Hay una parte de la maternidad de la que casi nadie habla con sinceridad.
El sexo.
No el sexo bonito de las películas.
No el “ya pasaron varias semanas, todo volvió a la normalidad”.
No.
Hablo del sexo después de convertirte en madre.
De volver a mirar tu cuerpo y preguntarte si todavía te pertenece.
De estar acostada junto a tu pareja y sentir cariño, incluso deseo, pero también cansancio.
De querer cercanía y al mismo tiempo no querer que nadie te toque.
Eso también pasa.
Y pasa más de lo que muchas mujeres dicen.
Porque después de tener un bebé, el cuerpo deja de sentirse solamente tuyo.
Durante meses alguien lo necesitó para existir.
Después puede necesitarlo para alimentarse.
Para dormir.
Para calmarse.
Para sentirse seguro.
Tus brazos.
Tu pecho.
Tu olor.
Tu piel.
Tus manos.
Tu regazo.
Todo parece estar disponible para alguien más.
Y cuando llega la noche, cuando por fin el bebé duerme, puede ocurrir algo muy extraño.
Tu pareja se acerca.
Te acaricia.
Te besa.
Y tú sabes que lo amas.
Sabes que antes ese gesto te habría provocado otra cosa.
Pero ahora tu cuerpo responde con una sola palabra:
No.
No necesariamente porque no lo quieras.
No necesariamente porque el deseo haya desaparecido.
A veces simplemente estás saturada.
Saturada de contacto.
Saturada de que te necesiten.
Saturada de tener un cuerpo disponible para otros todo el día.
Y entonces alguien toca tu cintura y no sientes mariposas.
Sientes ganas de decir:
Por favor, no me toques cinco minutos.
Eso puede ser muy difícil de explicar.
Especialmente si antes tenían una vida íntima frecuente.
Porque ambos recuerdan cómo eran.
Recuerdan la espontaneidad.
Un beso que se convertía en otra cosa.
Una caricia.
Una noche sin horarios.
Una mañana sin interrupciones.
Después aparece el bebé y la intimidad empieza a necesitar logística.
¿Está dormido?
¿Cuánto tiempo lleva dormido?
¿Se despertará?
¿Escuchaste eso?
Creo que se movió.
No.
Sí.
Espera.
Voy a revisar.
No hay nada menos seductor que estar pensando si un bebé va a despertarse en los próximos siete minutos.
Pero esa es la realidad.
A veces apenas están empezando a acercarse y escuchan un ruido.
Los dos se congelan.
Silencio.
Otro ruido.
Se acabó.
Uno de los dos se levanta.
Y aquello que antes era espontáneo ahora parece necesitar cita previa.
Eso también puede doler.
Porque la pareja cambia.
No necesariamente porque el amor cambie.
Sino porque aparecen nuevas funciones.
Ahora no solo son pareja.
También son padres.
Y durante algunos meses el rol de padres puede ocupar casi toda la habitación.
Hablan del bebé.
¿Comió?
¿Cuándo durmió?
Hay que comprar pañales.
Mañana hay cita.
Creo que está incómodo.
¿Dónde dejaste el chupón?
Y un día puedes darte cuenta de que llevan horas hablando y no han hablado de ustedes.
De verdad.
De ustedes.
No como mamá y papá.
Como hombre y mujer.
Como pareja.
Eso se puede perder con una facilidad aterradora.
También cambia la forma en que una mujer se mira.
Porque el cuerpo puede ser distinto.
El abdomen.
El pecho.
La piel.
Las cicatrices.
Las estrías.
El peso.
La postura.
Incluso la forma de caminar puede sentirse diferente durante un tiempo.
Y no siempre existe ese momento mágico en el que una mujer se mira desnuda frente al espejo y dice:
“Este cuerpo creó vida. Lo amo.”
A veces te miras y no te gusta.
Punto.
Y también debería poder decirse.
Puedes agradecer todo lo que hizo tu cuerpo y aun así necesitar tiempo para acostumbrarte a él.
Puedes reconocer su fuerza y sentir inseguridad.
No tienes que convertir cada cambio físico en una lección espiritual.
A veces simplemente extrañas tus pantalones.
Y no pasa nada.
Hay días en los que te pruebas ropa y nada cae como antes.
Entonces te miras.
Te giras.
Te vuelves a mirar.
Y esa mujer del espejo puede parecerte conocida y extraña al mismo tiempo.
Esa sensación también entra en la cama contigo.
Porque quizá tu pareja te mira con deseo.
Pero tú no logras verte como él te ve.
Piensas en tu abdomen.
En una cicatriz.
En tus pechos.
En la luz encendida.
En esconderte.
En qué postura te favorece más.
Y mientras él está intentando acercarse, tú estás peleando con tu reflejo.
Eso mata muchas cosas antes de que empiecen.
Y después aparece otra presión.
“¿Ya retomaron?”
Como si la intimidad fuera una casilla que hay que marcar.
Nacimiento.
Recuperación.
Primera salida.
Sexo.
Listo.
Volvimos a la normalidad.
No.
No existe una fecha exacta en la que una mujer vuelve a sentirse igual.
Porque quizás nunca vuelve a sentirse igual.
Tal vez aprende a sentirse cómoda de otra manera.
Y eso toma tiempo.
En algunas mujeres el deseo vuelve rápido.
En otras tarda.
En algunas cambia.
En otras desaparece durante temporadas.
Todo eso puede estar atravesado por sueño, lactancia, cambios hormonales, dolor, inseguridad, estrés, recuperación física y una cabeza que simplemente no logra apagarse.
Porque incluso si el cuerpo está dispuesto, la mente puede seguir repasando pendientes.
¿Quedaron suficientes pañales?
Mañana hay que lavar.
¿A qué hora comió?
Tengo que levantarme temprano.
¿Ese sonido fue el bebé?
Y así es muy difícil entregarse al momento.
#1341 en Novela contemporánea
maternidad sin filtros, posparto y cambios emocionales, identidad después de ser mamá
Editado: 30.09.2026