Claire despertó antes que el resto de la familia, como le sucedía siempre en una casa nueva. Bajó a la cocina buscando café y encontró, en cambio, una alacena vacía salvo por un par de latas oxidadas y un frasco de sal casi lleno.
Necesitarían provisiones. La tienda general que habían visto al pasar sería el lugar más lógico para empezar.
Caminó hasta el pueblo con Emily, dejando a Daniel con Sam terminando de acomodar las últimas cajas. El camino de tierra que unía la casa con la calle principal estaba flanqueado por árboles altos que apenas dejaban pasar la luz de la mañana, y Claire notó, sin poder evitarlo, un silencio extraño en el bosque: ni un pájaro, ni un insecto, solo el sonido de sus propios pasos sobre la grava.
—Esto parece sacado de una película —comentó Emily, con ese tono a medio camino entre el sarcasmo y el nerviosismo real que solía usar cuando algo la incomodaba.
La tienda general tenía el nombre pintado a mano sobre la puerta: Colmado Whitlock. Adentro, un hombre mayor de barba blanca y gafas gruesas ordenaba latas de conserva en un estante, y levantó la vista apenas sonó la campanilla de la entrada.
—Buenos días —dijo, con la cautela de quien reconoce a un extraño en un lugar donde nunca hay extraños—. ¿Puedo ayudarlas?
—Buenos días —respondió Claire—. Somos los Hale. Acabamos de mudarnos a la casa de Elias Hale, a las afueras.
Algo cambió en el rostro del hombre. Fue apenas un instante, un parpadeo más lento de lo normal, pero Claire lo notó.
—¿La casa Hale? —repitió él—. No sabía que Elias tuviera familia.
—Era mi tío —intervino Emily—. Bueno, tío abuelo, creo. Nunca lo conocimos.
El hombre que se presentó como Walter Whitlock, dueño del colmado desde hacía más de treinta años las ayudó a llenar una caja con lo esencial: café, harina, conservas, velas. Mientras cobraba, Claire se atrevió a preguntar lo que llevaba toda la mañana rondándole la cabeza.
—Una pregunta un poco extraña —dijo—. Notamos que ninguna ventana en el pueblo refleja luz. Y en la casa encontramos un espejo cubierto con una manta. ¿Es alguna costumbre local?
Walter dejó de contar el cambio por un segundo. Cuando volvió a hablar, su voz sonaba medida, como quien elige cada palabra con cuidado.
—Aquí no se destapan los espejos, señora Hale. Es una tradición del pueblo, nada más. Cosas de gente mayor, supersticiones que se quedaron pegadas.
—¿Pero por qué? —insistió Emily.
—Es mejor no cuestionarlo —dijo él, con una sonrisa—. Ashford Hollow es un pueblo tranquilo. Nos gusta que siga siéndolo.
La campanilla de la puerta sonó de nuevo, y una mujer entró apurada, con un niño de la mano. Al ver a Claire y Emily, se detuvo en seco, como si hubiera chocado con algo invisible.
—Son los nuevos, de la casa Hale —explicó Walter, casi como una advertencia dirigida a la mujer más que como una presentación.
La mujer no respondió. Tomó a su hijo con más fuerza de la mano y salió de la tienda sin comprar nada, sin decir palabra, lanzando una última mirada hacia Claire que esta no supo interpretar del todo. No era miedo, exactamente. Era algo más parecido a la pena.
De vuelta en la casa, Claire le contó a Daniel lo sucedido mientras guardaban las provisiones.
—Probablemente sea solo eso, superstición de pueblo chico —dijo él, sin mucha convicción—. Todos los lugares así tienen sus rarezas.
—No sé, Daniel. La forma en que esa mujer nos miró...
—Mamá tiene razón —dijo Emily, sentada en la escalera con el teléfono todavía sin señal en la mano—. Fue raro. Muy raro.
Sam, que había estado callado escuchando desde la cocina, habló por primera vez desde que habían llegado al pueblo.
—Yo también vi algo raro —dijo—. Anoche. En el pasillo.
Los tres se giraron hacia él.
—¿Qué cosa, cariño? —preguntó Claire, agachándose a su altura.
—La manta del espejo. Se movió. Como si alguien estuviera atrás, empujando.
Un silencio incómodo se instaló en la cocina. Daniel fue el primero en romperlo, forzando una risa que sonó más nerviosa de lo que pretendía.
—Habrá sido el viento, campeón. Esta casa es vieja, tiene corrientes de aire por todos lados.
Sam asintió, aunque no parecía muy convencido. Y esa noche, cuando la casa volvió a quedar en silencio, ninguno de los cuatro Hale pasó cerca del pasillo donde colgaba el espejo cubierto sin apurar el paso, sin saber muy bien por qué.
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Editado: 10.08.2026