No extraño mi vida, Me extraño a mi.

A veces extraño mi antigua vida y me da culpa admitirlo

Hay pensamientos que una madre aprende a callarse.

No porque sean mentira.

Sino porque sabe cómo suenan.

Uno de ellos es este:

A veces extraño mi vida de antes.

No extraño no tener a mi hijo.

No quiero volver atrás.

No cambiaría su existencia por recuperar mi libertad.

Pero extraño cosas.

Muchas.

Y durante mucho tiempo me dio vergüenza admitirlo.

Extraño salir sin calcular.

Extraño dormir sin estar alerta.

Extraño comer algo apenas tengo hambre.

Extraño sentarme sin que alguien me necesite en ese mismo segundo.

Extraño arreglarme sin apuro.

Extraño no tener que pensar en horarios.

Extraño acostarme y simplemente dormir.

Extraño escuchar silencio y disfrutarlo, no preocuparme porque está demasiado silencioso.

Extraño ser responsable únicamente de mí.

Eso último cuesta decirlo.

Porque suena egoísta.

Y a las madres nos enseñan muy rápido a tenerle miedo a esa palabra.

Egoísta.

Qué palabra tan útil para hacer que una mujer se sienta culpable por necesitar algo.

¿Quieres una tarde sola?

Egoísta.

¿Quieres dormir?

Egoísta.

¿No quieres recibir visitas?

Egoísta.

¿Quieres salir?

Egoísta.

¿Quieres comer tranquila?

Egoísta.

¿Quieres que alguien más se haga cargo?

Egoísta.

A veces parece que convertirse en madre significa firmar un contrato invisible en el que aceptas dejar de tener necesidades propias.

Y lo peor es que muchas terminamos creyéndolo.

Yo también.

Por eso me sentía culpable cuando imaginaba cosas simples.

Un hotel.

Una cama.

Una ducha larga.

Una puerta cerrada.

Nadie llamándome.

Nadie necesitándome.

Nada más.

Ni fiesta.

Ni viaje.

Ni grandes planes.

Dormir.

Eso soñaba.

Dormir hasta que mi cuerpo decidiera despertar.

Y después me sentía horrible.

Porque miraba a mi bebé.

Tan pequeño.

Tan dependiente.

Y pensaba:

¿Cómo puedo querer alejarme de alguien que amo tanto?

La respuesta tardé en entenderla.

Porque estaba cansada.

Porque amar no elimina el agotamiento.

Porque cuidar sin descanso desgasta incluso cuando lo haces con amor.

Porque necesitar una pausa no significa querer abandonar a nadie.

Pero al principio no lo sabía.

Solo sentía culpa.

Culpa por cansarme.

Culpa por aburrirme.

Culpa por mirar el reloj esperando que llegara alguien.

Culpa por alegrarme cuando el bebé finalmente se dormía.

Culpa por no querer jugar más.

Culpa por querer silencio.

Culpa por agarrar el teléfono mientras él estaba despierto.

Culpa por no aprovechar cada segundo.

“Disfrútalo porque crecen muy rápido.”

Otra vez esa frase.

A veces me preguntaba si quien la decía recordaba realmente cómo era tener un bebé pequeño.

Porque sí.

Crecen rápido.

Pero hay tardes que duran siglos.

Horas en las que el bebé no se duerme.

Días en los que estás tan cansada que miras el reloj y apenas han pasado veinte minutos.

No todo momento necesita ser disfrutado.

Algunos simplemente necesitan pasar.

Y eso no hace que ames menos.

Pero nadie publica eso.

Nadie sube una foto diciendo:

“Hoy estoy harta.”

Nadie presume:

“Hoy lloré porque no conseguía dormirlo.”

No vemos a la madre sentada en el piso del dormitorio después de intentarlo durante una hora.

No vemos a la que perdió la paciencia.

No vemos a la que levantó la voz y después se encerró a llorar porque se sintió la peor persona del mundo.

No vemos a la que llamó a alguien y dijo:

—Ven, por favor. No puedo más.

No vemos a la que mira a su bebé llorando y piensa:

Por favor, cállate.

Y después siente tanto horror por haberlo pensado que quiere castigarse por dentro.

Pero pasa.

Hay días en los que un bebé llora tanto que el sonido se te mete debajo de la piel.

Lo cargas.

Nada.

Lo meces.

Nada.

Le cantas.

Nada.

Lo cambias.

Nada.

Intentas alimentarlo.

Nada.

Caminas.

Nada.

Y llega un punto en el que ya no sabes qué hacer.

Tus brazos duelen.

Tu espalda duele.

Tu cabeza duele.

Tienes sueño.

Probablemente hambre.

Y él sigue llorando.

Entonces empiezas a sentir algo que no esperabas sentir frente a tu propio hijo.

Desesperación.

No odio.

No rechazo.

Desesperación.

Quieres solucionar algo que no sabes solucionar.

Y cuando llevas horas así, empiezas a romperte.

—Por favor, duerme.

Lo dices bajito.

Después más fuerte.

—Por favor.

Y puede llegar un momento en que tu voz ya no suena dulce.

Ahí aparece la culpa.

Inmediatamente.

Miras su cara.

Es un bebé.

No está haciéndote nada.

No llora para molestarte.

No entiende tu cansancio.

Y tú lo sabes.

Pero saberlo no consigue mágicamente que dejes de estar agotada.

Entonces respiras.

A veces lloras con él.

Dos personas llorando en una habitación.

Una porque no sabe hablar.

La otra porque ya no sabe qué decir.

Eso también es maternidad.

Una vez nadie está mirando, desaparece la madre paciente de los consejos de internet.

La madre de verdad también se frustra.

También aprieta los dientes.

También necesita dejar al bebé unos minutos en un lugar seguro y salir del cuarto para recuperar la calma.

Y eso no la convierte en un monstruo.

La convierte en una persona que llegó a su límite.

Deberíamos hablar más de los límites de las madres.

Porque pareciera que una buena madre no los tiene.

Puede seguir.

Siempre.

Puede con todo.




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