No mires el espejo

Capitulo 7: Lo que nadie contaba

La cena de esa noche transcurrió en un silencio más denso de lo habitual. Claire notó que Daniel apenas probaba la comida, perdido en sus pensamientos; Emily jugaba con el tenedor sin llevárselo a la boca, con la mirada fija en algún punto de la mesa; y hasta Sam, de costumbre el más hablador de los cuatro, se limitaba a responder con monosílabos cuando le preguntaban algo.
Fue Claire quien finalmente rompió el silencio.
—Basta —dijo, dejando el tenedor sobre el plato con un golpe seco—. Todos estamos actuando raro desde hace días, y creo que es hora de que hablemos de una vez, en familia, de lo que está pasando.
Daniel y Emily intercambiaron una mirada rápida. Sam, sin entender del todo la tensión de los adultos, siguió comiendo en silencio.
—Fui a la iglesia esta mañana —confesó Daniel—. Hablé con el padre Coleman. Le pregunté directamente sobre los espejos, sobre lo que Sam escuchó, sobre... —dudó un segundo— sobre algunas cosas que encontré en el estudio de tío Elias.
—¿Qué cosas? —preguntó Claire, con una mezcla de sorpresa y algo parecido al reproche por no habérselo contado antes.
Daniel les habló entonces del cuaderno, de las entradas del diario, de los al menos once casos que Elias había documentado a lo largo de los años, todos con el mismo patrón: un espejo destapado, una persona que dejaba de ser ella misma, un pueblo entero que aprendía a fingir que nada había pasado.
Emily escuchó todo con el corazón acelerado, reconociendo piezas de la misma historia que Noah le había contado en la biblioteca. Cuando su padre terminó, ella también habló, contándoles del chico que había conocido, de su abuela, del apellido Corwin que ahora entendía por qué le había sonado tan familiar.
—Vi su tumba esta mañana —dijo Daniel, en voz baja—. Margaret Corwin. Junto a la de Elias.
Claire se llevó una mano a la boca, procesando todo lo que estaba escuchando. Sam, que hasta ese momento había permanecido callado, levantó la vista de su plato.
—Yo también tengo algo que contar —dijo, con una voz mucho más seria de lo habitual en un niño de nueve años—. He estado dibujando lo que veo en mis sueños. No se lo conté a nadie porque pensé que se iban a reír de mí.
Subió corriendo a su habitación y volvió con un cuaderno de dibujo, uno de esos que Claire le había comprado para el viaje, para que se entretuviera en el auto. Lo abrió sobre la mesa, pasando las páginas hasta llegar a los dibujos de los últimos días.
El primero mostraba, con el trazo torpe pero reconocible de un niño de nueve años, una figura humana de pie frente a un espejo, con los brazos extendidos hacia el cristal.
El segundo mostraba la misma escena, pero con dos figuras: una frente al espejo, y otra idéntica, pero con los ojos completamente ennegrecidos saliendo del propio cristal, como si estuviera atravesando una superficie de agua.
El tercer dibujo, el más reciente, hizo que Claire sintiera un frío recorrerle toda la espalda.
Mostraba una casa, con cuatro figuras pequeñas de pie frente a ella claramente, la familia Hale y detrás de una de las ventanas del segundo piso, una quinta figura, mirando hacia afuera, con los mismos ojos negros que la figura del espejo.
—Sam —dijo Claire, con la voz temblando apenas—, ¿quién es esa persona en la ventana?
El niño se encogió de hombros, con una naturalidad que resultaba más perturbadora que cualquier grito.
—No lo sé. Solo sé que nos está mirando. Y que lleva un rato esperando a que alguien lo deje entrar.
Nadie en la mesa dijo nada durante un largo momento. Afuera, el viento había empezado a soplar con más fuerza contra las ventanas de la casa, y en algún lugar del piso de arriba, un crujido de madera vieja resonó como un paso solitario sobre el suelo, aunque los cuatro estaban sentados, juntos, alrededor de la misma mesa.




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