Tras la huida precipitada (y por qué no decirlo, algo cómica), de Santi, y de quedarme un instante a reflexionar sobre lo que significa su amistad y la de los demás para mí, vuelvo mi atención a mi objetivo inicial, la puerta de la biblioteca.
Ya tendré tiempo de reprender a mi amigo por mentirme y no hacer las tareas, las cuales, realmente eran más de leer y resumir que otra cosa.
Y sé que, al final, acabaré ayudándolo con las mismas...
Porque yo soy así, no lo niego.
Con eso en mente, me acerco a la puerta, por la cual vienen entrando otros estudiantes —probablemente de cursos inferiores—...
Sí, muchos son niños pequeños, definitivamente son los de primaria.
Vienen, seguramente, a devolver libros como yo.
—Creo que ellos también llegaron tarde...
Sí, es probable. El tráfico hoy estaba insoportable.
—Dímelo a mí. Me consta.
Entro detrás de ellos, aunque, por suerte para mí, no son muchos, y pronto se dispersan dentro de la estancia.
Tal parece que tienen mucha prisa, porque solo saludaron a la joven bibliotecaria con la mano, algo poco habitual.
Por lo general, todo el mundo siempre la saluda así sea con un hola, Señorita, buenos días.
No cuesta nada, y está en nuestra educación Luiscarlista, además de que va incluido en los valores Montessorianos que nos inculcan mis padres a mis hermanos y a mí.
Mejor dicho, eso está en cualquier institución educativa que se respete, y no importa si esta es pública o privada.
—Sí, especialmente en las tradicionales.
El punto es que no cuesta nada seguir esta regla:
Ser respetuosos con todos, y tener excelentes modales, además de una muy buena educación, tanto intelectual como moral.
—Tal parece que muchos la han olvidado esta mañana...
Qué vergüenza.
Suspiro levemente, negando para mí misma, y me acerco a donde está sentada la bibliotecaria, quien, por cierto, también es amiga mía.
—Buenos días, señorita Andrea —la saludo con una sonrisa, apoyando mi mochila sobre el escritorio un instante para poder sacar el libro de democracia—. ¿Cómo estás hoy?
La mujer deposita su taza de café —que estaba bebiendo hace un momento—, sobre una mesa lateral que tiene, y acomoda sus gafas de lectura de color rosa y de lentes ovalados sobre su nariz, dedicándome una sonrisa cálida mientras aparta un mechón rizado y castaño lejos de su frente.
—Buenos días, querida —estira su mano hasta estrechar la mía—. Yo estoy muy bien, gracias a Dios. Un poco cansada, pero bien. ¿Y tú?
—Oh. ¿Noche difícil? —inquiero, porque recuerdo que antes de semana santa ella había estado un poco engripada—. Yo bien, un poco atrasada por culpa de los trancones. El tráfico de la ciudad está terrible. Tengo que ir a clase, pero antes decidí pasar por aquí a devolverte unos libros que Erne y yo prestamos antes de las mini vacaciones —contesto, y coloco los dos ejemplares en frente suyo.
—Ah, tan puntual como siempre —asiente, contenta, y me recibe ambos materiales de lectura, verificándolos en el listado de la computadora—. Sí, el tráfico está horroroso. ¡Menos mal yo vivo aquí cerca! Pero sí vi la fila enorme que se armó en toda la entrada del barrio, era impresionante. La cola iba desde las primeras casas de Blas de Lezo hasta acá, más rápido llegaba uno a pie. Y respecto a mi cansancio... No, cariño, no. —Ella se ríe, y acaricia mi mano, observándome con una mirada amable—. Solamente me desvelé leyendo este ejemplar recomendadísimo —señala el libro que está al lado de su café, con una página levemente doblada; probablemente era la que estaba leyendo antes de que todos entráramos.
¡Mira, otra que toma café como tú! Al parecer, no fuiste la única que se desveló, Alice.
Ignoro mi voz interior, y, en su lugar, fijo mis ojos en el título:
Viaje al Centro de la Tierra, escrito por Julio Verne.
—Wow, suena interesante. Siempre he oído sobre Julio Verne, mi papi abuelito y mi padre lo mencionan mucho.
—Sí, es un muy buen escritor. Sus obras son de las que más se leen entre los niños y adolescentes, aún hoy en día. Puede que él escriba ficción, pero es altamente adictivo leerlo.
—Ya me lo imagino. Quisiera leer esta obra suya que tienes aquí en algún momento.
—Puedes llevarte una copia si quieres —la joven morena vuelve a sonreírme—. Búscala, está en el apartado de novela y ficción histórica.
—Lo haré. Gracias por la recomendación, siempre aciertas conmigo.
—Hay, no es nada, Mademoiselle Alice —Ella se ríe, con un brillo de ternura destellando en sus ojos chocolate, y me recibe el libro de informática de Erne y el de usé para investigar la constitución política—. Por cierto, dile a tu hermano que cuando pueda, se pase por aquí, y le hago otras recomendaciones. Estoy segura de que le encantaría leerse estos libros de informática avanzada que han llegado recientemente.
—Oh, yo no podría estar más de acuerdo con eso. Sé, y de sobra, mejor dicho... También creo que los amará. Se lo diré en clase, apuesto a que estará feliz de venir aquí durante el recreo.
—Aquí lo espero. Bueno muñeca divina, no te demoro más. Ve a clase —Andrea aprieta mi mano suavemente, y me da una última sonrisa antes de levantarse para colocar los libros recién devueltos en sus estanterías respectivas.
Es tan cariñosa, y muy agradable.
Tiene solo veintidós años, pero es literalmente una biblioteca viviente.
Está recién egresada de bibliotecología, y, sin embargo, parece como si llevase años trabajando aquí, se conoce la biblioteca escolar como la palma de su mano.
Incluso, diría que mucho, muchísimo más.
Con una sonrisa leve ante estas reflexiones mías, me dirijo a la sección que Andrea me ha indicado, y me quedo extasiada, mirando las distintas estanterías repletas de libros, libros y más libros, y claro, algunos más interesantes que otros.
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Editado: 17.08.2026