—Quédense aquí —dijo Daniel, poniéndose de pie con una calma que estaba lejos de sentir.
—Daniel, no —susurró Claire, sujetándolo del brazo—. Vamos a llamar a alguien. A la policía, a quien sea.
—¿Y decirles qué? —respondió él, en voz baja, para que Sam no lo escuchara del todo—. ¿Que mi hijo dibujó una figura en la ventana y ahora la casa hace ruido? Claire, es una casa vieja. Puede ser una rama, un animal, cualquier cosa. Voy a revisar.
Subió las escaleras con el teléfono en una mano, usando la linterna, y el otro puño cerrado a un costado, como si eso pudiera servirle de algo contra lo que fuera que estuviera esperando arriba. El pasillo del segundo piso estaba tal como lo habían dejado: las puertas de los dormitorios cerradas, el aire quieto, ningún indicio visible de nada fuera de lo normal.
El crujido no se repitió. Daniel revisó su propio dormitorio, el de Emily, el de Sam —todos vacíos, todos en calma—, hasta que llegó al final del pasillo, frente a una puerta que no había notado antes, medio escondida detrás de un armario alto que sobresalía de la pared.
La probó. Estaba cerrada con llave.
Bajó a buscar el llavero completo que el notario les había entregado, una decena de llaves viejas, sin etiquetar, que hasta entonces nadie se había molestado en identificar una por una y volvió a subir, probando cada una contra la cerradura hasta que la sexta llave giró con un chasquido seco.
La puerta se abrió hacia un cuarto pequeño, sin ventanas, que olía a humedad y a algo más antiguo todavía, algo que Daniel no supo nombrar. Movió la linterna del teléfono por el espacio: una silla de madera, volcada en el centro de la habitación; el suelo cubierto de un polvo grueso, sin huellas recientes más allá de las suyas propias; y, apoyado contra la pared del fondo, otro espejo, más pequeño que el del pasillo de abajo, también cubierto, aunque esta manta parecía más vieja, más deshilachada, atada con un nudo distinto, más complicado, casi ritual.
Sobre la pared, junto al espejo, alguien había escrito algo con lo que parecía tiza blanca, en una letra que Daniel reconoció de inmediato: la misma letra pequeña y apretada del diario de Elias.
NO ABRIR. NO DESTAPAR. NO IMPORTA LO QUE DIGA.
Daniel sintió que el frío de la habitación se le metía bajo la piel. Se quedó de pie, mirando esas palabras, preguntándose cuánto tiempo llevaría esa advertencia escrita ahí, y sobre todo, a quién iba dirigida exactamente: ¿a él, a cualquiera que encontrara la habitación algún día, o a alguien más específico, alguien que Elias ya sospechaba que terminaría entrando en ese cuarto?
Un sonido lo sacó de sus pensamientos. Un susurro, apenas audible, viniendo de detrás de la manta del espejo pequeño. No pudo distinguir palabras, solo un murmullo bajo, continuo, como alguien hablando muy despacio al otro lado de una pared gruesa.
Daniel retrocedió hacia la puerta sin darse la vuelta, sin quitarle los ojos de encima al espejo cubierto, hasta que salió por completo de la habitación y cerró la puerta detrás de él, girando la llave con manos que ya no lograba mantener del todo firmes.
—¿Y bien? —preguntó Claire cuando bajó, con Emily y Sam de pie junto a ella, esperando en la sala.
Daniel dudó un segundo antes de responder. Pensó en la advertencia escrita en la pared, en el murmullo detrás de la manta, en cuánto más podía cargar su familia esa misma noche sin quebrarse del todo.
—No es nada —dijo finalmente—. Una habitación vieja que tío Elias tenía cerrada. Mañana la revisamos con más calma, de día.
Claire lo miró fijamente, con esa forma que tenía de saber cuándo Daniel no le estaba contando toda la verdad, pero por esta vez, viendo el cansancio y el miedo genuino en los ojos de sus hijos, decidió no insistir.
Esa noche, ninguno de los cuatro durmió realmente bien. Y en el piso de arriba, dentro de una habitación cerrada con llave, la manta de un espejo viejo se movió una vez más, muy despacio, como si algo, del otro lado, hubiera empezado por fin a impacientarse.
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Editado: 31.08.2026