo rizado, pero tirando a crespo u ondulado.
El mío, en cambio, es un poco más esponjado, pero tiene casi la misma suavidad, especialmente cuando me aplico la crema de peinar —ya sea al lavarlo, o cuando les doy un repaso por la mañana—.
—¡Oh, vamos! No te hagas la enojada conmigo —él rueda los ojos, mientras yo continúo enrollando sus rizos castaños para que tomen forma, aunque con cierta distracción, todo por estar observando la caída que las figuras que van tomando las puntas tienen por su nuca—. No es que te tenga poca fe, Ali. Es solo que a veces… Bueno, me da vergüenza pedirte ayuda con mi cabello, es todo. Se supone que ya a mi edad debería poder hacer mis rizos yo solo, pero no me salen bien.
—Sí, lo sé, Erne. Pero nada de pena conmigo. Esto no tiene que ver con la edad, sino con la práctica que tengas definiéndolos. Yo sé que cabellos como el tuyo, o el mío, tienden a ser muy rebeldes, y no se dejan peinar con tanta facilidad —le explico, rodeando las puntas de sus rizos con mis dedos y girándolos lentamente sobre sí mismos, ya casi para acabar de arreglárselos—. Son cabellos muy difíciles, y se les debe tener paciencia.
—Supongo que sí —él asiente, de acuerdo con mis palabras—. Gracias, Ali. Menos mal y me apliqué crema de peinar antes, hizo las cosas más fáciles.
—De nada, hermanito. Y sí, la crema lo hizo todo más sencillo, tan solo necesitabas definirlos un poco.
—Gracias, mi estilista favorita —él se da la vuelta hacia mí, al ver que ya he terminado, y me da un abrazo rápido—. Es sorprendente la agilidad que tienes tú para aconductarlos sin que se me desarmen. Te quiero, pequeña.
—No es nada del otro mundo, para hacerlos bien solo se necesita algo de práctica y constancia. Y… También te quiero, genio —asiento en su dirección, acariciando sus rizos, tierna y suavemente, y le correspondo el abrazo, con una sonrisa dulce y feliz adornando mis labios—. Ahora… Vamos abajo, tengo muchísima hambre, y creo que mamá podrá encontrar el otro…
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Editado: 17.08.2026