No mires el espejo

Capitulo 23: Lo que le pasó a Noah

El mensaje llegó al teléfono de Emily a media tarde, mientras ayudaba a Claire a preparar la cena: un audio de Noah, cortado a mitad de frase, con un ruido de fondo que sonaba como algo cayéndose, seguido de un silencio que se extendió durante los siguientes veinte minutos sin ninguna respuesta a los mensajes desesperados que Emily le envió después.
Emily, necesito contarte algo. Estuve revisando más papeles de mi abuela y encontré.
El audio terminaba ahí, cortado abruptamente.
—Algo pasó —dijo Emily, ya de pie, con el teléfono todavía en la mano, marcando el número de Noah una y otra vez sin obtener respuesta—. Tengo que ir a su casa.
—No vas a ir sola —dijo Claire, quitándose el delantal de inmediato—. Voy contigo.
Corrieron juntas hasta la casa de los Corwin, encontrando la puerta principal entreabierta, con una lámpara volcada en el suelo del recibidor y un silencio en el interior que a Emily le heló la sangre de inmediato.
—¡Noah! —gritó, entrando sin esperar respuesta, con Claire un paso detrás de ella.
Lo encontraron en el estudio, tirado en el suelo junto a la vitrina donde guardaban la Biblia familiar, con un golpe visible en la frente y la respiración agitada, pero consciente, tratando de incorporarse con dificultad cuando Emily se arrodilló junto a él.
—¿Qué pasó? —preguntó ella, ayudándolo a sentarse contra la pared.
—Alguien entró —dijo Noah, todavía aturdido, llevándose una mano a la frente—. Estaba solo, mi tío había salido a trabajar. Escuché la puerta, pensé que era él volviendo temprano, y cuando fui a ver...
Se detuvo, con una expresión de confusión genuina cruzándole el rostro.
—No recuerdo bien la cara —admitió—. Sé que había alguien ahí, en el pasillo, mirándome. Y después solo recuerdo el golpe, y despertar en el suelo cuando llegaron ustedes.
—¿Se llevaron algo? —preguntó Claire, revisando la habitación con la mirada, buscando algún indicio de lo sucedido.
Noah siguió su mirada hasta la vitrina, y su expresión cambió de la confusión al pánico en cuestión de segundos.
—La Biblia —dijo, tratando de ponerse de pie demasiado rápido, tambaleándose ligeramente antes de que Emily lo sujetara del brazo—. No está. Se llevaron la Biblia de mi familia.
Emily sintió que el estómago se le encogía. La Biblia que contenía el único documento conocido sobre el ritual original, las siete familias, la única guía real que tenían para intentar completar el sello de nuevo, había desaparecido.
—Tenemos que llamar a tu tío —dijo Claire, ya sacando su propio teléfono, aunque sabía, como todos en el pueblo, lo poco confiable que era la señal—. Y necesitamos avisar al padre Coleman y a Daniel de inmediato.
Mientras esperaban, Emily se sentó junto a Noah, sosteniéndole la mano con una preocupación que iba mucho más allá de la simple alianza que habían construido en las últimas semanas.
—Esto es mi culpa —dijo ella, con la voz quebrada—. Si no te hubiera involucrado en esto, si no te hubiera pedido ayuda con los archivos...
—No es tu culpa, Emily —la interrumpió Noah, apretando su mano con la fuerza que le quedaba—. Esto empezó mucho antes de que llegaran ustedes. Yo ya estaba investigando esto por mi cuenta, ¿recuerdas? Solo que ahora, por primera vez en mi vida, siento que realmente podemos hacer algo al respecto, en lugar de solo acumular papeles viejos sin ningún plan real.
Cuando Daniel y el padre Coleman llegaron, poco después, encontraron a Emily y Noah todavía sentados en el suelo del estudio, y a Claire de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y una expresión de determinación fría que Daniel reconoció de inmediato: la misma que había visto en ella la noche en que decidieron quedarse a luchar, en lugar de huir.
—Marion tenía razón —dijo Claire, sin apartar la vista de la ventana—. Fue a por lo más cercano, lo más fácil de alcanzar. Y consiguió justo lo que necesitábamos para completar el ritual.
—Entonces tenemos que actuar rápido —dijo el padre Coleman—, antes de que decida usar esa información en nuestra contra, en lugar de simplemente quitárnosla.
Nadie en la habitación necesitó preguntar qué quería decir exactamente con eso. Todos, de una forma u otra, ya habían empezado a entender que el tiempo, a partir de ese momento, se había convertido en el recurso más escaso y más peligroso de todos los que tenían disponibles.




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