No mires el espejo

Capitulo 13: Lo que el padre Coleman no dijo

Encontraron al padre Coleman en la iglesia, como la primera vez, aunque en esta ocasión no hizo falta que Daniel dijera una sola palabra para que el sacerdote entendiera lo que había pasado. Le bastó ver la expresión de la familia completa entrando por la puerta principal, pálidos, con Sam aferrado a la mano de Claire, para que su rostro se ensombreciera de un modo que confirmaba, mejor que cualquier explicación, que esto ya había sucedido antes.
—Intentaron irse —dijo, no como pregunta.
—Dimos toda la vuelta —respondió Daniel, con la voz todavía temblando por la adrenalina—. Cuarenta minutos de camino, y terminamos exactamente en el mismo lugar del que salimos. Eso no es posible, padre. Necesito que me explique qué está pasando en este pueblo, ahora, sin evasivas.
El padre Coleman los invitó a sentarse en los bancos de la primera fila, y por primera vez desde que Daniel lo conocía, el sacerdote pareció genuinamente cansado, como si cargara un peso que llevaba demasiados años sosteniendo solo.
—No son los primeros a los que les pasa —admitió—. Cada tanto, alguien nuevo llega al pueblo, hereda una propiedad, se instala, y cuando finalmente entiende que algo anda mal, intenta irse. Y el pueblo no los deja. No hasta que... —dudó un momento— no hasta que la cosa que vive aquí obtiene lo que vino a buscar.
—¿Y qué es exactamente lo que busca? —preguntó Claire, con Sam apretado contra su costado.
—Un cuerpo nuevo, cada cierto tiempo. El anterior se desgasta, como cualquier cosa prestada que se usa demasiado. Cuando eso pasa, necesita reemplazarlo, y elige siempre a quien encuentra más... receptivo.
Todos en la familia entendieron, sin necesidad de que nadie lo dijera en voz alta, a quién se refería esa palabra. Claire abrazó a Sam con más fuerza.
—¿Cómo se lo detiene? —preguntó Daniel—. Tiene que haber una forma. Mi tío lo estaba investigando. Alguien, en algún momento de la historia de este pueblo, encontró la manera de contenerlo, aunque sea parcialmente, con lo de las mantas.
El padre Coleman se quedó en silencio un largo momento, como si estuviera decidiendo cuánto podía realmente contarles.
—Hay una historia —dijo finalmente—, que se transmite entre los párrocos de esta iglesia desde hace generaciones, aunque nunca se ha escrito en ningún registro oficial. Cuenta que hace mucho tiempo, antes de que existiera el pueblo tal como lo conocemos, los primeros colonos que se asentaron aquí encontraron una forma de atrapar a esta entidad, de encerrarla dentro de los espejos que ellos mismos habían traído, mediante un ritual que ya nadie recuerda por completo. No la destruyeron. Solo la contuvieron. Y desde entonces, el pueblo entero ha vivido con la única regla que sabemos que funciona: no destapar nunca lo que la contiene.
—Pero eso ya no está funcionando del todo —dijo Emily, hablando por primera vez—. Si sigue tomando cuerpos, sigue saliendo de alguna forma.
—Los espejos contienen, pero no son perfectos —admitió el padre Coleman—. Con el tiempo, encuentra grietas. Encuentra personas vulnerables, curiosas, o desesperadas, y las convence de que sean ellas quienes rompan la regla por él. No puede destapar un espejo por sí mismo. Siempre necesita que alguien más lo haga.
Daniel pensó en Sam, en la voz que le había hablado en sueños, en lo cerca que había estado de deshacer el nudo de esa manta la noche anterior.
—¿Existe alguna forma de destruirlo por completo? —preguntó—. No de contenerlo otra vez. De acabar con esto para siempre.
El padre Coleman negó con la cabeza, aunque algo en su expresión sugería que no estaba siendo del todo honesto con esa respuesta.
—Si esa forma existe, señor Hale, se perdió hace mucho tiempo, junto con el ritual original. Lo único que les puedo ofrecer es lo mismo que le ofrecí a su tío: cautela, silencio, y fe. Mantengan los espejos cubiertos. Vigilen a su hijo de cerca. Y recen para que la cosa que vive en este lugar encuentre a alguien más antes de decidir que ustedes son su mejor opción.
Salieron de la iglesia con más preguntas que respuestas, aunque con una certeza nueva y aterradora: no había forma de escapar de Ashford Hollow, no todavía, y la única defensa real que tenían era la misma que llevaban aplicando, casi sin saberlo, desde el primer día.
Al cruzar la plaza en dirección al auto, Daniel notó una figura de pie frente al colmado, observándolos con una quietud que no encajaba con la actividad normal de un sábado por la tarde.
Walter Whitlock, sin sonreír, sin saludar, simplemente los observó cruzar la plaza entera, con las manos entrelazadas frente a él y la pequeña cruz de plata brillando débilmente contra su camisa oscura.




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