No extraño mi vida, Me extraño a mi.

Todos sabían qué hacer con mi bebé, menos yo

Hay una pregunta que puede perseguir a una madre durante los primeros meses:

¿Está comiendo suficiente?

No importa si amamantas.

No importa si usas fórmula.

No importa si haces ambas cosas.

La duda encuentra la forma de entrar.

Porque alimentar a un bebé parece algo básico hasta que te toca hacerlo.

Entonces aparecen los horarios.

Las tomas.

Los eructos.

Los mililitros.

El peso.

Los pañales mojados.

Las noches.

Las opiniones.

Y una preocupación silenciosa:

¿Lo estoy haciendo bien?

Al principio yo creía que amamantar era simplemente poner al bebé en el pecho.

Eso era todo.

Qué ingenuidad.

Nadie me explicó que podía doler.

Que podía costar.

Que el bebé podía no agarrarse bien.

Que yo podía sentir que no salía suficiente.

Que podía mirar mi pecho como si me estuviera traicionando.

Que podía terminar llorando mientras intentaba alimentar a alguien que también lloraba.

Dos desesperados.

Uno con hambre.

La otra sintiéndose culpable.

Y alrededor, consejos.

Muchos.

Demasiados.

—Tienes que tomar más líquidos.

—Toma esto.

—Come aquello.

—No comas eso porque le da gases.

—Tu leche está muy aguada.

—Ponlo más veces al pecho.

—Déjalo más tiempo.

—No lo dejes tanto.

—Dale fórmula.

—No le des fórmula.

—Si le das biberón ya no va a querer pecho.

—Ese bebé se queda con hambre.

Y tú ahí.

Con ojeras.

Dolor.

Miedo.

Y unas ganas enormes de gritar:

¿Pueden dejarme pensar?

Porque hay algo muy cruel que puede pasar con la lactancia.

Empiezas a medir tu capacidad como madre por lo que produce tu cuerpo.

Si sale leche, sientes alivio.

Si parece poca, te angustias.

Si el bebé llora después de comer, lo interpretas como una acusación.

“Mi leche no le alcanza.”

“Mi cuerpo no puede.”

“Estoy fallando.”

Y eso puede destruirte por dentro.

Sobre todo cuando alrededor repiten que “la leche materna es lo mejor” sin explicar que una madre también importa.

Claro que la lactancia puede ser preciosa.

Puede ser íntima.

Puede ser poderosa.

Puede crear una conexión enorme.

Pero también puede ser dolorosa, agotadora y frustrante.

Las dos cosas pueden existir.

No todo lo que es natural es automáticamente fácil.

Parir es natural.

Y nadie diría que es fácil.

Amamantar tampoco tiene por qué serlo.

Hay pezones adoloridos.

Grietas.

Congestión.

Noches en las que sientes que acabas de guardar el pecho y ya te lo están pidiendo otra vez.

Momentos en los que te preguntas si tu cuerpo todavía te pertenece.

Y aun así te dicen:

—Disfrútalo.

Otra vez esa palabra.

Disfrutar.

A veces sí.

A veces miras al bebé comiendo tranquilo y sientes una ternura que no cabe en el cuerpo.

Pero otras veces miras el reloj.

Quince minutos.

Veinte.

Treinta.

Tu espalda duele.

Tienes sed.

Necesitas ir al baño.

Y piensas:

Por favor, termina.

Después te sientes culpable por pensarlo.

Porque aparentemente una buena madre debería querer quedarse así para siempre.

No.

Una buena madre también puede necesitar levantarse.

También puede estar cansada.

También puede querer recuperar su cuerpo durante un rato.

Y después viene el sacaleches.

Si lo usas, aparece una nueva obsesión.

Las cantidades.

Miras el recipiente.

Treinta.

Cincuenta.

Ochenta.

Y esos números empiezan a tener demasiado poder sobre ti.

Una cantidad buena puede alegrarte.

Una cantidad pequeña puede arruinarte el día.

Como si esos mililitros estuvieran midiendo tu valor.

No lo están.

Pero cuando estás cansada y asustada es difícil recordarlo.

Puedes terminar comparándote con videos de otras madres mostrando bolsas llenas de leche.

Congeladores completos.

Extracciones enormes.

Y tú sentada mirando una pequeña cantidad pensando:

¿Por qué yo no?

Ahí aparecen otra vez las comparaciones.

Siempre están esperando.

Tu bebé todavía no sonríe y el de otra sí.

El tuyo no duerme seguido y el de alguien “duerme toda la noche desde los dos meses”.

El tuyo come poco.

El otro parece comer perfecto.

Tu producción.

Su producción.

Tu recuperación.

Su recuperación.

Tu bebé.

Su bebé.

Hasta que la maternidad parece una competencia en la que nadie recuerda haberse inscrito.

Y hay algo que debemos decir con claridad:

Los bebés no leen calendarios.

No todos hacen las cosas exactamente al mismo tiempo.

Algunos sostienen la cabeza antes.

Otros después.

Algunos sonríen mucho.

Otros son más serios.

Algunos duermen periodos más largos.

Otros parecen haber firmado un contrato secreto contra el sueño.

Algunos aumentan de peso rápidamente.

Otros necesitan más seguimiento.

Por eso comparar puede convertirse en una forma de tortura.

Porque en esos primeros meses cualquier diferencia parece enorme.

Y entonces alguien pregunta:

—¿Todavía no hace eso?

Una frase.

Cinco palabras.

Suficientes para arruinarte la tarde.

Te vas a casa y empiezas a observar.

¿Debería hacerlo?

¿Por qué no lo hace?

¿Será normal?

Buscas en internet.

Lees.

Lees demasiado.

Y veinte minutos después ya no estás preocupada.

Estás aterrada.

Internet a las dos de la mañana debería venir con un adulto responsable que te quite el teléfono.

Porque empiezas buscando:

“Bebé mueve mucho las manos.”




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