—Voy a ir a ver a la señora Ferris —anunció Daniel esa misma noche, ya de vuelta en casa, mientras Claire terminaba de acostar a Sam por segunda vez, después de que el niño hubiera insistido en bajar a la cocina "solo para ver que todos estaban bien".
—¿Ahora? —preguntó Claire, bajando la voz—. Es tarde, Daniel.
—Justamente por eso —respondió él—. Si tiene algo que ver con lo de Noah, prefiero encontrarla desprevenida, sin tiempo para preparar una historia.
Claire dudó un momento, mirando hacia las escaleras, hacia la puerta cerrada tras la cual dormía Sam, y finalmente asintió.
—Ten cuidado. Y llévate el teléfono cargado, aunque la señal no sirva de mucho aquí.
La casa de la señora Ferris resultó ser más pequeña de lo que Daniel había imaginado, apartada del resto del pueblo por un tramo de camino sin iluminar que lo obligó a usar la linterna del teléfono durante buena parte del trayecto. Las luces de la casa estaban encendidas cuando llegó, proyectando sombras alargadas a través de las cortinas cerradas.
Tocó la puerta. Tardó casi un minuto entero en abrirse, tiempo durante el cual Daniel pudo escuchar, o creyó escuchar, un movimiento apresurado en el interior, como de alguien guardando algo rápidamente antes de recibir visitas.
—Señor Hale —dijo la señora Ferris, abriendo la puerta apenas lo suficiente para asomar el rostro—. Qué sorpresa, tan tarde.
—Necesito hablar con usted —dijo Daniel, sin rodeos—. Sobre lo que pasó hoy en casa de los Corwin.
Algo cruzó el rostro de la mujer, tan rápido que Daniel no habría podido asegurar con certeza si había sido sorpresa genuina o algo mucho más calculado.
—No sé de qué me habla —dijo ella, aunque su voz sonaba menos firme que de costumbre.
—Robaron algo de su casa. Algo importante. Y usted, señora Ferris, es una de las pocas personas en este pueblo que sabía exactamente lo que estábamos buscando, después de haber pasado tiempo a solas con mi hijo el día que casi lo perdemos.
La mujer se quedó en silencio un largo momento, con la mano todavía apoyada en el borde de la puerta, como si estuviera decidiendo si cerrarla de golpe o dejarlo entrar. Finalmente, con un suspiro cansado, se hizo a un lado.
—Pase —dijo—. Pero le advierto que no va a encontrar lo que está buscando.
El interior de la casa era modesto, ordenado, con fotografías familiares colgadas en las paredes que mostraban a la señora Ferris más joven, junto a un hombre que Daniel supuso sería su difunto esposo, y a dos niños que ya no vivían, evidentemente, en la casa. Nada parecía fuera de lugar, nada sugería directamente ninguna actividad sospechosa.
Hasta que Daniel, siguiendo un impulso que no supo explicar del todo, se acercó a una puerta cerrada al final del pasillo.
—Ahí no —dijo la señora Ferris, con una urgencia repentina en la voz—. Es solo un trastero, señor Hale, no hay nada que...
Pero Daniel ya había abierto la puerta.
Adentro, sobre una pequeña mesa, encontró la Biblia de los Corwin, abierta en las páginas del ritual original, junto a un cuaderno propio lleno de anotaciones en una letra apretada y nerviosa, y, colgado de la pared frente a la mesa, un espejo pequeño de mano, sin cubrir, reflejando la luz de la única bombilla del cuarto con un brillo que a Daniel le pareció, en ese instante, casi obsceno.
—No es lo que piensa —dijo la señora Ferris detrás de él, con la voz quebrada, algo entre el miedo y una desesperación genuina—. Se lo puedo explicar todo, señor Hale. Pero necesito que me escuche primero, antes de sacar una conclusión.
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Editado: 31.08.2026