No mires el espejo

Capitulo 6: El párroco

Daniel decidió no mencionarle a Claire lo que había leído en el diario de Elias. Todavía no. Pero tampoco podía quedarse quieto con esa información dándole vueltas en la cabeza, así que la mañana del sábado, con la excusa de presentarse formalmente en el pueblo, caminó hasta la iglesia blanca de campanario torcido que habían visto el día de su llegada.
La encontró abierta. Adentro, el aire era fresco y olía a cera de vela derretida, y un hombre de sotana oscura, más joven de lo que Daniel había imaginado, quizás rondando los cincuenta, ordenaba unos libros de himnos sobre un banco de la primera fila.
—Buenos días —dijo el hombre, sin sobresaltarse—. No es común ver caras nuevas por aquí. Usted debe ser el señor Hale.
—Daniel —confirmó, acercándose—. Y usted es...
—Padre Coleman. Llevo aquí casi veinte años.
Se sentaron en uno de los bancos, y Daniel, sin planearlo del todo, terminó contándole al párroco parte de lo que había encontrado en el estudio de su tío: no todo, no los detalles más extraños, pero sí lo suficiente para que quedara claro que sabía que Elias había estado investigando algo relacionado con el pueblo antes de morir.
El padre Coleman lo escuchó en silencio, con las manos entrelazadas sobre el regazo, y cuando Daniel terminó, tardó un momento largo en responder.
—Su tío era un buen hombre —dijo finalmente—. Terco, quizás demasiado curioso para su propio bien, pero bueno. Vino a verme varias veces en sus últimos meses, con las mismas preguntas que usted me está haciendo ahora.
—¿Y qué le dijo usted?
—Lo mismo que le voy a decir a usted, señor Hale, porque es lo único que puedo ofrecerle con honestidad: hay cosas en este mundo que la fe no siempre alcanza a explicar, y que el silencio, con todo lo injusto que pueda parecer, a veces protege más de lo que el conocimiento cura.
—Eso no es una respuesta, padre.
El sacerdote sonrió, sin humor, con una tristeza antigua asomando en las arrugas de su rostro.
—No, no lo es. Pero es lo mejor que puedo darle sin arriesgar más de lo que ya se ha arriesgado en este pueblo.
Daniel sintió una frustración creciente, la misma que llevaba días acumulando desde que llegaron a Ashford Hollow, desde que cada pregunta parecía chocar contra el mismo muro de evasivas amables.
—Mi hijo escuchó algo anoche —dijo, con más firmeza—. Cerca de un espejo cubierto en mi casa. Mi esposa vio algo moverse en la tela. No estoy pidiendo que me cuente leyendas de pueblo, padre. Estoy pidiendo que me diga si mi familia está en peligro.
Por primera vez, algo pareció quebrarse en la compostura del padre Coleman. Miró hacia el altar, hacia la cruz de madera tallada que colgaba sobre él, como buscando ahí alguna respuesta que no terminaba de encontrar.
—No destapen ningún espejo en esa casa —dijo finalmente, en voz baja—. Ninguno. Bajo ninguna circunstancia, sin importar lo que escuchen, lo que crean ver, o lo que alguien cualquiera, incluso alguien que parezca de su propia familia les pida que hagan.
—¿Por qué? ¿Qué pasa si lo hacemos?
El padre Coleman se puso de pie, dando por terminada la conversación con una claridad que no dejaba lugar a más preguntas.
—Reza con tu familia, Daniel. Y mantén las mantas donde están.
Daniel salió de la iglesia con más preguntas de las que había entrado, y con una frase del padre Coleman repitiéndose en su cabeza de un modo que no lograba sacudirse: alguien que parezca de su propia familia.
Caminando de regreso hacia la casa, pasó frente al pequeño cementerio del pueblo, delimitado por una verja de hierro oxidado. Se detuvo, sin saber bien por qué, y entró.
Encontró la tumba de Elias sin mucha dificultad la tierra todavía visiblemente removida, la lápida apenas unos meses más nueva que las de alrededor, y junto a ella, una hilera de lápidas más antiguas con el mismo apellido: Corwin.
Se detuvo frente a una en particular. Margaret Corwin, 1958-2019. Amada esposa y abuela.
Recordó, sin poder evitarlo, que Emily había mencionado un chico llamado Noah Corwin. Y se preguntó, con un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento frío de la mañana, cuántas de las historias que este pueblo guardaba en silencio estaban enterradas, literalmente, bajo sus pies.




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