No mires el espejo

Capitulo 22: Lo que queda de los Marsh

—Los Bennett se extinguieron por completo hace casi cuarenta años —dijo el padre Coleman, mientras caminaba junto a Daniel por el camino que bordeaba el pueblo, hacia una zona más alejada que Daniel todavía no había explorado—. El último, un hombre llamado Arthur Bennett, murió sin hijos, sin hermanos, sin ningún pariente cercano que pudiera continuar la línea. Está enterrado en el cementerio del pueblo, si quiere verlo con sus propios ojos.
—Entonces esa línea ya no se puede recuperar —dijo Daniel, sintiendo el peso de esa información asentarse sobre los hombros—. Eso nos deja con cinco familias activas como máximo, contando a los Hale. Necesitamos siete para el ritual original.
—Puede ser —admitió el padre Coleman, aunque algo en su tono sugería que no estaba del todo seguro de esa conclusión—. O puede ser que el ritual, tal como fue concebido originalmente, ya no sea replicable exactamente igual, y que necesitemos encontrar otra forma, adaptada a lo que realmente tenemos disponible hoy.
Llegaron a una casa pequeña, apartada del resto del pueblo, rodeada de un jardín descuidado donde las malas hierbas habían crecido hasta la altura de la cintura. Una mujer de unos sesenta años, de cabello gris recogido en un moño apretado, apareció en la puerta antes de que llegaran a tocar, como si los hubiera estado observando acercarse desde la ventana.
—Padre Coleman —dijo, con una voz seca, poco amigable—. No lo esperaba por aquí.
—Marion —saludó el sacerdote, con un respeto cauteloso—. Necesitamos hablar contigo. Es sobre la familia Hale.
Marion Marsh —Daniel entendió, por el modo en que el padre Coleman había pronunciado su nombre, que se trataba efectivamente de la última descendiente de una de las siete líneas originales,los observó dedurante un largo momento antes hacerse a un lado y dejarlos entrar, sin ninguna calidez visible en el gesto.
La casa por dentro estaba tan cargada de objetos religiosos y amuletos improvisados como la propia iglesia: crucifijos en cada pared, ramilletes de hierbas secas colgando del techo, y, Daniel no pudo evitar notarlo, ni un solo espejo visible en ninguna superficie, ni siquiera cubierto. Como si la mujer hubiera decidido, en algún momento de su vida, eliminarlos por completo de su existencia en lugar de simplemente ocultarlos.
—Sé por qué están aquí —dijo Marion, sentándose en una silla de madera sin ofrecerles asiento a ellos—. El sello se está reactivando. La familia Hale volvió. Y ahora quieren que yo participe en algún intento de completar el ritual original, como si fuera tan simple como reunir a unas cuantas personas con los apellidos correctos.
—¿No lo es? —preguntó Daniel.
Marion soltó una risa breve, amarga, sin ningún humor real en ella.
—Mi bisabuela participó en el último intento serio de reforzar el sello, hace casi setenta años, después de lo que le pasó a Martha Sutter. Perdió a dos hermanos en el proceso. La entidad no se queda quieta esperando pacientemente a que un grupo de descendientes complete un ritual antiguo, señor Hale. Se defiende. Ataca primero, a quien pueda, para debilitar a los que se atrevan a intentarlo.
—Entonces no hay forma de hacerlo con seguridad —dijo el padre Coleman, con la voz cargada de una frustración que llevaba, evidentemente, mucho tiempo acumulando.
—No hay forma de hacerlo sin riesgo —corrigió Marion—. Eso es distinto a decir que no hay forma de hacerlo. Pero antes de que sigan adelante con esta locura, necesito que entiendan algo con total claridad: si deciden intentarlo, esa cosa va a saberlo casi de inmediato, y va a hacer todo lo posible por detenerlos antes de que puedan siquiera empezar. Empezando, probablemente, por la parte más débil de su plan.
Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pensando de inmediato en Sam.
—¿Nos ayudarás? —preguntó, directamente, sin rodeos.
Marion los estudió durante un largo momento, con una expresión que revelaba, debajo de la aspereza inicial, un cansancio antiguo, el de alguien que llevaba toda una vida cargando con un peso que nunca había pedido.
—Voy a pensarlo —dijo finalmente—. Pero les advierto una cosa, señor Hale, y quiero que la recuerden bien: en este pueblo, cuando alguien empieza a hacer los preparativos para algo tan grande como lo que están considerando, la entidad siempre encuentra la forma de enterarse. Siempre. Y cuando eso pase, no va a atacar a quien esté más protegido. Va a atacar a quien esté más cerca, y sea más fácil de alcanzar.
Salieron de la casa de Marion Marsh con más preguntas que respuestas, y con una advertencia que ninguno de los dos, ni Daniel ni el padre Coleman, lograría sacudirse durante el resto del camino de vuelta.




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