No mires el espejo

Capitulo 3: El escritorio de Elias

Pasaron los primeros días acomodándose. Claire se encargó de limpiar la cocina y el salón, quitando las sábanas polvorientas de los muebles uno a uno, revelando piezas antiguas pero en buen estado: un sofá de cuero desgastado, una mesa de roble macizo, estanterías repletas de libros que olían a papel viejo.
Daniel, por su parte, se propuso ordenar el estudio de su tío, una habitación pequeña en la planta alta con un escritorio de madera oscura y paredes cubiertas de estanterías hasta el techo. Fue ahí, la tarde del cuarto día, donde encontró el cajón cerrado con llave.
No fue difícil forzarlo la madera estaba tan reseca por los años que cedió con apenas un poco de presión, y adentro encontró un cuaderno de tapas de cuero, gastado en los bordes, junto con un manojo de cartas atadas con un cordel.
La letra de Elias era pequeña, apretada, como si hubiera querido decir mucho en poco espacio. Daniel se sentó en la silla del escritorio y empezó a leer, primero por curiosidad, después con una atención que fue creciendo página tras página.
3 de marzo. Hoy hablé con el viejo Corwin sobre lo que le pasó a su esposa hace veinte años. No quiso decir mucho, pero insistí, quedó claro: no fue una enfermedad, como dice el pueblo. Fue algo que pasó cuando destapó el espejo del ático de su casa, por accidente, buscando una herramienta guardada ahí.
17 de marzo. He empezado a investigar cuántos casos como el de Corwin ha habido en Ashford Hollow. La cifra, hasta donde puedo reconstruir con registros de la iglesia y conversaciones discretas, es mayor de lo que cualquiera admitiría en voz alta. Al menos once en los últimos sesenta años. Todos empiezan igual: alguien destapa un espejo, por accidente o por curiosidad, y algún tiempo después, esa persona ya no es la misma. Habla igual. Se mueve igual. Pero algo, en los ojos sobre todo, ha cambiado para siempre.
2 de abril. Empiezo a entender por qué mi propia familia dejó este pueblo hace tantos años. Mi padre nunca quiso hablar del tema, pero ahora sospecho que él también perdió a alguien aquí. Quizás por eso cortó todo contacto conmigo cuando decidí quedarme.
Daniel dejó de leer un momento, con el pulso acelerado. Pensó en su propio padre, en su negativa a hablar nunca de Elias ni de este pueblo, en el silencio que había envuelto siempre ese lado de la familia como una herida que nadie quería reabrir.
Siguió leyendo. Las últimas páginas del cuaderno estaban escritas con una letra más nerviosa, más apretada aún que las anteriores.
Creo haber encontrado el origen de todo esto, aunque suena a locura escribirlo. Hay una historia, muy antigua, que los más viejos del pueblo apenas mencionan entre susurros. Habla de algo que llegó a Ashford Hollow mucho antes de que existiera el pueblo tal como lo conocemos, algo que vive en las superficies que reflejan y que necesita tomar cuerpos prestados para sobrevivir entre nosotros. La única defensa que encontraron nuestros ancestros fue esta: cubrir todo lo que refleje. No mirar. No provocarlo.
Pero cubrir no es lo mismo que destruir. Y me pregunto, cada noche que pasa, cuánto tiempo más puede este pueblo seguir viviendo con la manta puesta sobre la herida, esperando que nadie nunca la destape.
La última entrada del cuaderno, fechada apenas dos semanas antes de la muerte de Elias según la carta del notario, decía solamente:
Creo que ya sabe que lo estoy investigando.
Daniel cerró el cuaderno despacio. Afuera, el sol empezaba a ponerse detrás de los pinos, tiñendo el estudio de una luz anaranjada que, por algún motivo, no logró hacerle sentir menos frío.
Guardó el cuaderno y las cartas en el cajón, junto con la sensación creciente de que la herencia que había recibido no era solamente una casa.
Esa noche, no le contó nada a Claire. Se dijo a sí mismo que era porque no quería asustarla sin necesidad, sin pruebas reales de nada. Pero en el fondo, una parte de él sabía que la verdadera razón era otra: si lo decía en voz alta, se volvería real. Y todavía no estaba listo para eso.




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