—Gia, mamá, MaLi se está durmiendo.
—Sí, cariñito, tiene sueño. Déjala descansar, lo necesita.
—¡Y vaya que sí! La observé por el retrovisor ahorita que hablaba con Erne, y la pobre casi se caía del sueño —comenta mi hermana, bajando un poco el volumen de la música.
—Tan bella ella... siempre pendiente de uno.
Sí, es sencillamente noble.
—Técnicamente, no se podía caer porque iba sentada, pero sí, estaba más allá que acá —escucho a Erne responderle, seguido del sonido de sus dedos volando en el teclado táctil del iPad.
—¿dormirá mucho?
—No lo sé, mi pequeña LuLu.
—Que duerma lo que quiera, por andar quedándose despierta hasta tarde su cuerpo le pide compensación.
—No fue la única... —Erne murmura para sí mismo, y luego agrega, elevando el tono—. Más que eso, yo creo que la cansó este tráfico tan lentejo.
—Puede ser.
La respuesta de mi madre delata lo poco convencida que está de dicha teoría, pero Gia interviene.
—Déjenla que duerma. De todos modos, aún no llegamos, y dudo que lo hagamos dentro de la próxima media hora.
—A este paso que vamos, una tortuga se mueve más rápido —Erne responde sarcásticamente, y puedo oír su risa apagada, seguida de la de Gia y mamá, incluso mientras estoy cayendo lentamente en un sueño pesado, junto con las voces cantarinas de Juanlu, Beti y LuLu, quienes han vuelto a lo suyo.
Y en efecto, como dijo mi hermanita, me estoy quedando dormida.
Profundamente dormida.
Tan es así, que llega un punto en donde ya no escucho más las voces de mis hermanos ni tampoco la de mi mamá.
Solo oigo silencio, aunque aquella calma no dura mucho.
Empiezo a soñar, como era de esperar, porque mis sueños son así, mi mente recrea y juega con los acontecimientos más recientes.
Al parecer mi cerebro decidió jugar con la versión malgeniada de Caro.
La convirtió en una versión gigante de sí misma, y yo y mis hermanitos somos hormigas al lado suyo, incluso Gia, aunque en la realidad ella sea muchísimo más alta que todos nosotros, aquí no lo es.
Cierro los ojos por completo, y disfruto de mis sueños, fascinada de ver cómo se despliegan ante mí.
En un momento me veo —sí, puedo ver con los ojos cerrados en sueños, la imaginación no tiene límites—, a mí misma en casa —la de mis abuelos, no la que usamos para vacacionar—, con mis hermanos, siendo perseguida por Caro y su...
¿Qué es eso?
¿Su pelo?
Pero con forma de trapero...
—Bien, eso es raro.
Puedes culpar a Erne por mencionar lo del cabello de Caro con textura de trapero.
—Este cerebro mío...
Mi sueño se ha vuelto tan surrealista que me hace sentir como si estuviera en el cine viendo una película.
Pero, lejos de darme miedo, este tipo de cosas solo generan en mí una fascinación infinita, y deseos de analizar todo, si es que logro recordar este sueño cuando despierte.
Siempre me ha dado muchísima curiosidad el saber cómo funciona el cerebro cuando dormimos, cuándo o cómo surgen las pesadillas, por qué soñamos con personas, escenas ridículas como esta, u otras veces con recuerdos, y así sucesivamente.
El mundo onírico, como yo le llamo, es muy interesante, y la neurociencia ha hecho grandes avances en ese campo.
Cerebrito.
—¿Qué? Me mantengo actualizada, si más adelante quiero estudiar psicología, tengo que vivir comiendo conocimiento.
—Lice, te quiero tanto, mi nena...
—¿Como? ¿Lice? ¿Quién es Lice?
Tú, al parecer.
Sobresaltada ante la voz desconocida en mis oídos, abro los ojos, y lo primero con lo que me topo no son mis recuerdos reproduciéndose de forma alterada, como lo hacían hace un momento, ni la escena de todos en casa con Caro y su cabello de trapero limpiando el suelo.
En lugar de eso, me doy cuenta de que el paisaje a mi alrededor ha cambiado completamente.
Vuelvo a estar en la playa envuelta en niebla —aquel lugar con el que soñé el domingo en la madrugada—, pero con la diferencia de que, delante de mí, hay una cara completamente visible.
Y me está mirando.
El rostro es de un chico que no conozco, pero que, no obstante, su presencia se siente tan extrañamente...
¿Reconfortante?
¿Familiar?
Ni siquiera sé cómo describirlo...
Es dueño de una mirada verdosa, brillante, enigmática, y al mismo tiempo, posee en ella una tristeza leve, como si tuviese una melancolía oculta detrás.
Sus ojos, de un color verde intenso, se parecen a los que vi...
el domingo.
—¿Será este sueño la continuación del otro?
Sabrá Pacho.
A diferencia del sueño anterior, en donde solo oía su voz y alcancé a ver el destello verdoso de sus iris, en este ya no hay niebla que lo oculte.
Su apariencia física está por completo ante mí, como si yo estuviera observando una fotografía, pero en un sueño.
¿Muy raro, no?
—Sí, bastante.
Me lo quedo viendo, y él también a mí.
Parece acariciarme con la mirada, porque siento como si una corriente tibia recorriese todo mi cuerpo, invadiendo mi ser, y llenándome de un calor hasta ahora desconocido para mí.
Incluso, las mariposas en el estómago, la sensación de flotar, el calorcito en el corazón...
Todo vuelve...
También, percibo que mis mejillas se tiñen de rojo, presas de un leve sonrojo que siento me llega hasta las orejas, pero que ya me había ocurrido en el sueño anterior, junto con todo lo demás.
Mientras lo escaneo con mi mirada, observo que es bajito, probablemente más incluso que yo.
Tiene un cabello desordenado, liso, sedoso, de color castaño oscuro, casi tirando a negro, y una sonrisa tierna dirigida hacia mí.
Sus manos están con Las palmas hacia arriba, y puedo verle los dedos largos, bien definidos.
Son manos de pianista, imposible no reconocerlas.
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Editado: 17.08.2026