Me gustan las mañanas.
Porque son reflejo de un nuevo día que Dios nos regala, y eso significa vivir experiencias, tener aprendizajes y, por supuesto, coleccionar anécdotas con mi familia.
Y esta ha sido una mañana de lo más…
¿Cómo decirlo?
Interesante, si incluyo en ella a una Adri malhumorada, a Erne tratando (inútilmente) de hacerla sentir mejor, junto con los niños, y a Beti, LuLu y Juanlu, los anteriormente mencionados, quienes ya se han cansado de bailar, cantar o jugar al veo veo, y ahora están brincando en los asientos por aburrimiento, pese a que mamá, Gia y yo les hemos dicho que dejen de hacerlo.
Ah, y también hay que agregar a la ecuación, como protagonistas del día, además de todo lo anterior, el sueño monumental que desde hace rato me quiere reclamar, valiéndose de hacerme cerrar los párpados cada dos minutos de forma involuntaria —y que ni siquiera la cafeína ha podido remover del todo—, las cero ganas que tengo de ir a clases —raro en mí, siendo como soy, amante del estudio—, y el hermoso trancón que nos tiene atascados en pleno centro de la ciudad desde hace como media hora —y que, de paso, ha paralizado el tráfico, y ello hace que nos movamos a la velocidad de un caracol, o más lento, si eso es posible—… Sí, definitivamente esta ha sido una mañana de lo más peculiar, pero aún así, tiene su belleza.
Vuelvo a releer el mensaje que nos ha enviado nuestra profesora Virna, quien es la que dirige nuestro grupo de noveno grado, y hago una mueca, acordándome del audio que acabo de grabar…
O bueno, eso lo hice hace como veinte minutos, en realidad.
—Definitivamente, no vuelvo a grabar mensajes de voz cuando mis hermanos estén peleando, mejor escribo…
Buena idea.
—Dios, qué vergüenza.
Vergüenza debería darles a ellos, en especial a Adri.
—Y a mí también, fui la que lo grabó…
Vamos, no es tan malo.
—Para mí, sí lo es. Sigo deseando que me trague la tierra…
Pues bórralo, si tanto te avergüenza.
—Sí, eso haré. Creo que aún puedo borrarlo antes de que lo reproduzcan mis compañeros…
Hazlo rápido, si no lo…
—Olvídalo… ya varios lo vieron, hasta la profe…
Ya valimos.
—Además, ¡me da pereza grabarlo de nuevo!
¿Pero no que no querías pasar vergüenza?
—Sería un alivio para mí.
¿Entonces?
—Sin embargo, tampoco quiero grabarlo de nuevo.
Qué contradictoria eres a veces, Alice…
—Ya ni modo, que se quede así.
Suspiro, dejando mi monólogo mental a un lado, y apoyo la cabeza en el respaldo de la silla, cerrando los ojos.
Menos mal y la profe Virna también está atascada en este trancón…
Y, al parecer, por lo que dicen otros profesores que han llamado a mamá, —los he oído por los altavoces de la camioneta, mi madre tiene su teléfono conectado a la misma vía bluetooth para utilizarlo en modo manos libres, y Gia también lo usa para poner música—, hay muchos en esa situación.
No lo digo en el sentido de que sea bueno, porque esto es desesperante.
Me refiero a que así, no tenemos que estar agonizando para llegar a tiempo.
Todos, excepto quizás Carolina, vamos relajados, e incluso he tenido tiempo de trenzarle el cabello a Gia —le quedó liso, sedoso y bien peinado, como a ella le gusta—.
Intenté, o más bien, Erne y yo tratamos de hacerle los rizos a Caro, pese a la sugerencia de mamá de no hacérselos como castigo, pero la muy desagradecida no quiso ni que le tocásemos el cabello.
Bueno, allá ella.
—De todos modos, mejor para mí.
pienso esto, porque al estar sin nada que hacer, tengo tiempo de disfrutar el viaje al colegio.
Y, si vamos a estar atascados en este trancón por solo Dios sabe cuánto tiempo, una siesta es más que bienvenida…
¡Totalmente! A roncar se ha dicho…
—¡Juan, bájate de la guantera!
—¿Por qué?
—Eso, si mis hermanos se calman por un momento…
Lo cual, dudo que suceda por ahora, querida.
—Porque si mamá acelera, puedes salir disparado hacia adelante, Y, Dios no lo quiera, te puedes lastimar —le explica Gia a mi hermano, estando sentada en el asiento del copiloto.
Todos los demás, vamos en los asientos traseros.
—Oh. Bien.
Juanlu, obediente, se baja de la guantera, donde antes estaba sentado, y se sienta de nuevo entre nosotros.
—Al menos, hay uno que obedece…
Sí, menos mal.
—¡Amo esa canción, Gia! Sube el volumen.
—¡A mí también me gusta! Ahí va la serpiente, de tierra caliente, que cuando se ríe, se le ven los dientes…
Bueno, tres obedientes, más bien, porque Beti y LuLu también se han sentado, después de haber brincado por varios minutos.
Perdón, cuatro, porque Tere sigue tranquilita leyendo su libro.
Es la que menos da problemas…
Siempre ha sido así.
—¡Ernesto, acomódate! Échate para allá, que voy incómoda.
—Adri, no te quejes. Yo estoy en mi sitio de siempre, tú vas incómoda, sí, pero porque así lo quisiste. Si hubieras puesto tu mochila allá atrás, como lo hemos hecho nosotros, no estarías incómoda.
No se puede decir lo mismo de Adri y Erne.
Aunque yo, en defensa de mi hermano, diré que es Caro quien lo provoca, porque él siempre intenta calmar a mi hermana cuando está de malas, pero cuando ella le hace perder la paciencia…
Surgen las discusiones, ya no en broma, pero sí por pequeñeces.
Que porque él trata de arreglarle el cabello a Caro —Como intentó hacerlo hace poco—, o porque ella le exige algo…
En fin, así quiero a mis hermanos, con todo y sus peleas por cosas absurdas.
—No te he pedido que me regañes como si fueses mi papá —reclama mi hermana, mirándolo con enfado—. He dicho que te acomodes.
Ernesto la mira en silencio.
Entreabre los labios, como queriendo responderle algo, pero, en su lugar, opta por apretar entre sus puños la camisa del uniforme —recién planchado, por cierto—, arrugándola, y se hace a un lado, cediéndole más espacio, pero al precio de quedar él oficialmente pegado a la puerta., más de lo que ya lo estaba hace media hora.
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Editado: 17.08.2026