Los primeros meses una sobrevive.
No hay mucho tiempo para preguntarse quién eres.
Hay que alimentar.
Cambiar.
Dormir al bebé.
Volver a alimentarlo.
Lavar.
Recoger.
Cargar.
Calmar.
Respirar cuando se puede.
Pero pasan los meses.
Y algo cambia.
El bebé empieza a estar más despierto.
Más presente.
Más curioso.
Quizá ya se sienta.
Quizá intenta desplazarse.
Quizá balbucea.
Quizá te busca con los ojos cuando te alejas.
Quizá ya reconoce perfectamente quién eres.
Mamá.
Y tú lo miras.
Él parece tener clarísimo quién eres.
Pero tú no tanto.
Porque después de varios meses siendo necesaria para alguien casi todo el tiempo, llega una pregunta incómoda:
¿Quién soy yo ahora?
No quién era.
Eso lo recuerdas.
A veces demasiado.
Recuerdas cómo te arreglabas.
Cómo salías.
Cómo dormías.
Qué ropa usabas.
Cómo se sentía tu cuerpo.
Qué cosas te importaban.
Qué te emocionaba.
Qué te molestaba.
Qué hacías cuando tenías una tarde libre.
Recuerdas una mujer que se parecía muchísimo a ti.
Pero cuando intentas volver a ella, algo no encaja.
Porque ya no eres esa mujer.
Y eso puede doler.
No porque la actual sea peor.
Sino porque todavía no la conoces.
Te miras al espejo.
Ya no estás recién parida.
Han pasado meses.
Entonces aparece otra presión.
La gente empieza a asumir que ya deberías estar “recuperada”.
Recuperada.
Qué palabra tan extraña.
¿Recuperada de qué?
¿Del embarazo?
¿Del parto?
¿De no dormir?
¿De convertirte en responsable de una vida?
¿De mirar tu cuerpo cambiar durante nueve meses y esperar que después se comporte como si nada hubiera pasado?
Porque el tiempo pasa y el cuerpo sigue ahí.
Con sus cambios.
Quizá tu abdomen ya bajó mucho.
Quizá no.
Quizá tienes estrías.
Quizá una cicatriz.
Quizá tu pecho cambió.
Quizá bajaste de peso.
Quizá subiste.
Quizá nada de tu ropa favorita te queda como antes.
Y llega un punto en el que ya no puedes decir:
“Acabo de tener un bebé.”
Porque ya no acaba de pasar.
Han pasado meses.
Entonces la tolerancia social empieza a reducirse.
Y aparecen comentarios.
—Ya estás bajando.
—Todavía tienes pancita.
—Te ves más llenita.
—Te quedaste delgada.
—Antes tenías más cuerpo.
—Te cambió mucho la cara.
—Ya deberías empezar a cuidarte.
Qué obsesión tiene la gente con anunciarte lo que tú ya viste en el espejo.
Como si una mujer pudiera olvidarse de su propio cuerpo hasta que alguien amablemente se lo señala.
Gracias.
No me había dado cuenta de que vivo dentro de él.
Y algunas veces sonríes.
Otras veces llegas a casa y el comentario se queda contigo.
Te miras.
Te levantas la camiseta.
Te observas de lado.
Aprietas el abdomen.
Te preguntas cuánto tiempo debería tomar “volver”.
Volver.
Otra vez esa idea.
Volver a tener el cuerpo anterior.
Volver a dormir.
Volver a salir.
Volver a tener sexo como antes.
Volver a vestirte como antes.
Volver a ser tú.
¿Y si no hay vuelta?
¿Y si el problema es que llevas meses intentando regresar a una mujer que ya no existe?
Esa pregunta puede dar miedo.
Porque entonces tienes que hacer algo mucho más difícil.
Conocer a la nueva.
Y a veces no te gusta de inmediato.
La nueva tú puede estar más cansada.
Más impaciente.
Más sensible.
Puede llorar por cosas que antes no le afectaban.
Puede tener menos tolerancia para personas que antes soportaba.
Puede preferir quedarse en casa.
O desesperarse por salir.
Puede sentir que quiere recuperar su sensualidad y, al mismo tiempo, no soportar la idea de ponerse algo ajustado.
Puede comprar ropa y dejarla guardada porque al final no se siente cómoda.
Puede maquillarse un día y mirarse pensando:
Ahí estás.
Y al siguiente ponerse la misma ropa de siempre porque no tiene energía para más.
No hay una evolución limpia.
No llega un día en el que despiertas y anuncias:
“Ya me encontré.”
Ojalá.
Sería mucho más sencillo.
En realidad son pedazos.
Un día recuperas una canción.
Otro día una prenda.
Otro día las ganas de arreglarte.
Otro día quieres salir.
Otro día quieres tomarte una foto.
Y después puedes pasar tres días sintiéndote invisible otra vez.
Eso también es normal.
Porque durante meses te acostumbraste a que el cuerpo tuviera una función.
Gestar.
Parir.
Alimentar.
Cargar.
Calmar.
Y volver a verlo como algo tuyo puede tomar tiempo.
A veces incluso cuesta sentirte mujer.
No madre.
Mujer.
La diferencia parece pequeña hasta que la vives.
Hay días en los que toda tu identidad cabe dentro de una palabra:
Mamá.
Te despiertas como mamá.
Comes como mamá.
Sales como mamá.
Compras como mamá.
Hablas como mamá.
Te llaman mamá.
Te necesitan como mamá.
Y cuando llega la noche te preguntas dónde quedó tu nombre.
Tú tenías uno.
Antes de que alguien te dijera mamá.
Tú existías.
Tenías gustos.
Deseos.
Planes.
Caprichos.
Malos hábitos.
Sueños.
Secretos.
Una forma de caminar por el mundo que no estaba ligada a cuidar a nadie.
Ahora puedes sentir culpa incluso cuando intentas recuperar algo de eso.
Supongamos que quieres comprarte algo.
Nada extraordinario.
Ropa.
Zapatos.
Un perfume.
Cualquier cosa.
Y en tu cabeza aparece inmediatamente:
#1341 en Novela contemporánea
maternidad sin filtros, posparto y cambios emocionales, identidad después de ser mamá
Editado: 30.09.2026