No mires el espejo

Capitulo 27: La salida

Daniel apenas durmió esa noche. Se quedó despierto junto a Claire, repasando en voz baja los detalles del plan una y otra vez, hasta que el amanecer empezó a filtrarse por las cortinas de la habitación y ya no tuvo sentido seguir fingiendo que el descanso llegaría.
—Prométeme que si el camino te lleva de vuelta al pueblo, no vas a insistir una y otra vez —dijo Claire, ayudándolo a cerrar la pequeña maleta que llevaría para el viaje—. Prométeme que vas a volver a casa si algo sale mal, en lugar de intentarlo cinco veces más.
—Te lo prometo —dijo Daniel, aunque ambos sabían que era una promesa fácil de hacer y mucho más difícil de cumplir si realmente llegaba el momento.
Se despidió de Sam, todavía medio dormido, con un abrazo que se prolongó más de lo habitual, y de Emily, que le entregó un papel doblado con la dirección exacta que habían logrado confirmar la noche anterior, después de que el padre Coleman hiciera una llamada discreta a un contacto suyo en la diócesis de Millbrook, quien a su vez había confirmado que un maestro de apellido Sutter trabajaba, efectivamente, en la escuela secundaria del pueblo.
Marion lo esperaba junto al auto, con una pequeña bolsa de viaje y una expresión decidida que no dejaba espacio para la duda.
—¿Listo? —preguntó ella, subiendo al asiento del copiloto.
—Tan listo como se puede estar para esto —respondió Daniel, arrancando el motor.
El camino, al principio, se sintió exactamente igual al del intento fallido de días atrás: los mismos árboles apretándose contra la carretera de tierra, la misma sensación de que el bosque respiraba a su propio ritmo, ajeno por completo al paso del tiempo humano. Daniel sintió que el estómago se le encogía a cada curva, esperando el momento en que el camino empezara a repetirse.
Pero los minutos pasaron, y el paisaje, poco a poco, comenzó a cambiar: los árboles se volvieron menos densos, el camino de tierra dio paso a un asfalto agrietado pero real, y finalmente, después de casi cuarenta minutos de tensión silenciosa, un cartel apareció frente a ellos, tan ordinario que a Daniel le costó un segundo entero procesar lo que significaba.
Ahora saliendo de Ashford Hollow. Vuelva pronto.
—Lo logramos —dijo Marion, con un alivio que no intentó disimular—. Salimos.
Daniel no se permitió relajarse del todo hasta que el cartel quedó varios kilómetros atrás en el espejo retrovisor, y el paisaje se convirtió, definitivamente, en algo que no reconocía como parte de Ashford Hollow: colinas más suaves, otros pueblos pequeños salpicados a lo largo de la carretera, señal de teléfono regresando de a poco a la pantalla de su celular con una serie de notificaciones atrasadas que llegaron todas de golpe.
—¿Por qué nos dejó salir esta vez? —preguntó Daniel, en voz alta, más para sí mismo que para Marion—. La otra vez no pudimos ni siquiera acercarnos al límite del pueblo.
Marion se quedó pensativa un momento, mirando por la ventanilla el paisaje que se alejaba cada vez más de Ashford Hollow.
—Quizás porque esta vez no estamos huyendo —dijo finalmente—. La otra vez, toda su familia intentaba escapar, dejar el pueblo atrás para siempre. Esta vez, vamos a buscar algo que necesitamos para volver y enfrentarlo. Tal vez esa cosa no nos detiene cuando cree que, de todas formas, vamos a volver directo hacia ella.
La explicación tenía una lógica escalofriante que Daniel no pudo rebatir del todo, y que lo acompañó en un silencio incómodo durante buena parte del resto del trayecto hacia Millbrook, preguntándose si acababan de hacer exactamente lo que la entidad, de alguna forma retorcida, había querido que hicieran desde el principio.




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