No mires el espejo

Capitulo 10: Martha

Emily encontró a su padre solo en el estudio, todavía con el cuaderno de Elias abierto sobre el escritorio, releyendo por tercera o cuarta vez las mismas páginas como si esperara que un nuevo detalle apareciera entre líneas.
—Papá —dijo, cerrando la puerta detrás de ella—. Tengo algo que enseñarte.
Le entregó el sobre con el recorte de periódico. Daniel lo leyó despacio, y Emily observó cómo su expresión cambiaba a medida que avanzaba en el texto, de la curiosidad inicial a algo más parecido al reconocimiento.
—Martha Sutter —murmuró—. Este nombre está en el diario de Elias.
Buscó entre las páginas hasta encontrar el pasaje: una entrada, casi al final del cuaderno, donde Elias mencionaba brevemente haber hablado con "el viejo Sutter" antes de que este muriera, sobre "lo que le pasó a Martha hace tantos años, el mismo año en que empezó todo esto en el pueblo, según los registros de la iglesia."
—Entonces no fue solo una desaparición —dijo Emily, sentándose frente al escritorio—. Volvió. Pero volvió distinta. Y un año después, la familia se fue del pueblo.
—O lo que fuera que volvió con la cara de Martha se fue del pueblo —corrigió Daniel, en voz baja, casi para sí mismo.
Se quedaron un momento en silencio, dejando que la implicación de esas palabras terminara de asentarse entre los dos. Si el patrón que Elias y ahora Noah habían documentado era real, entonces cada "regreso" tras una desaparición no era en realidad un regreso. Era otra cosa, con la cara y la voz de alguien que ya no estaba, caminando entre los vivos sin que nadie lo notara hasta que ya era demasiado tarde para hacer algo al respecto.
—Papá —dijo Emily, con una duda que llevaba días evitando poner en palabras—, ¿y si tío Elias no murió del corazón?
Daniel no respondió enseguida. Pensó en la última entrada del diario —creo que ya sabe que lo estoy investigando— y en la habitación cerrada del piso de arriba, en la advertencia escrita en la pared con la misma letra apretada de su tío.
—Creo que deberíamos considerar esa posibilidad —dijo finalmente—. Y creo que también deberíamos empezar a tomar esto mucho más en serio de lo que lo hemos hecho hasta ahora.
Esa tarde, Daniel decidió volver al colmado de Walter Whitlock, con la excusa de comprar algunas provisiones que en realidad no necesitaban. Quería observarlo de cerca, sin decirle a nadie exactamente por qué, guiado por una inquietud que no lograba nombrar del todo.
Encontró la tienda casi vacía, con Walter detrás del mostrador, ordenando la caja registradora con la misma calma metódica de siempre. Intercambiaron algunas palabras sin importancia mientras Daniel elegía un par de artículos al azar, y fue solo al pagar cuando lo notó: un detalle tan pequeño que en cualquier otro contexto habría pasado completamente desapercibido.
Walter llevaba, colgada del cuello, una pequeña cruz de plata que Daniel no recordaba haberle visto en su primera visita. Y cuando sus dedos rozaron los de Daniel al entregarle el cambio, la mano de Walter estaba fría, más fría de lo que el clima del local podía justificar.
—¿Todo bien, señor Hale? —preguntó Walter, notando la mirada de Daniel demorarse un segundo de más.
—Sí, perfecto —respondió Daniel, forzando una sonrisa—. Solo pensaba en algo.
Salió de la tienda con la sensación helada de haber estado, quizás, más cerca de una respuesta de lo que hubiera querido estar. Se dijo a sí mismo que probablemente no era nada: un hombre mayor, manos frías, un collar nuevo. Nada que no tuviera una explicación perfectamente normal.
Pero esa noche, mientras cenaban, no pudo dejar de pensar en la fecha del recorte de periódico que Emily le había mostrado: 1962. Y en que Walter Whitlock, según había mencionado él mismo el primer día, llevaba "más de treinta años" con el colmado, lo cual, haciendo cuentas, lo dejaba con una edad que encajaba de manera incómoda con haber sido ya un hombre adulto en Ashford Hollow para esa fecha.
Un hombre adulto que quizás, sesenta años atrás, había conocido en persona a la verdadera Martha Sutter.
Y que tal vez, solo tal vez, no era del todo la misma persona que la había conocido entonces.




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