A la mañana siguiente, Claire bajó a la cocina y encontró a la señora Ferris ya despierta, preparando café con una eficiencia silenciosa que, en cualquier otro contexto, habría agradecido sin pensarlo dos veces. La mujer le sonrió, le sirvió una taza, y le preguntó por Sam con una preocupación que sonaba, en todos los sentidos posibles, perfectamente genuina.
—Durmió toda la noche —respondió Claire, aceptando el café—. Gracias por quedarse, de verdad. No sé qué hubiéramos hecho sin usted ayer.
—Para eso estamos los vecinos —dijo la señora Ferris, con una calidez que debería haber resultado reconfortante.
Debería. Claire se sorprendió a sí misma estudiando cada gesto de la mujer con una atención nueva, incómoda, que no había sentido el día anterior: la forma en que sus manos sostenían la taza, la manera en que su mirada se demoraba, apenas un segundo de más, en la puerta del pasillo donde colgaba el espejo cubierto.
Se dijo a sí misma que estaba siendo paranoica. Que después de todo lo que había pasado, era normal empezar a ver amenazas en cada rincón, en cada persona, incluso en alguien que solo había intentado ayudar.
Pero no podía dejar de pensar en lo que Emily le había contado esa misma mañana, antes de bajar: que había pasado por la habitación de sus padres de madrugada, para ver cómo seguía Sam, y había encontrado la puerta entreabierta con la señora Ferris de pie junto a la cama, observándolo dormir, sin hacer nada más, solo mirando, durante un tiempo que a Emily le había resultado, sin poder explicar exactamente por qué, profundamente inquietante.
—¿Todo bien, querida? —preguntó la señora Ferris, notando la mirada prolongada de Claire—. Te noto pensativa.
—Solo cansada —respondió Claire, forzando una sonrisa—. Fue un día largo, ayer.
—Por supuesto. —La señora Ferris terminó de guardar los platos limpios, moviéndose por la cocina con la familiaridad de alguien que llevaba mucho más de un día en esa casa—. Bueno, creo que ya puedo dejarlos tranquilos. Sam parece estar mejor, y ustedes necesitan descansar como familia.
—¿Vive cerca de aquí? —preguntó Claire, casi sin pensarlo, en un intento por normalizar la conversación, por encontrar algo ordinario en medio de tanta sospecha.
—A las afueras del pueblo, del otro lado —respondió la señora Ferris—. Llevo viviendo ahí... —hizo una pausa, tan breve que Claire no habría podido asegurar con certeza si había sido real o imaginada— mucho tiempo. Toda mi vida, prácticamente.
Algo en esa pausa se quedó rondando en la cabeza de Claire durante el resto de la mañana, mucho después de que la señora Ferris se hubiera despedido y hubiera desaparecido por el camino de tierra que llevaba de vuelta al pueblo.
—No podemos confiar en nadie de este pueblo, ¿verdad? —dijo Emily, más tarde, mientras ayudaba a su madre a ordenar la cocina—. Ni siquiera en las personas que parecen estar ayudándonos.
—No lo sé, cariño —admitió Claire, con una honestidad que no había podido ofrecerle a su hija en días anteriores—. Y esa es quizás la parte más difícil de todo esto. No es solo el miedo a lo sobrenatural. Es no saber en quién de las personas normales, de carne y hueso, todavía podemos confiar.
Esa tarde, cuando Daniel volvió de hablar con el padre Coleman sobre las familias Marsh y Bennett, encontró a Claire sentada en la sala, con una libreta abierta sobre las piernas, escribiendo algo con una concentración que no había visto en ella desde antes de la mudanza.
—¿Qué haces? —preguntó, sentándose a su lado.
Claire le mostró la libreta. Había empezado una lista, con el nombre de cada persona que habían conocido desde su llegada al pueblo: Walter Whitlock. El padre Coleman. La señora Ferris. Noah Corwin y su familia. El médico del pueblo. Junto a cada nombre, había anotado observaciones breves, detalles que en su momento le habían parecido sin importancia y que ahora, releídos en conjunto, adquirían un peso distinto.
—Si vamos a quedarnos aquí, si vamos a intentar completar ese ritual —dijo Claire, con la voz baja pero decidida—, necesitamos saber exactamente en quién podemos confiar y en quién no. Porque después de lo de ayer, Daniel, ya no estoy dispuesta a asumir que alguien es inofensivo solo porque actúa amable.
Daniel miró la lista, con el nombre de Walter subrayado dos veces, con una nota al margen que decía simplemente: manos frías. Historia inconsistente.
Y debajo, el nombre de la señora Ferris, con una sola palabra escrita junto a él, subrayada con la misma fuerza con la que Claire, evidentemente, había apretado el lápiz al escribirla.
Vigilar.
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Editado: 31.08.2026