Salimos del conjunto residencial, finalmente.
El auto circula por las concurridas calles de Cartagena, una ciudad colombiana, y caribeña, donde siempre hay sol, y cuya riqueza histórica y cultural, precedida por una belleza atrae, diaria, semanal, mensual, y anualmente, a miles de turistas, tanto nacionales como internacionales.
En esta mañana, sus carreteras están atestadas de miles de vehículos en movimiento, y que van, como nosotros, ya sea hacia las distintas escuelas de la ciudad, o a sus lugares de trabajo.
Observo a mamá conducir en silencio, a pesar del alboroto que hay atrás.
Beti, LuLu y Juanlu se han puesto a cantar a todo volumen las canciones que pone Gia, que son nada más ni nada menos que las de Canticuentos…
—¿Quién no ha escuchado las canciones de la famosa Marlore Anwandter?
Alguno que otro no, de seguro.
—Generación que no haya cantado sus discos hasta el cansancio, no tuvo infancia…
Bueno, al menos eso digo yo también, así que coincidimos en ello.
—Bajen la voz, por favor —suplica Adri, llevándose una mano a la frente, y su reclamo me saca de mis pensamientos.
Yo desvío la mirada de mi madre un momento para ver a mi hermana, y noto que su rostro está crispado de dolor.
Mis hermanos la observan también, y, cediendo, bajan las voces, aunque sin dejar de cantar.
—Qué raro… ¿desde cuándo Caro sufre de migrañas?
Yo que tú, no le daría muchas vueltas.
—Creo que son las hormonas…
Debe ser eso, porque no se me ocurre otra explicación mejor.
Vuelvo a observar a mi mamá conducir.
Es asombrosa la maestría que tiene, y además la paciencia, para esquivar a las motos, autos, y alguna que otra buseta que se le atraviesa en el camino.
Yo, siendo ella, no soportaría tanto despistado.
Gia está aprendiendo a manejar, y en dos años probablemente yo tenga la edad para hacerlo también.
Pero yo no quiero conducir, prefiero ser copiloto, porque no creo que tenga la paciencia suficiente para esquivar las motos, por ejemplo, y las bicicletas sin perder los nervios o terminar llorando.
Ya sé, suena ridículo y muy de niña pequeña, pero realmente no creo que pueda conducir sin perder la cabeza emocionalmente.
El que sabe conducir aquí, sabe conducir en cualquier parte del mundo, porque pareciera que fueran matándose.
Y ni qué decir de los trancones monumentales que se forman, ahí sí hay que tener más paciencia todavía si cabe…
Repentinamente, la camioneta se detiene.
Abro los ojos, porque estaba medio adormilada, —al final el café no me quitó el sueño de encima ni mucho menos la cara de desvelada—, y miro confundida a mi alrededor.
—Ah, genial. Un trancón… lo que nos faltaba —oigo a Caro quejarse antes de que pueda siquiera preguntar por qué nos detuvimos, y suspiro.
—Pareciera que fuese adivina, yo pensando en los trancones y aquí estamos en uno.
Agradece que, por lo menos, no somos los únicos atascados…
Tengo que darle la razón a la voz de mis pensamientos, porque precisamente hay una fila de carros gigantesca delante de nosotros.
Y no solo carros.
También hay motos, bicicletas, busetas y hasta un monopatín…
—¿desde cuándo la gente va a su lugar de trabajo o estudio en monopatín?
Ni idea.
—Bueno, se ha visto de todo en esta vida, supongo…
La suave vibración de mi teléfono me sobresalta levemente cuando apenas y había vuelto a cerrar los párpados, porque lo tenía apoyado sobre mi pecho.
Entreabro los ojos, extrañada al ver que es una notificación en el grupo por el cual nuestra profe, Virna, nos envía las comunicaciones, y en donde nos mantenemos todos informados sobre los proyectos escolares.
La cosa es que la profesora no suele escribir mucho, a menos que sea para dar alguna información importante o para cancelar una clase, lo cual es muy raro, porque la institución educativa Luis Carlos López es muy estricta a la hora de cumplir el calendario académico.
Excepto cuando hay paros nacionales, lluvias torrenciales, días cívicos, elecciones de alcalde o las presidenciales, el agua se va por allá, o cuando hay guerra entre pandillas…
—Sí, sí… de acuerdo, no es tan estricta, y eso tengo que reconocerlo.
Pero, aunque no sea así, amo mi colegio —estudio allí desde mis cuatro añitos—, y no lo cambiaría por ningún otro, ni siquiera uno privado.
Honestamente, yo no entiendo el afán de la gente a veces por estudiar en colegios privados.
Algunos de mis amigos me dicen que, a veces, quisieran estudiar en el Montessori, o en el colegio Biffi, que es una escuela dirigida por monjas.
Pero no entiendo para qué quisieran vivir esa experiencia, porque en lo que a mí respecta, pienso que la educación es la misma en ambos entornos.
La institución pública donde yo estudio, por ejemplo, tiene educación no solamente bilingüe, sino también trilingüe, —eso gracias a mi mamá, quien incluyó el francés en las materias, porque ella misma lo enseña—.
Y, además, los profesores de colegios privados son los mismos que vienen a impartir clases a nosotros que estudiamos en los públicos, ¡donde no tenemos que pagar ni un centavo!
La gente y sus contradicciones…
Dejando eso de lado, desbloqueo el iPhone, y lo levanto a la altura de mis ojos, desplazándome por WhatsApp hasta llegar al mensaje:
Chicos, buenos días.
Espero hayan tenido una muy feliz y relajada Semana Santa.
Les informo que llegaré un poco tarde, estoy en un trancón gigantesco desde hace como media hora a la entrada de Manga, y los carros no se mueven.
Y si lo hacen, lo hacen muy lento, el tráfico está terrible.
Si llegan antes, me avisan para irles poniendo algo para hacer, aunque dudo que hoy lleguemos temprano, toda la ciudad está congestionada por estas colas inmensas.
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Editado: 17.08.2026