Finalmente termino de comer —muy a mi pesar, porque el desayuno estaba delicioso—, y justo cuando me estoy levantando para llevar mi plato a la cocina, escucho una discusión arriba.
—¡Luz, no me atosigues! ¡Ya salgo!
—Cariño, no te estoy atosigando. Solo te pido que te apresures, son casi las seis.
Mamá, quien está por fin desayunando al lado de mi padre, frunce el ceño, y suspira cansadamente.
—Carolina, ¿no te digo? Siempre es lo mismo contigo —se levanta, exasperada, y sube las escaleras—. Si me hubieras hecho caso cuando te pedí que te lavaras el cabello ayer, no estarías corriendo.
—¡Ayer estaba ocupada! —Se oye su respuesta, proveniente de arriba…
Evidentemente del baño.
—¿Haciendo qué?
—Hablando... con mis amigas —responde ella, y capto cierto nerviosismo en su tono de voz.
¿Por qué será?
—A lo mejor son solo suposiciones mías…
No lo creo.
—¿Estará ocultando algo?
Probablemente.
—Pues primero es tu aseo personal antes que las amigas, señorita —le replica mamá, llegando por fin arriba.
—¡No estaba tan sucio!
—¿Hablas en serio, hermana mía? ¡Tú misma dijiste que estaba hediondo y que tenías como medio kilo de arena de playa esta mañana que te lo estabas lavando!
—Sí, cómo no. Carolina, claro que debía estar sucio ayer. Te bañaste en el mar, y eso, quieras que no, te deja arena en el pelo, además de la sal marina.
—¡Repito que estaba ocupada, no me dio tiempo!
—¿Por qué será que tengo la sensación de que no estaba hablando con sus amigas, como dice?
Porque probablemente no esté diciendo la verdad. Y en vez de con sus amigas, haya estado hablando… con su novio secreto.
—Eres todo un caso, hija. Vamos, te ayudaré a alistarte…
—¡No necesito tu ayuda!
—Cariño, solo intento ayudarte para que no…
—¡He dicho que no quiero!
—Pues aunque no quieras, yo sí deseo ayudarte. ¿Cielo, te lavaste bien el rostro? Tienes… jabón en la nariz.
—Qué amargada es mi hermana en ocasiones…
Ni modo.
Suspiro, y me centro en ayudar a Gia a lavar los platos, tratando de ignorar la discusión que se ha formado arriba.
Siempre es lo mismo con mi hermana.
Se lava el pelo cuando le da la gana, y luego nos tiene a todos apurados, corriendo para llegar a tiempo.
No me malentiendan, la quiero, pero es muy descuidada en ese sentido.
Ni qué decir de la limpieza de su habitación…
La estancia parece más un tiradero que un lugar para descansar.
Hasta para que lave los platos mamá debe estar pendiente, porque si de Adri dependiera, los tendría acumulados en una pila gigante encima de su tocador.
Sin mencionar lo amargada que es, en especial con mamá…
Es la rebeldía de la adolescencia, supongo…
No lo sé.
—Pero, honestamente, si es así ahora, ¿cómo será de adulta?
Ni me la quiero imaginar.
Probablemente tendrá un genio insufrible, ¡pobres de nosotros si llega a perder la poca dulzura que tiene!
Porque sí, debajo de toda esa rebeldía, mi hermana tiene cierta dulzura, aunque ella misma se empeña en negarlo.
Salgo de mis pensamientos sobre Caro, y vuelvo a la realidad, enfocándome en lavar los platos.
Mi abuelo se une a mí y Gia en la cocina, tomando con picardía uno de mis rizos, y me lo pasa por el rostro, haciéndome reír.
Ese es su modo tierno de saludarme, no cambia ni aunque esté creciendo.
Siempre me dice buenos días así, sin hablar, solo con ese gesto travieso, tan característico de él, aunque ya me haya saludado durante el desayuno.
—Holi también para ti, papi abuelito —me río, y le doy un abrazo, a pesar de tener las manos mojadas.
—¿Ali! ¿Cómo estás tú? —me contesta con voz de niño, y Gia se ríe, rodando los ojos.
—Bien —le sonrío.
—Aunque... con sueño, no he dormido, quiero añadir, pero me obligo a quedarme callada, para no meter a mi hermano en problemas.
Sin embargo, él se da cuenta inmediatamente de mi agotamiento.
Claro que lo hace...
A él no hay manera de engañarlo.
Siempre percibe cuando algo no está del todo bien, especialmente conmigo.
Y no solo lo nota por mis ojeras.
¿Los abuelos son así de perceptivos todo el tiempo?
Porque el mío... Sí lo es.
Pero no dice nada; ni siquiera me llama la atención, como sí lo hizo mi padre.
Solo suspira, y me toma la mano, entregándome una taza de café recién hecho.
—Perfecto. Justo lo que necesito. Espero que me espante el sueño tan tremendo que tengo, sino no sé qué otra cosa puede ahuyentarlo...
Además de dormir, claro.
—Cosa que, en este momento, no está dentro de mis opciones a considerar, por obvias razones.
Yo tampoco digo nada.
Solo tomo la taza en silencio, agradeciéndole con la mirada y una sonrisa leve, y bebo aquel líquido amargo —como me gusta a mí—, y tibio, que siempre me sabe a hogar, no importa qué tipo de café sea.
—Bueno, cafeína, haz tu magia...
—¿Y para mí no hay saludo ni café, papi abuelito? —Pregunta Gia, colocando el último plato limpio en la platera, y se voltea para mirarnos, haciendo un puchero.
—Pero por supuesto que sí, mi pequeña Gianni —contesta él, sirviendo otra taza de café, más cargado que el mío, y se acerca a mi hermana, entregándosela mientras le besa la frente y trata en vano de sentarle el cabello con las manos—. Hoy tu cabello amaneció rebelde, ¿no mamita?
—Sí —se queja Gia, pasándose la mano libre por el pelo en un inútil intento de acomodarlo—. Pero ya Ali me dijo que me iba a ayudar de camino al colegio.
—Eso, si es que no tengo que ayudar a Adri con sus rizos primero —suspiro—, terminando de beber mi café, y disponiéndome a lavar la taza. Ya sabes que hacérselos tarda como tres horas casi, con la cabellera que tiene...
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Editado: 17.08.2026