Tan concentrada estoy en mis pensamientos —y en pelear con mi voz interior, quien sigue insistiéndome en que estoy equivocada y que mis explicaciones neurocientíficas no sirven en este caso del sueño—, que casi me estrello contra la puerta...
—¿En qué momento llegué a la biblioteca?
Si no lo sabes tú, muchísimo menos yo.
—Pues cómo se supone que deba saberlo, ¿si por andar peleando contigo ni siquiera me fijaba hacia dónde ni en qué dirección iba, el tiempo se me escapó entre las manos y, además, venía caminando en automático?
¿Ah, entonces ahora es culpa mía?
—Bueno, sí. ¿De quién más si no?
Mira, Alice. Aquí no se trata de buscar culpables, corazón. Soy parte de ti, recuérdalo, y eso significa que somos una sola, así que no nos enfrasquemos en esta discusión sin sentido.
—Sí, tienes razón. Lo que importa es que ya estamos aquí, pero, ¿tan rápido?
Es que mija, cuando caminas en automático, los minutos ni se sienten.
—Ya sé. ¿Cuánto crees que habrá pasado? Perdí la noción del tiempo...
No obtengo respuesta a ello, por lo que vuelvo a lo que hay delante de mí.
Casi me voy de narices contra la puerta, y, de no ser por unos brazos fuertes que me abrazan, frenándome de golpe, habría terminado irremediablemente por ser coronada con un bonito chichón en la frente por estrellarme contra aquella dura superficie de madera.
—Wow, Mi Alicita bella, ¿en qué mundo andas hoy? Creo que tu intención era entrar por ahí, no tumbar la puerta —escucho una voz burlona, proveniente de quien me está abrazando.
Y lo sé con seguridad, porque pese a ir tan concentrada, distingo dos cosas.
Uno: por el rabillo del ojo he alcanzado a ver su alta silueta detrás de mí, con su cabello negro destacando por bandera de lo ridículamente desordenado que luce hoy, y dos: esa voz, sumado a su acento y su colonia, la cual emite una fragancia particular, como a agua marina...
Todo ello me resulta tan, tan familiar, y reconocería a esa persona donde fuera.
¿Y cómo no, si es el único, además de Miss Luna, claro, que te llama Alicita?
—¡Ah, ahora sí te dignas a responderme! ¿Por qué antes me dejaste con la pregunta suspendida en el aire?
Te respondo solo lo que sé, recuerda que yo soy tú, y tú eres yo.
—Buenos días también para ti, Santi —me río, decidiendo dejar a mi conciencia hablando sola, en venganza por la jugada que me hizo a mí antes, y en su lugar, me centro en saludar a mi amigo, correspondiéndole el abrazo—. Y gracias por el rescate, héroe del día.
—Hay, tú tan tierna como siempre —Él me mira, y sonríe, con sus ojos marrón oscuro brillando con cariño—. Buenos días, corazón bello. ¿A dónde ibas, y en qué mundo andabas, que estabas tan distraída?
—Justo voy a entrar a la biblioteca —Señalo la puerta, la cual tiene el colorido dibujo de un libro abierto en el centro—. Y respecto a tu otra pregunta, andaba en el mundo de mis pensamientos.
—Pues qué pensamientos tan profundos tienes —se burla, y yo entorno los ojos, divertida—. ¡Tan inmersa estabas en ellos, que casi te llevas la puerta por delante! —agrega, soltando una carcajada—. ¿Y qué vas a buscar a la biblioteca?
—Pregunta más bien, qué voy a devolver —le señalo el libro de informática que llevo en mis manos—. Esto, y el libro de democracia que usé para la tarea que nos dejaron.
—La... ¿tarea? ¿Qué tarea? —Inquiere, y palidece de pronto—. ¿De qué estás hablando?
—No me digas que no hiciste la tarea, Santiago...
—No me digas que no hiciste la tarea —manifiesto mi mismo pensamiento, pero en voz alta.
—Yo... eh... este... —él tartamudea, incluso se pone rojo, y agacha la cabeza.
Sí, definitivamente no hizo la tarea...
—Como cosa rara.
—¡Santi! —lo regaño, de forma afectuosa—. ¿Tuviste toda una semana, y ni siquiera hiciste la tarea sobre la constitución política? ¿Y la de filosofía? ¿O la de castellano? ¿Y la de artística? O inglés, ¿y la de sociales? ¿Qué hay de la de ética? O la de...
—Yo... ¿sabes qué, Ali? Acabo de recordar que tengo que ir a... ¡a clases! Sí, llegué tarde por el trancón y todo eso... ¡en fin, allá te veo!
Sin siquiera esperar una respuesta por parte mía, y más colorado que un tomate, él se aleja corriendo, soltándome por consiguiente del abrazo de forma repentina —no me había liberado durante toda nuestra breve charla—.
Niego con la cabeza, frunciendo el ceño levemente, aunque sonriendo con cariño.
¿Sí sabes que acaba de mentirte?
—Sí, lo sé perfectamente.
Y es que mi amigo, además de que no hizo las tareas, me acaba de engañar de una forma descarada, y creo que de lo nervioso que estaba, ni se dio cuenta de todo lo que dijo.
Empezando por el hecho de que Santiago vive cerca de aquí, y ni siquiera tuvo que sufrir con ese trancón, vino como siempre en su bicicleta.
Pero ni modo, así es él, y así lo quiero con locura.
Santi ha sido mi mejor amigo durante años, desde que tenía cuatro añitos y él cinco para ser exacta, y, aunque es muy caballeroso y atento, para nadie es un secreto que es un poco perezoso...
¿Solo un poco?
—Bueno, más bien, bastante.
Claro que sí, si la tía Shirly vive regañándolo cuando deja la lavada de platos del almuerzo y la cena para la noche.
—O cuando olvida accidentalmente, según él, dejar ordenado su cuarto...
Sí, aunque por lo demás, es bastante cerebrito, solo le hace falta más disciplina.
Se le dan más los deportes, la tecnología, la música y las ciencias básicas y avanzadas que todo lo demás, aunque aquello no viene de ahora en plena adolescencia.
En realidad, siempre ha sido así.
Santi desde pequeñito huye de las tareas, excepto quizás las de informática, química, biología, matemáticas, geometría y física, aunque háblale de filosofía, por ejemplo, y ahí sí es otra la historia.
#427 en Joven Adulto
#1482 en Novela contemporánea
chico misterioso y chica buena, visiones y premoniciones, amistad y comedia romántica
Editado: 17.08.2026