—Nos vamos —dijo Daniel a la mañana siguiente, con una determinación que no dejaba espacio para discusión—. Hoy mismo. Empaquen lo esencial, el resto lo mandamos a buscar después.
Claire, que había pasado la noche despierta más que dormida, no puso ninguna objeción. Después de lo de Sam, después de la conversación con el padre Coleman, después de la mano fría de Walter Whitlock y el nombre de Martha Sutter resonando en su cabeza desde el día anterior, la idea de quedarse un día más en Ashford Hollow le resultaba, de pronto, insoportable.
Emily, sin embargo, dudó.
—¿Y Noah? —preguntó—. Si esto es real, si de verdad hay algo peligroso en el pueblo, no podemos simplemente irnos y dejar que le pase algo a él, o a cualquier otra persona.
—No es nuestra responsabilidad, cariño —dijo Claire, con más dureza de la que pretendía—. Nuestra responsabilidad es tu hermano. Es mantenerlos a los dos a salvo.
Emily no discutió más, aunque el sobre con el recorte de Martha Sutter, guardado en el fondo de su mochila, le pesaba de un modo que no tenía nada que ver con el papel.
Cargaron el auto en menos de una hora, dejando la mayoría de las cajas todavía sin desempacar en la casa, y a media mañana, los cuatro Hale emprendieron el mismo camino de tierra por el que habían llegado apenas dos semanas atrás.
El bosque, esta vez, se sentía distinto. Daniel no supo explicarlo mejor que eso, pero conducía con la sensación creciente de que los árboles a ambos lados del camino parecían más cerca de lo que recordaba, más densos, como si el bosque entero hubiera decidido apretar el paso a su alrededor.
—¿Falta mucho para la carretera principal? —preguntó Emily, después de un rato, mirando el reloj del auto.
—No debería —respondió Daniel, con el ceño fruncido, revisando el camino frente a él, que se veía exactamente igual al que había estado recorriendo durante los últimos veinte minutos.
Cuarenta minutos después, todavía no habían encontrado la carretera principal.
—Esto no tiene sentido —dijo Daniel, deteniendo el auto en un ensanche del camino, revisando el GPS de su teléfono, que seguía mostrando el mismo símbolo de "sin señal" que llevaba mostrando desde su llegada al pueblo—. Vinimos por este mismo camino. Debería llevarnos de vuelta en el mismo tiempo.
—A lo mejor nos equivocamos en alguna curva —sugirió Claire, sin mucha convicción, porque incluso ella recordaba con claridad que no había habido ninguna bifurcación en todo el trayecto.
Siguieron adelante. El camino, poco a poco, empezó a resultarles extrañamente familiar, hasta que, veinte minutos más tarde, Daniel reconoció con un nudo en el estómago la entrada del propio Ashford Hollow: el cartel descolorido de bienvenida al pueblo, la calle principal, la tienda de Walter Whitlock con las luces encendidas a pesar de ser mediodía.
Habían vuelto exactamente al mismo lugar del que habían partido.
—Esto es imposible —susurró Claire, mirando por la ventanilla con una expresión que combinaba incredulidad y un miedo mucho más profundo que cualquiera que hubiera sentido hasta entonces—. Daniel, dimos toda una vuelta. No hicimos ningún giro equivocado.
Sam, en el asiento trasero, miraba por la ventana con una calma extraña, casi resignada, que contrastaba con el pánico creciente de sus padres.
—Él no quiere que nos vayamos todavía —dijo, en voz baja, sin que nadie le hubiera preguntado nada.
—¿Quién, cariño? —preguntó Claire, girándose hacia él con el corazón en la garganta.
Sam no respondió enseguida. Se quedó mirando por la ventana, hacia la vieja iglesia de campanario torcido que volvían a tener frente a ellos, como si el pueblo entero los hubiera recibido de vuelta con los brazos abiertos.
—El del espejo —dijo finalmente—. Dice que todavía no terminamos aquí.
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Editado: 31.08.2026