Mientras voy camino hacia la biblioteca escolar casi de forma automática —he realizado este mismo recorrido tantas veces a lo largo de todos estos años que podría hacerlo incluso si tuviera los ojos cerrados—, me sumerjo sin querer, pero al mismo tiempo queriendo, por costumbre, porque suelo hacerlo incluso de forma inconsciente, en el mundo de mis pensamientos.
Y, por tanto, eso significa tener que encontrarme a mí misma con diálogos mentales entre mi parte consciente, y mi yo sabia, esa vocecita interior que parece saberlo todo, aunque en ocasiones me exaspere.
—A ver, analicemos todo lo que ha pasado. He tenido un sueño raro...
Con un chico, y quien además te besó, dicho sea de paso.
—¡Buenos días, señorita Alice!
—Sí... eso. Y fue muy...
¿Romántico?
—Yo iba a decir, peculiar... pero sí, romántico, supongo que también es un buen término.
Es que eso es lo que fue, no lo niegues.
—No lo hago.
¿Y entonces por qué le dijiste a Erne que no existía ese Romeo Onírico?
—Es que no...
Le mentiste a tu hermano, Alice, y tanto que hablas de ser honesta y decir la verdad siempre.
Pero si no fue mentira. Es verdad lo que le dije a Erne, no tengo ningún Romeo Onírico. Tal cosa no existe para...
Sí, sí, ya sé cómo sigue este discursillo tuyo. Es el de siempre... Deja y lo termino por ti. Tal cosa no existe para ti.
—Sí, ¡exactamente!
Pues, cariñito mío, ¿qué quieres que te diga? Tu célebre frase se acaba de caer al piso.
—No es cierto, yo la sigo sosteniendo.
¿Alice, y si no existen los Romeos oníricos, qué acabas de soñar? El sueño, los sueños, o lo que sea que haya sido eso, no suelen ser tan románticos sin razón.
—Es por leer tanto romance, seguramente.
¿Pero solo hacer eso te puede generar sueños así de vívidos?
—Pues... ¿supongo que sí? No lo sé.
No seas tan ingenua, querida. Acepta lo innegable, ese tal Romeo onírico existe, lo quieras admitir o no.
—¿Y si no quiero hacerlo?
Ya es asunto tuyo, pero tarde o temprano, te tocará rendirte a la evidencia.
Suelto un suspiro exasperado, y encojo los hombros, sacudiendo la cabeza y luego rodando los ojos, con un fastidio creciente, y cada vez más evidente.
Mientras, como una completa autómata, giro en una esquina hacia la izquierda, habiendo dejado atrás la entrada, —y, por tanto, al portero de la escuela—.
A quién, por cierto, ni siquiera le di los buenos días...
Y seguramente él sí te los dio a ti, pero ni siquiera lo escuchaste.
—¡Qué vergüenza!
Bueno, en fin.
—¿En fin? ¿Eso es todo lo que se te ocurre decirme? Si no hubieses estado dándome la cantaleta del siglo, lo habría oído, y, además, hubiese podido saludarlo.
¿Me estás diciendo que esto es mi culpa?
—Sí, es culpa tuya. ¿De quién más?
Si te hace feliz... lo siento.
—Ya qué, me disculparé con el señor Augusto cuando salga de clases.
El asunto es que he pasado por la entrada, las oficinas de dirección, subdirección, la sala de profesores...
Y ahora estoy en el medio del inmenso patio, camino hacia las escaleras que conducen al segundo piso, donde están las aulas, y también la biblioteca.
E hice todo el trayecto sin apenas darme cuenta, por culpa de mi molesta voz interna que está dale que dale con ese bendito tema...
¡Pero si es verdad! Existe ese Romeo onírico, y no lo puedes negar.
Bueno... Quizás no esté equivocada del todo.
Sí tengo que admitir, ahora que vuelve el sueño a mi memoria, que fue bastante curioso. Me sentí tan cómoda con ese chico...
Parecía como si lo hubiese conocido toda mi vida, y, sin embargo, yo mientras soñaba era perfectamente consciente de que nunca lo había visto, al menos no en la realidad.
Ni siquiera sé su nombre, de modo que no tengo ni idea de quién pudo haber sido.
Y es extraño, porque pese a que no lo conozco, sus palabras, su forma de tratarme, su ternura...
Todo él, me hizo sentir tan, tan bien...
Estando con él, aunque fuese solo en un sueño loco, me sentí querida, y por qué no decirlo, amada, segura y protegida, y él parecía sentir lo mismo porque su mirada hacia mí hablaba más que las palabras que me dijo tan dulcemente al oído.
Además, esos iris con los cuales mi observaba, juro que nunca los olvidaré...
Eran verdes, intensos y profundos, y aunque también lucían medio tristes, tenían cierta ternura escondida, ternura que yo sí pude ver...
Además, cuando me besó, y pese a que estábamos en medio de una ventisca que amenazaba con arrojarnos lejos, el que me besara fue...
Medio raro, pero también sentí algo tan bonito...
Como esa sensación que se tiene al llegar a casa, pero con una persona.
—Y él... era tan lindo...
¡Ah, lo dice la que supuestamente no se va a enamorar!
—¡El decir que es lindo no significa automáticamente que me voy a enamorar!
Sí, sí. Lo que tú digas. Admítelo. Era agradable, y te atraía, aún sin conocerlo.
Eso es absurdo. ¿Cómo puede atraerme alguien que ni siquiera conozco?
—Tiene lógica, si me lo preguntas a mí.
—No, no tiene lógica alguna.
Sí que la tiene. Lo soñaste.
—¿Y...? Fue solo un sueño, como cuando veo una película y ya.
¿Y si te equivocas? Acuérdate de lo que dice Alexa. Cuando sueñas con alguien, es posible que se trate de una persona que será importante en tu vida más adelante...
—Buenos días, pequeña Alicita. ¿Cómo estás hoy?
—Tal vez, pero dudo que este sea el caso.
—¿Alice?
¿Y si por el contrario resulta siendo así?
—No creo que sea este el caso, en serio es poco...
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Editado: 17.08.2026