No eres real

8. ¿Dios tiene sentido del humor?

—Gracias, señor, por estos alimentos.

Mi abuelo agradece, luego de haber leído la reflexión que tiene la cita bíblica, y vuelve a poner el cartoncito en su sitio, junto a los demás.

No sé quién hizo estos círculos tan perfectos que tienen, pero siempre me ha encantado la colección de cartones llenos de citas bíblicas, versículos, mensajes grabados, incluso salmos, que tiene mi abuelo.

Desde que tenemos uso de razón, siempre que comemos en familia nos lee uno, —el que salga, el que Dios escoja, dice, porque es el Padre Celestial quien elige cuál nos leerá cada día.

Es una tradición familiar, instituida por él, y la cual siempre realizamos sin falta —no importa si estamos en casa o fuera de ella, pero nunca se nos olvida—, a la hora del desayuno, el almuerzo y la cena, a veces hasta en la merienda, si estamos de vacaciones, o a la hora del café, que suele ser después del almuerzo.

—Bendice a quienes los hicieron —añade mi abuela, sacándome de mis pensamientos.

Ella luego mira a Gia, y seguidamente se gira hacia mi madre, quien aún sigue en la cocina.

—¡y a los niños como nosotros! —Exclama Beti con entusiasmo.

—Siempre tan alegre…

Y tan parlanchina e inteligente.

—También a los angelitos —dice Tere con suavidad, y una sonrisa dulce curva sus labios.

—¡Y también a las hadas! —Aporta LuLu, agitando los brazos—. Soñé con haditas anoche. ¡Conocí a Tinker Bell y sus amigas! Volamos por todo el reino de las hadas, e hicimos manualidades, compusimos canciones, tocamos música, pintamos con colores bonitos… ¡y hasta vi un arco iris bailarín! Era muy travieso, bailaba alrededor de las flores y no se dejaba atrapar. Había un río, lleno de agua cristalina, y pececitos de colores. ¡Hasta había delfines multicolores! Y ballenas gigantes, ¡pero amables! Y casas de cristal, hasta conocí el castillo de las hadas. ¡Era enorme! Las haditas tenían hasta mascotas, ¡muchos conejitos! Y plantas parlantes. ¡Incluso conocí a las hadas bebé! Son muy lindas, como Blayke, ¡y se ríen mucho! Por cada risa suya, una flor abría sus pétalos. ¡Fue todo muy bonito!

La emoción de mi hermanita contando su sueño es tan contagiosa que termino sonriendo de forma involuntaria, y es que es difícil no hacerlo cuando tienes hermanos tan imaginativos e inocentes.

—Muy bien, hadita LuLu —dice mamá desde la cocina, sonriendo—. Gracias por tu intervención, y por contarnos tu sueño. Dios te dio una visión muy bonita, estoy segura de que algún día podrás volar con las hadas. Juanlu, Ali… ¿alguno de los dos quiere añadir algo a la acción de gracias?

—Yo —digo, levantando una mano—. Te doy gracias, padre, Señor del cielo y de la tierra, por un nuevo día, y por permitirnos compartir este desayuno en familia.

—¡Y gracias por el cereal! —Añade JuanLu, risueño como siempre.

—Gracias, a los dos —dice mamá—. Bueno, continúo yo. Te doy gracias, Señor, por permitirme preparar estos alimentos para los míos. Bendice mis manos, y a nuestra familia siempre.

—Y a los que no tienen alimentos también, para que nunca les falte abundancia; no permitas que se pierda nuestra unión familiar —finaliza mi hermana mayor, bebiendo un poco de su avena.

—¡Amén! —Exclamamos todos al mismo tiempo.

—Bonita oración, familia —Gia sonríe, y muerde uno de los huevitos sancochados que tiene en su plato; luego, con naturalidad, pregunta—: Por cierto... Hoy faltaron dos en la oración matutina de esta mesa. O mejor dicho, tres. ¿Dónde están Adri, Erne y Juli?

—Siempre la líder…

Siempre pendiente de los demás, dirás.

—Es lo mismo, ¿no?

No, o bueno, sí. Da igual.

Mordiendo una tostada, y dejando que el sabor de la mantequilla de ajo y especias que mamá le pone se asiente en mi boca —amo las tostadas de ajo—, me tomo mi tiempo para responder a la pregunta de Gia, la cual queda suspendida en el aire, porque todos se han vuelto a concentrar en sus respectivos desayunos.

Luego de masticar con deleite, y tras tragar, al fin empiezo a hablar.

—¿Ellos? Están en…

Antes de que yo siquiera tenga la oportunidad de terminar de responderle a mi hermana, una carcajada me hace dirigir mi atención hacia las escaleras.

Miro hacia la dirección de donde proviene el ruido, y me encuentro con Ernesto, muerto de la risa.

—Bueno, creo que ahí te acaba de responder Erne, hermanita.

Gia, siguiendo mi mirada, y con los demás miembros de nuestra familia ocupados con sus desayunos —excepto mamá, quien sigue cocinando, probablemente tostando el pan de Erne porque sabe que bajará—, encoge los hombros, sacudiendo la cabeza con incredulidad, y no es para menos, la escena que se desarrolla en las escaleras es demasiado cómica.

Tanto es así, que yo dudo seriamente de que el más amargado no termine carcajeándose por lo ridículo que resulta todo este espectáculo, sacado de una película de comedia familiar..

Y es que allí está Ernesto, riéndose de sí mismo, y tratando por todos los medios de ponerse un zapato que, obviamente, no es de su talla…

AL contrario, es mucho más pequeño.

—Muchacho, eso no te va a caber en el pie —dice Luz desde arriba, tratando de mantenerse seria.

—¡pero combina con el otro! —Replica mi hermano, bajando los últimos escalones... Caminando con paso chueco.

—Combina, pero no cabe —le replica Luz, intentando no reírse—. Ese es uno del par que usabas cuando tenías diez años.

—¡Y me combina perfecto! Mira, ya lo arreglé —se ríe, empujando el pie hacia adelante dentro del zapato, pero este ni se inmuta.

Le queda el talón del pie por fuera.

—Ya te voy a buscar el otro, no te preocupes. Debe estar en algún lugar... estaba segurísima de que cuando lo lavé lo puse en su sitio debajo de tu cama.

—Si no lo encuentras, Luz, tranquila. ¡Ya este me cabe!

Acto seguido, Ernesto se acerca a la mesa, tambaleante y con el talón del pie derecho sobresaliéndole del zapato.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.