No mires el espejo

Capitulo 28: El maestro de Millbrook

Encontraron la escuela secundaria de Millbrook sin mucha dificultad, un edificio de ladrillo rojo rodeado de un estacionamiento medio vacío a esa hora de la tarde, con las clases ya terminadas para el día. Daniel había llamado antes, con el número de la escuela que Emily había conseguido junto con la dirección, dando una versión resumida y cuidadosamente editada de la verdad: que era un pariente lejano investigando la genealogía familiar de los Sutter, y que le gustaría hablar en persona con el profesor Michael Sutter sobre algunos documentos históricos.
Lo encontraron en su salón de clases vacío, corrigiendo exámenes sobre un escritorio cubierto de papeles: un hombre de unos treinta y cinco años, con gafas y una camisa arremangada, que levantó la vista con una expresión cordial pero claramente confundida cuando Daniel y Marion se presentaron formalmente.
—Genealogía familiar —repitió Michael, invitándolos a sentarse en dos sillas frente a su escritorio—. Debo admitir que no es algo que me interese demasiado, la verdad. Sé que mi bisabuelo vivió en algún pueblo pequeño antes de mudarse por aquí, pero nunca hablaba mucho del tema. Murió cuando yo era niño.
—¿Le mencionó alguna vez el nombre del pueblo? —preguntó Daniel, con cuidado.
—Ashford algo —dijo Michael, encogiéndose de hombros—. Ashford Hollow, creo. ¿Por qué? ¿Es de ahí de donde son ustedes?
Daniel y Marion intercambiaron una mirada breve antes de que Daniel continuara, avanzando con cautela hacia el territorio más difícil de la conversación.
—Su bisabuelo se llamaba Charles Sutter —dijo—. Y su bisabuela, Martha, desapareció brevemente en ese pueblo, en 1962, antes de que la familia se mudara definitivamente lejos de ahí.
La expresión de Michael cambió, la cordialidad inicial dando paso a una cautela más marcada.
—¿Cómo sabe todo eso? —preguntó—. No es información que esté en ningún registro público fácil de encontrar.
—Porque yo también soy descendiente de una de las familias de ese pueblo —dijo Daniel—. Y porque lo que le voy a contar a continuación probablemente le va a sonar completamente absurdo, pero necesito que me escuche hasta el final antes de decidir si cree o no en una sola palabra.
Le contó todo, o casi todo: la herencia de la casa, el diario de Elias, la prohibición de los espejos, el sello y las siete familias fundadoras, lo que casi le había pasado a Sam apenas días atrás. Marion intervino en varios momentos, aportando detalles que Daniel, como recién llegado al pueblo, no podía ofrecer con la misma autoridad, y confirmando, con la seriedad de alguien que llevaba toda su vida cargando con esa historia, que cada palabra que estaban compartiendo era completamente cierta.
Michael los escuchó en un silencio cada vez más tenso, quitándose las gafas en algún momento para frotarse los ojos con una mano, como quien intenta procesar algo que su mente se resiste a aceptar del todo.
—Esto suena a la clase de historia que le contaría alguien intentando estafarme —dijo finalmente, aunque su tono ya no sonaba tan seguro como al principio de la conversación—. Pero hay algo que ustedes no pueden saber, algo que nunca le he contado a nadie fuera de mi propia familia.
Se levantó, cerró la puerta del salón con cuidado, y volvió a sentarse, bajando la voz.
—Mi bisabuelo, Charles, nunca habló de Ashford Hollow de forma directa. Pero antes de morir, cuando yo tenía diez años, me hizo prometerle algo muy extraño: que si algún día alguien venía a buscarme, mencionando ese pueblo, o mencionando el nombre de Martha, yo debía escuchar todo lo que tuvieran que decir, sin descartarlo de inmediato por absurdo que sonara. Nunca entendí por qué me pidió eso. Hasta ahora.
Daniel sintió una oleada de alivio recorrerle el cuerpo, la primera señal genuinamente positiva desde que habían salido del pueblo esa misma mañana.
—Entonces, ¿nos ayudará? —preguntó.
Michael se quedó en silencio un largo momento, mirando alternadamente a Daniel y a Marion, con una expresión que mezclaba el miedo natural ante lo desconocido con algo más profundo, casi parecido a un alivio propio, el de finalmente entender una pieza de la historia familiar que llevaba toda la vida sin resolver.
—Voy a necesitar más que una conversación de veinte minutos para decidir algo así —dijo finalmente—. Pero denme un par de días para ordenar mis cosas aquí, y sí. Iré con ustedes a Ashford Hollow. Creo que le debo esto a mi bisabuelo, aunque sea sesenta años tarde.




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