Corrieron de vuelta a casa. Literalmente corrieron, los cuatro, Daniel, Claire, Emily y el padre Coleman, que insistió en acompañarlos sin que nadie se lo pidiera dos veces, por la calle principal de Ashford Hollow, ignorando las miradas de los pocos vecinos que se cruzaron en el camino.
Habían dejado a Sam en casa con una vecina de confianza que Claire apenas conocía de nombre, la señora Ferris, una mujer mayor que se había ofrecido, casi con demasiado entusiasmo, a cuidarlo durante la hora que pensaban estar en la iglesia. En ese momento les había parecido una solución razonable. Ahora, con las palabras del padre Coleman todavía resonando la más vulnerable, la que menos entiende del peligro real, a Claire cada segundo de carrera le parecía una eternidad insoportable.
La puerta de la casa estaba entreabierta.
—¡Sam! —gritó Claire, entrando primero, con el corazón golpeándole el pecho con una violencia que casi le impedía respirar—. ¡SAM!
La sala estaba vacía. La televisión seguía encendida, mostrando la misma película de dibujos animados de la noche anterior, en pausa, congelada en un fotograma de colores brillantes que contrastaba de manera obscena con el pánico que se apoderaba de la casa entera.
—¡Señora Ferris! —llamó Daniel, subiendo las escaleras de dos en dos.
Encontraron a la señora Ferris en el pasillo del segundo piso, sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, la mirada perdida y un hilo de sangre seco resbalando desde una pequeña herida en su sien.
—¿Qué pasó? —Daniel se arrodilló junto a ella, sacudiéndola suavemente por los hombros—. ¡Señora Ferris! ¿Dónde está Sam?
La mujer parpadeó, como si despertara de un sueño profundo, desorientada, sin recordar del todo dónde estaba.
—Estábamos jugando —murmuró, con la voz pastosa—. Un juego con espejos de mano, de esos de mano pequeños, que encontramos en un cajón de la cocina. Él dijo que era un juego que había aprendido en un sueño. Yo... no recuerdo bien qué pasó después. Sentí un golpe, como un mareo muy fuerte, y ya no recuerdo nada más hasta que ustedes llegaron.
El padre Coleman, que había subido detrás de ellos, se quedó mirando el pasillo hacia la puerta de la habitación que Daniel había cerrado con llave, y encontró algo que hizo que se le helara la sangre: la puerta estaba abierta.
—Daniel —dijo, con una voz que no admitía demora—la habitación.
Corrieron juntos hasta el fondo del pasillo. La cerradura nueva, la que Daniel mismo había instalado apenas unos días atrás, estaba forzada, arrancada casi por completo del marco de madera, como si alguien, o algo hubiera aplicado una fuerza muy superior a la de un niño de nueve años.
Adentro, el espejo pequeño ya no estaba cubierto.
La manta yacía en el suelo, hecha un bulto olvidado, y frente al cristal descubierto, de espaldas a la puerta, estaba Sam, completamente inmóvil, con los brazos colgando a los costados y la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, como si observara algo en su propio reflejo que nadie más en la habitación podía ver todavía.
—Sam —dijo Claire, con la voz quebrada en un susurro, dando un paso hacia él con las manos temblando.
—No —la detuvo el padre Coleman, sujetándola del brazo con una firmeza sorprendente—. No se acerque todavía. Necesitamos saber primero con quién estamos hablando.
Sam, muy despacio, sin apartar los ojos del espejo, empezó a girar la cabeza hacia ellos.
Y cuando finalmente los miró de frente, Claire sintió que el mundo entero se detenía por un instante interminable: los ojos de su hijo, esos mismos ojos castaños que había memorizado la noche anterior con tanto cuidado, ya no eran del todo los mismos.
Una fina línea oscura, como tinta derramándose lentamente, había empezado a extenderse desde el borde de sus pupilas.
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Editado: 31.08.2026