No extraño mi vida, Me extraño a mi.

Todos volvieron a su vida menos yo

Al principio hay gente.

Mucha gente.

Mensajes.

Llamadas.

Visitas.

Felicitaciones.

Preguntas.

Fotos.

Personas queriendo cargar al bebé.

Personas diciendo que se parece a alguien.

Personas dando consejos que nadie pidió.

Personas entrando y saliendo de tu casa mientras tú todavía estás intentando entender qué acaba de pasar con tu cuerpo, con tu cabeza y con tu vida.

Durante los primeros días parece que todo el mundo está pendiente.

Todo el mundo pregunta.

Todo el mundo quiere saber.

Todo el mundo está emocionado.

Y tú, en medio de ese ruido, todavía no alcanzas a comprender que tu vida acaba de cambiar para siempre.

Luego pasan los días.

Después las semanas.

Las visitas disminuyen.

Los mensajes empiezan a llegar menos.

La emoción de los demás se acomoda.

Y poco a poco cada persona vuelve a lo suyo.

A sus horarios.

A sus salidas.

A sus conversaciones.

A sus noches.

A sus fines de semana.

A su vida.

Y tú miras alrededor.

El bebé sigue ahí.

La rutina sigue ahí.

Los despertares siguen ahí.

Los pañales siguen ahí.

Las tomas siguen ahí.

Tu cuerpo sigue recuperándose.

Tu sueño sigue roto.

Tu cabeza sigue llena.

Y por primera vez aparece una sensación que no esperabas.

**Todos siguieron adelante.

Menos yo.**

No porque tú no estés avanzando.

Claro que avanzas.

Aprendes.

Resuelves.

Sobrevives.

Cada día sabes un poco más.

Pero a veces no se siente como avanzar.

Se siente como si el mundo continuara girando mientras tú estuvieras viviendo el mismo día una y otra vez.

Te levantas.

Atiendes al bebé.

Lo cambias.

Lo alimentas.

Lo cargas.

Intentas dormirlo.

Lo vuelves a cambiar.

Recoges algo.

Dejas otra cosa a medias.

Miras la hora.

¿Cómo puede ser tan tarde?

¿Cómo puede ser todavía tan temprano?

Los días se vuelven extraños.

A veces pasan volando.

A veces duran una eternidad.

Y hay algo todavía más raro.

Empiezas a perder la noción de qué día es.

Lunes.

Miércoles.

Domingo.

¿Qué diferencia hace cuando las noches y las mañanas empiezan a mezclarse?

Antes esperabas el fin de semana.

Después del bebé puedes descubrir que el sábado a las cuatro de la mañana se parece muchísimo al martes a las cuatro de la mañana.

El bebé no revisa el calendario.

Tú tampoco.

Y entonces ves a la gente haciendo cosas.

No necesariamente cosas extraordinarias.

Eso es lo que duele.

Cosas normales.

Una amiga que salió a comer.

Alguien que fue al cine.

Una pareja que decidió salir de casa sin tener que planificar durante cuarenta minutos.

Una persona que durmió hasta tarde.

Alguien que publicó una foto tomando café tranquilamente.

Y de repente sientes una punzada.

Pequeña.

Incómoda.

Difícil de admitir.

Envidia.

No quieres su vida.

No quieres cambiar a tu bebé por nada.

Solo quieres, por un momento, la facilidad de hacer algo sin tener que organizar un pequeño universo antes.

Quieres decir:

“Voy a salir.”

Y salir.

Nada más.

Sin revisar una pañalera.

Sin calcular horas.

Sin pensar en leche.

Sin llevar cambio de ropa.

Sin preguntarte si habrá un lugar donde cambiarlo.

Sin pensar cuánto tiempo podrás estar fuera.

Sin pensar si se pondrá inquieto.

Sin sentir que cada salida necesita un plan de contingencia.

Eso era todo.

La facilidad.

La libertad absurda de hacer algo sin pensar demasiado.

Nunca supe cuánto valía hasta que dejó de pertenecerme.

Hay algo cruel en empezar a valorar cosas que antes ni siquiera considerabas privilegios.

Comer con las dos manos.

Tomar una ducha larga.

Dormir boca abajo.

Escuchar una canción completa.

Ir al baño sin apuro.

Tener una conversación sin interrumpirla.

Ver una película y recordar el final.

Salir de casa con un bolso pequeño.

Estar en silencio.

Aburrirte.

Sí.

Hasta aburrirte.

Hubo momentos en los que extrañé aburrirme.

Porque cuando eres madre de un bebé pequeño, incluso cuando aparentemente no estás haciendo nada, estás pendiente.

Y estar pendiente también cansa.

Puedes estar sentada en un sofá.

Pero una parte de tu cerebro está escuchando.

Si se mueve.

Si respira diferente.

Si se despierta.

Si llora.

Si tiene hambre.

Si necesita algo.

Tu cuerpo puede estar quieto.

Tu mente casi nunca.

Y cuando todos vuelven a su vida, esa carga se vuelve más evidente.

Al principio alguien pregunta:

—¿Necesitas algo?

Pero después parece que ya deberías haberte acostumbrado.

Como si la maternidad viniera con un periodo de prueba de treinta días y luego tuvieras que dominarla.

Como si después de unas semanas ya debieras saber qué hacer.

Como si el cansancio tuviera fecha de vencimiento.

Como si dejaras de necesitar compañía porque ya aprendiste a cambiar un pañal.

No funciona así.

De hecho, a veces la soledad aparece después.

Cuando ya pasó la emoción.

Cuando el bebé dejó de ser “el recién nacido” que todos quieren visitar.

Cuando la casa vuelve a estar más silenciosa.

Cuando empiezas a darte cuenta de que ahora gran parte de tu día transcurre entre conversaciones que no tienen respuesta.

—¿Qué te pasa?

—¿Tienes sueño?

—¿Por qué no quieres dormir?

—Por favor, duerme.

—Mamá está aquí.

A veces dices “mamá está aquí” tantas veces que un día te preguntas:

¿Y quién está aquí para mamá?

Esa pregunta puede doler.




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